Hubo una gran guerra en España hace doscientos años y otra hace cien. En la de 1808 murieron medio millón de españoles, y en la del 36 otros tantos. Los motivos fueron muy parecidos: Descontento el pueblo con la vida que le daba su gobierno, otros postores quisieron tomar el mando, pero pasaron por alto que a este pueblo no le van las villanías. Los españoles se levantaron contra los franceses, que abusaban lo que querían y más; y luego se levantaron en el 36 contra los que querían imponer su gobierno a base de mecha y cuchillo.
Durante su exilio, analizando los motivos de la caída de su imperio, Napoleón pronunció las siguientes palabras: «Los españoles todos se comportaron como un solo hombre de honor. Fue justamente este asunto lo que enfoqué mal: la inmoralidad debió resultar demasiado patente; la injusticia demasiado cínica, y todo ello harto malo, en general, puesto que me hizo sucumbir.» El contexto de esta reflexión lo da la famosa expresión «Úlcera Española», usada por el propio Napoleón para describir cómo la Guerra de la Independencia Española (1808-1814) desgastó de manera lenta pero continua los recursos, el dinero y la moral de su Grande Armée. Napoleón reconoció un error de cálculo: al principio del conflicto llegó a afirmar que la conquista de España sería «un juego de niños» y que no le costaría más de doce mil soldados. La realidad de la resistencia popular y la implacable guerra de guerrillas le costaron a Francia cientos de miles de bajas y acabaron por destruir el mito de su invencibilidad.
En ambas guerras españolas hubo dos formas de vida en lid, una en la que rige un orden que emana de la ley natural, y otra en la que impera el criterio humano únicamente. En el fondo, una respeta el derecho de Dios a decidir lo que es bueno para sus criaturas, y en la otra se niega ese derecho.
La sucesión de paz y guerras a lo largo de la Historia nos pone ante el drama de la existencia humana, de la fragilidad que la aqueja, y de la amenaza siempre presente de recurrir al uso y abuso de la fuerza. Por esa razón, el estallido de una guerra viene siempre anunciado.
Curiosamente, al recoger las cenizas de la quema de mi casa, estuve a punto de tirar al cesto, tomándolo por una vieja guía de teléfonos ya inservible, un curioso volumen publicado en Oviedo en el año 1977, escrito por el periodista Vázquez Prada, y titulado ‘Prólogo a 1936’. Narra las vivencias del autor entre los años 32 y 36, sus pinitos en la profesión, y toca de lleno los acontecimientos de la Revolución de Octubre del 34 en Asturias. Pone en boca de un oficial del Tercero de Montaña, en 1930, cuando les tocaba ir a impedir la quema de conventos, este lamento. «Vengo del Cantón. He visto tales cosas que esto no es la República que yo esperaba.»
El propio autor, obrero antes de periodista, narra su decepción con socialistas y comunistas por su falta de solidaridad ante una injusticia laboral que había padecido. Uno le mandaba ir a ver a Manuel Llaneza, el hombre más fuerte del socialismo español después de Pablo Iglesias. Dice Vázquez Prada: «(Pero) Llaneza estaba en Mieres y yo en Moreda. Además, a mí, personalmente, me simpatizaban más los «amarillos». Pero estos trabajaban todos en la Hullera Española. ¿Quiénes eran los amarillos? Lo sabía todo el mundo por sus hazañas. Pasaban por ser unos héroes locales a los cuales nadie podía ponerles el pie delante. El jefe era Vicente Madera, picador y líder de amarillos o los católicos. En 1920 había sido personaje principal en una batalla que produjo once o doce muertos. No se sabía a ciencia cierta, como fue. Se conocieron por los sucesos de Moreda y fueron primera página en toda España, alcanzando el nombre de Vicente Madera una colosal proporción. Tras las investigaciones había sido encarcelado y posteriormente puesto en libertad. Más tarde habían cometido un atentado contra él, pero Vicente, con tres tiros en la garganta, se tapó las heridas con una mano, empuñó la pistola con la otra y repelió la agresión del pistolero. Se decía que si a Vicente no se le hubiera encasquillado la pistola habría matado a aquel anarquista que había venido desde Barcelona para terminar con la vida del héroe local. No estaba yo en Moreda en los días de los sucesos, pero me fueron relatados por la dueña de la fonda donde yo estuve después: Rosa la del Colón, casada con Dionisio Viñas, un ajustador de mi mismo taller. El ajustador de más fama, y el que mejor jornal ganaba, con Pepín el de Ventura.
-Mira. Me decía Rosa. Por la mañana hubo un mitin socialista ahí enfrente, en la casa del Pueblo. Un mitin socialista para inaugurar el Centro. Hablaron Llaneza, González Peña
y otros jefes… Los discursos pusieron nerviosos a todos los socialistas, porque se amenazó a los católicos: «A esos amarillos… Hay que terminar con ellos.»
