EL PROGRESO

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. (Sal 127)

El bloque progresista… ¿Quiénes son ‘los progresistas’? Hay que pensarlo, porque, a bote pronto, sean quienes sean, parten ya con la ventaja de un concepto que lleva en sí una connotación positiva.
Curiosamente, pienso a menudo en el sentido de la vida, en parte por mi edad, pero también por el hecho de ver mucho sufrimiento a mi alrededor. Y digo esto porque el progreso supone un movimiento hacia algo bueno, tiene un sentido, una dirección. ¿Hacia dónde vamos, pues? ¿Quién vive correctamente? Se supone que los progresistas deberían tener una respuesta convincente para estas preguntas… Pero, ¿la tienen?

‘El bloque’ subió al poder rasgándose las vestiduras por la corrupción reinante… y va a bajarse de él con un vicepresidente entre rejas. El que fuera primer vicepresidente del bloque prometió desde el principio redistribuir las viviendas existentes según las necesidades colectivas; pero pasó a la historia por su poca seriedad y su casoplón... Al año y medio de hacerse con las llaves de la Moncloa, los del bloque nos encerraron alevosamente, pisoteando la Ley; y en los dos años siguientes destruyeron la base de la economía que con tanto esfuerzo habíamos plantado (pymes y autónomos son ya residuales). Mientras caían una tras otra las empresas nos consolaban con los fondos europeos, cientos de miles de millones, pero a día de hoy, si han venido a España, nadie de a pie los ha visto. El bloque convenció a muchos de que venían a regenerar la democracia, y en siete años la han machacado, reduciendo a polvo sus soportes, y gobernando a golpe de decreto y mando (no hubo leyes, ni actividad seriamente parlamentaria).

Se concluye, de este somero repaso a la actividad progresista, que, si los buenos son ellos, no hay en política en quién confiar.

La vivienda
El discutible caso de un desahucio y unos pocos campistas ilegales sacan un debate político del hemiciclo y lo sitúan en las arenas movedizas de la opinión pública. No es serio, claro. No pagamos un carísimo aparato político para eso.
Los siete últimos años no ha habido discusión de ideas en el Parlamento -porque nadie tiene nada que decir a lo que deciden los amos. Y cuando se habla de un tema social no se busca propiamente organizar nada.. que no sea lío. Y este es el caso.
Los países -todos- están siendo reducidos a cenizas, para edificar ese nuevo orden de marras. El hecho de que no se pueda saber ni entender nada cabalmente de lo que ocurre en el orden mundial, responde a esa coyuntura de cambio.
Si se quisiera hablar en serio de dar vivienda digna a todos los españoles, habría que empezar por relacionar el problema con la economía. De la misma manera que la cesta de la compra, el coche, el vestido, el ocio, la comunicación, la educación, el cuidado, etc. etc., todas las necesidades, han de ser cubiertas con el trabajo del ciudadano, otro tanto pasa con el techo. Y de la misma manera que cesta, coche, viajes, salud, formación, etc. están cada vez más inaccesibles al ciudadano medio, la vivienda también. ¿Tenemos que abrir la nevera del vecino que llega holgado a fin de mes para llenar nuestro estómago? Este debate ideológico, gráficamente, se podría resumir así: «-Tú eres comunista ¿no?; -Yo sí; -Si tuvieras dos casas, ¿qué harías?; -Yo daría una; -¿Y si tuvieras dos coches?; -Daría uno; -¿Y si tuvieras dos bicis?; -Pues hombre, habría que pensar un poco cuál sería la mejor solución…»
La raíz del problema es el trabajo, y no se puede curar una enfermedad tratando sólo los síntomas; esto, en política, es demagogia. Pero ocurre que desde hace un cuarto de siglo no hay debate público propiamente político; lo que hay es pantomima. No se discute qué política industrial, energética, exterior, territorial, educativa, etc. etc. conviene a una coyuntura nacional concreta… todo esto hace muchos años que ha quedado vedado al ciudadano medio; como se suele decir ¡tú a pagar y a callar!