Finalizado el mitin, los jefes se marcharon para Mieres y se quedaron aquí los afiliados de Moreda , entre ellos unos que estaban hospedados en la casa de los Gallegos, precisamente frente a la casa del Pueblo. Ya, por la tarde, se reunieron los católicos en casa de mi padre: En el café Colón, y salieron carretera abajo. Al pasar entre la casa del Pueblo y la casa de los Gallegos, creo que Camilo Madera [hermano de Vicente, así como Adolfo, que fue asesinado al estallar la guerra), dijo: -Aquí estamos. ¿Vais a terminar con nosotros? Hubo un disparo, no se sabe si desde la casa del Pueblo o desde la casa de los Gallegos. El caso es que la bala alcanzó a Camilo Madera, éste quedó muerto en medio de la carretera. No lo sé, pero me dijeron que el proyectil le había entrado por la boca. Aquello fue la señal. Vicente Madera, al frente de los suyos, y al ver a su hermano muerto, la emprendió a tiros contra los que suponía causantes de la desgracia. Luego vino la Guardia Civil. La verdad es que en aquella tarde del domingo todos tuvimos la vida en un hilo. Nosotros, en casa, nos metimos entre colchones. Los muertos aparecieron en la casa de los Gallegos, en una casa del Campo de la iglesia, hasta en Naveo… Fue terrible. Pasaba la Guardia Civil a caballo, que vino de Caborana, y la Guardia Civil de Moreda, al mando del sargento Breton. ¡Qué día! Más quiero no recordarlo.
Se cantaban coplas: «En la Fábrica Moreda / están haciendo cuchillos, / para matar a Madera, cuando salga del presidio…», decían los socialistas (que ansiaban vengar a sus muertos, que habían sido la mayoría).
Su reacción frente al pistolero anarquista aumentó su fama, y ésta se hizo leyenda tras su dramática resistencia, de cuatro días, al asalto de los revolucionarios del 34, al frente de un grupo del que varios murieron heroicamente bajo el fuego de las armas, las cuales habían desembarcado del Turquesa, en la Playa de Aguilar. Armas pagadas, según se dice, por un grupo de capitalistas… «.

Los años que narra Vázquez Prada son años de pobreza material, pero son, sobre todo, años de pobreza humana, que es la base principal para que prendan las guerras. No está hecho el hombre para la miseria, ni moral ni material, y no puede permanecer mucho tiempo en ella. Precisamente por la incapacidad de nuestra raza para librarnos de esa condición vino Dios al mundo. Se achaca a aquella iniciativa sindical católica que se amparaba en el paternalismo de los empresarios… y la soberbia -que es distinta al pundonor- de muchos hombres inquietos, no puede aceptar ninguna tutela. Pero la realidad es que somos criaturas, y que sólo ‘en nombre del Padre’ podemos vivir como hermanos. La falange -que, en la persona de su autor, sobrevivió tan sólo cuatro meses al comienzo de la guerra- era una revolución social a la española. El hecho de que se la asociara al fascismo se explica sólo por la turbiedad que impregna las crónicas que conforman el imaginario colectivo; como el hecho mismo de atribuir a todos los mineros el ser comunistas…
Más bien, de todo lo dicho, se extrae un común denominador: que la paz está siempre atacada, y que su antagonista no es la guerra, sino la agitación. Es aquí donde encontramos el síntoma principal de la falta de Dios, de un referente común en la sociedad. Y es en este ambiente donde se incuban las guerras.
Este magma peligroso ebulle con el egoísmo, cuando nos cerramos al bien común. El profeta Ageo acusó a su pueblo: Andáis diciendo que no es tiempo propicio para dar a conocer al Señor mientras vivís holgadamente. Pero el Señor dice: «Emprendéis mucho, resulta poco; metéis en casa, y yo lo aviento; ¿por qué? porque mi casa está en ruinas, mientras vosotros disfrutáis cada uno de su casa. Por eso, el cielo os rehúsa el rocío, y la tierra os rehúsa la cosecha; porque he reclutado una sequía contra todas vuestras labores.» De modo que ¡sí es tiempo de vivir como Dios manda!, así que ánimo, ¡a construir! Vendrán tiempos gloriosos cuando cada cual, en lo suyo, intente hacer la voluntad de Dios. Porque ésa es nuestra paz, y no hay mayor ruina que vivir como si Dios no existiera.
Hoy hay también una guerra por las mismas razones. Es una guerra disfrazada de paz, pero salta a la vista cuando se descorre el velo que oculta la violencia. Justamente es la falta de paz lo que caracteriza nuestra época. La falta de paz y de bien.