He contado mi caso en este blog: cómo contraté a un agente para vender un piso y un apartamento, y sólo tras veinte meses -en los cuales subieron los precios un treinta por ciento- se vendió el piso, pero no al nuevo valor sino al mismo que al principio, con lo que, puestos a invertir esa suma en otra vivienda, ésta sería mucho peor; de lo cual doy fe. Hablando de esto con la gente, resulta que es común lo que a nosotros nos está pasado: que si tienes un bien, al venderlo siempre pierdes. También conté aquí que seguros, inmobiliarias, bancos, y demás sectores, están siendo usados para que las transacciones arruinen a la clase media. En realidad, al tiempo que esto pasa, una emergente clase media sube: los que se prestan a esa intervención del mercado, los que participan en estas operaciones turbias. El fulano que compró nuestro piso, cayó en un renuncio que me dejó claro este hecho. Y hoy me enterado de otro caso de la misma índole; un ciudadano emprendió la explotación de un local para alquilar por días, en un edificio de locales; eventos, reuniones, fiestas… Le iba bien, hasta que la oficina de arriba se transformó por arte de magia en una vivienda… los cumpleaños entonces ya tenían una limitación de decibelios, de hora, de aforo, de tipo de actividad… muy rigurosa, porque los vecinos tienen derecho a descansar… otra iniciativa autónoma a pique. Y la administración ¿al servicio de quién está? El vecino oficinista puede dormir tranquilo… sin hacer nada, vive muy bien.
Como iba diciendo, el comprador de nuestro piso y el agente, a los nueve meses de firmada la venta, me reclaman una factura que se sacan de la manga. No hubo ningún trato ni compromiso ninguno, y no hay nada en la escritura que avale esa reclamación, pero si yo voy a un abogado, doy por hecho que el nuevo propietario de mi piso tiene uno mucho mejor a su disposición y sin pagarlo, y así terminaría yo pagando cinco veces más de lo que me piden y las costas. Estos hechos revelan más sobre la verdad de la vivienda que la tele. Y añado algo.
Juntando lo de la venta y una herencia, firmamos las arras de un chalé en Valparaíso a mediados de agosto. Mis asuntos, y los de todos, en este nuevo orden en que ya nos encontramos, han dejado de ser míos, y no tienen secretos para el Gran Hermano (en esto cobra dramática vigencia el consejo de mi padre, que yo no entendía: ‘Hay que andar derechos’). El caso es que, cinco años después de salir por piernas de Recodo para no terminar muy mal, por fin nos embarcamos en una nueva casa para poner en ella nuestro hogar.