Escuchaba yo hoy Radio María, y hacían una relación de los pobres que hay entre nosotros: los privados de libertad, los privados de salud, los privados de cariño y de cuidados, etc., pero no decían nada del grueso de la población, que está privado de paz.
Los maridos sufren en silencio, sin comprender la causa, unas relaciones matrimoniales harto insatisfactorias, en las que se sienten amenazados por la ruptura, de la que las reacciones impredecibles y superagr
esivas de sus esposas son un aguijón continuo. Las mujeres se mueven en la cuerda floja de la tentación de ruptura, presas de ansiedad, con reclamos continuos, incentivados, a dar el paso. Los hijos experimentan el abandono, en un ambiente hostil, en el que sus emociones los zarandean sin descanso, al tiempo que las exigencias los machacan anímicamente. Las personas mayores se encuentran acosadas entre la soledad y el desprecio, y no pocas veces desarrollan rarezas que trastornan profundamente a sus familiares. Las chicas jóvenes se ven empujadas, con no poco dolor, a renunciar al pudor y a la castidad, y los chicos a portarse como bárbaros para sentirse parte del grupo. En general, medra el temor, la tristeza y el resentimiento en los corazones de la gente. Una situación explosiva cuando es utilizada por el poder para dominar.
Estoy leyendo un reportaje biográfico de un periodista asturiano que abarca los años de 1932 a 1936. Y en uno de los párrafos del prólogo dice: «Creo que los periodistas tuvieron mucho que ver en aquella situación que condujo a la Guerra Civil. Hoy (1977), cuando me echo a la vista la prensa diaria, compruebo, que, en su mayoría, se dedica, como entonces, a sembrar el odio entre los españoles. Una prensa dedicada a este menester es mucho peor que el lanzamiento de una bomba atómica. Los efectos de la explosión de una bomba atómica son limitados. El veneno de la prensa alcanza a todo el mundo.»
La propagación del odio tiene efectos devastadores. Mientras que el amor silencioso sutura las heridas, el odio difundido daña y divide. Especialmente en las últimas décadas hemos asistido a una labor de zapa artera y constante por parte de la prensa –así, en general, pues en ningún otro sector se ha operado con tanta eficacia la captación del pez pequeño por el grande- para debilitar el tejido social de las naciones más desarrolladas.
El resultado de ese metódico despiece político auspiciado por la prensa es una población aislada y avasallada. La deconstrucción de los ordenamientos jurídicos, del que la abolición, de hecho, del ‘in dubio, pro reo‘ es la bandera, ha encofrado las vidas de la gente en rígidos moldes que los sujetan sin necesidad de ejercer fuerza: las leyes, sin referencia a una verdad superior, trazan en torno a las personas unos límites ideales, tan alejados de la vida corriente, que ejercen de hecho de carceleros despiadados. Se dice, por ejemplo «Los menores tienen derecho a recibir una educación que respete su desarrollo integral desde el nacimiento hasta la emancipación… y los padres podrán ser desposeídos de la patria potestad si no atienden debidamente a esas necesidades»; con lo cual, siendo cierto que el menor tiene sus derechos, es tal el cinismo que esconde la norma, estando la sociedad tan fuera de su quicio, que en vez de proteger al menor sirve para destruirle a él y a su familia.
El ataque a ‘ese derecho de Dios a ordenar la vida social’ ha sido metódico y concienzudo. Ha tocado todos los frentes con estudiada estrategia, hasta llegar a un punto en que estamos maniatados y gobernados por bárbaros.
Lo más dramático del orden que ya padecemos es que estamos prácticamente -salvo heroísmo- obligados a comportarnos mal. Por eso decimos que estamos privados de ‘paz y bien’. Por ejemplo, si en el trabajo se declara acoso a un empleado, en mayor o menor grado nos vemos obligados a consentir, e incluso a participar, de esa ejecución.
En el extremo del arco, el pecado será la norma, y se castigará el proceder honrado. A diario somos testigos de la mentira oficial que difunden los medios; ahora, con las elecciones. No se dice claramente que el Gobierno ha realizado acciones criminales, tales como devastar la economía, las instituciones, la educación, las leyes… disolviendo así las bases de la convivencia, y allanando el camino a la desolación y la tiranía. En vez de eso juegan con la ignorancia y la inocencia de la gente, contándoles cuentos y fábulas acerca de la realidad.
Y aunque todos nos damos cuenta del engaño, no encontramos ni fuerza ni forma para oponernos a él, aún sabiendo que está en juego nuestro futuro, el de nuestros hijos, y el del planeta entero. Una prueba del estado de opresión en que ya vivimos es la contumacia en el engaño, que viene a ser como un desafío del poder: «Sois esclavos, y os fastidiáis». Porque ni con la mayor exhibición de insatisfacción social cambia el tono general de burla de la prensa.
En general, es

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