La rehabilitación de la humilde casa donde nací da para escribir un libro, de lo épica que resultó; sin recursos, Dios permitió que volcara en ella mi persona -con todo lo que la conforma- durante nueve años. Renovar el tejado fue lo primero que hicimos; pero pronto, a los cuatro o cinco años, ya vi que por una esquina se empezaban a levantar algunas tégolas. Ni el vecino que me las había puesto ni yo le dimos mucha importancia; aunque teníamos pendiente el arreglo. Hace dos o tres años el vecino se mudó y no conseguía localizarle. Finalmente, un día de esta primavera encontré al llegar a la casa una pared negra de humedad.
Me obligué a dar con este vecino, y lo logré. Me contó cosas personales, y también me dijo que llevaba treinta y dos años en la empresa y que, Dios mediante, se jubilaría en unos meses.
Pagué quinientos euros por una plataforma elevadora y empezó el arreglo, de apenas dos metros cuadrados. Yo estaba aquí en Toledo, y a la hora de la siesta me llamó esta persona diciendo que mientras trabajaba había prendido la espuma de poliuretano que forraba un pontón (de madera maciza de pino de 18X8 cm de sección)… y ya no dijo más. Y no pudo apagarla; y la espuma prendió fuego al pontón, y el pontón a los tableros, y éstos a las travesaños, y las viejas traviesas de castaño a algunas vigas del mismo material…
Vino la tele –El Delfín de Langreo– y ahora, cada vez que pasa un caminante haciendo ‘la ruta del colesterol’ por delante de mi casa, mira para arriba. Porque de arriba había visto salir grandes llamas y mucho humo…
También salía humo de la casa contigua -ésta sin reformar desde hace sesenta años- porque el que las hizo, para sus hijos, aprovechó la ventaja familiar para pasar vigas de una casa a otra y abaratar costes, y por eso los bomberos rompieron la casa de al lado…
Hace cosa de uno o dos años, me dijeron que la casa vecina, la cual llevaba veinte años en venta, había sido adquirida, pero yo no había visto a nadie por allí en ese año y pico. El problema de la humedad que apareció en mi casa tenía que ver con la avería del canalón de la vecina, e intenté entablar contacto sin conseguirlo.
El día del incendio, fueron al pueblo mi hermana y mi cuñado, y éste me dijo que vio a una pareja señalándole a un bombero la casa vecina. Yo acudí dos días después y
se me presentaron dos vecinos: querían que acudiese un perito para certificar sus daños y fijar indemnización y plazos… Eran de origen extranjero, y hablaban al menos cuatro idiomas; él dijo que era alemán.
De milagro, el fuego no pasó a la casa vecina, por más que había sido muy intenso justo en el punto de la viga que soporta la cumbrera, que en mi casa quedó calcinada como todas las de esa zona. Estuve en el desván vecino viendo los daños: sólo unas cuantas tejas rotas o desplazadas; y ni siquiera olor a humedad… a pesar de que una hoja del papel pintado típico de los años sesenta, la que cubría la trasera de la escalerilla de acceso, aparecía parcialmente despegada. La dueña la señaló y un técnico dictaminó que había que pintar…
Atribuyo a una intervención del cielo el hecho de que no quemara nada en el tejado vecino. Con perito, permisos de obra mayor, arquitectos, precios de instalación de cubiertas nuevas, y agentes de por medio… no habríamos podido afrontar la inminente compra de la vivienda de la que ya hemos pagado en arras el diez por ciento.

El incendio tuvo lugar el día 21 de septiembre, fiesta de San Mateo, patrón de Oviedo. Desde el 24 trabajé con los albañiles a destajo para dejar techada la casa antes de que vinieran las lluvias. El verano se estaba prolongando mucho este año, pero el día que terminaron los albañiles su trabajo, cuando acababan de estirar un toldo sobre los tableros que iban a recibir las tégolas, empezó a llover.
El comienzo de esas obras fue lo peor; el caos y la ceniza por doquier… En un momento del tráfago -el desván estaba lleno de restos de muebles: una cama con mesita, una butaca, un escritorio, sillas, lámparas, cuadros, un caballete de pintor, marcos, lienzos, PCs, impresoras… todo arruinado- en cierto momento, digo, negro de hollín, sudando, extenuado, me senté en un rincón aparte, diciéndome a mí mismo «tranquilo, vete al ritmo de Dios», y en ese momento, cuando la serenidad ya empezaba a sanar mi ansiedad, alcé la vista y quedé admirado. En el preciso lugar donde el fuego había alcanzado su punto álgido, junto a la viga de la cumbrera calcinada que milagrosamente frenaba su ignición donde penetraba al desván contiguo, ¡había colgado un trozo de papel ahumado! , el resto de un calendario de pared, a base de iconos, que yo había conservado por ser éstos obra de Kiko Argüello, a quien tanto debo… Tres hojas tenía el adorno, la que veis representa a la Santísima Trinidad. ¡Gloria a Dios!

Lo que se ve aquí es después de muchas horas de trabajo de desescombro. Había vigas, travesaños, pontones, tableros, tejas de alquitrán… y muchos enseres. Todo ‘lo purificó’ el fuego…

Y volviendo al ‘progreso’ y al sentido. Entiendo la vida como un camino de purificación, en el que te vas desprendiendo de tu yo para abrazar la voluntad de un Dios que es amor, que sólo sabe amar. Para mí que el bloque tiene otra idea del progreso.




























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