FRENAR AL INVASOR

Como el eclipse están siendo estas elecciones: poco a poco va disminuyendo la claridad, espesándose la tiniebla, y cuando ya todo sea oscuridad, votaremos. Al día siguiente, con la luz del nuevo día, veremos el engaño; pero ya será tarde.
La negrura se puede apreciar en la inflación de la terminología política clásica (desfasada): comunistas, fachas, etc. El otro día, en Sama, oí a dos que decían: “- Si ganan PP y VOX, al día siguiente va a haber aquí un estallido social”; y le respondía el otro: “- Te va a dar igual, porque Pedro te va a dejar con una mano delante y otra detrás”. Hay que preguntarse qué se juega en estas elecciones.
Con quince años oí una charla en el instituto de unos que decían que se podía ser católico y comunista. Y me fui con ellos. Me sonaba bien aquello de la justicia distributiva; aunque luego vinieron los desfalcos millonarios de Villa el sindicalista, el del delegado de Educación, el del Niemeyer (que se fugó varios años a Portugal y al volver lo absolvió Sánchez), y tantos otros. Pero había personas, curas, que me convencían, como Bautista, que dejó de votar al PSOE por aprobar el aborto, o Germán, que se arriesgó a decirle a un policía que cómo un hijo del pueblo aporreaba a los hijos del pueblo, cuando nos manifestábamos para que no se destruyera el Palacio de Concha Heres (sustituido por el actual búnker del Banco de España). Y mi amigo de adolescencia, mi querido Justo, con el que era uña y carne, era un alma libre de los que ya no hay; rollingstoniano puro, auténtico de los pies a la cabeza, padre y esposo con dieciocho años, abuelo, y fallecido con cuarenta y pocos; la persona más estimada por todos que jamás he conocido.
Mi abuela estaba presa cuando mi padre, con 23 años, volvió de la guerra, y pasó un lustro sin su presencia; durante mi niñez, yo veía a mi padre sintonizar en la Marconi “Radio París”, con actitud clandestina. A mi madre la oí hacer alguna alusión a un proyecto bueno, frustrado, de uno al que mataron nada más comenzar la guerra.
Pero a ninguna de todas estas figuras que me influyeron al salir yo a la vida las vi jamás rechazar a una persona por ser de un signo político o de otro. Si tuvieron algún criterio para clasificar a la gente, éste sería más bien el de la veracidad con que actuaban. Y esto mismo lo puedo decir, en general, de todas las personas con las que he tratado a lo largo de mi vida; que el respeto a la verdad era para ellas de mucha mayor importancia que la afiliación política.
El que en esta precampaña se nos esté inyectando en vena odio político revela un enorme engaño. “Tenéis que votar a esto si queréis salvar aquello”. Pura demagogia, engaño sumo. Quien así habla no da un consejo, sino que busca exclusivamente su propio interés. Un interés, además, malo, nocivo para el bien común. El que sabe un poco de qué van estos tiempos, sabe que las elecciones han dejado de ser fiables; la política es ya sólo un teatrillo. Yo lo vi claro cuando, tras dar el campanazo en Andalucía, le bastaron a Vox cinco o seis meses para purgar a aquel líder -católico- extraordinario que, desde el balcón, en Sevilla, se atrevió a corregir a la multitud exultante: “no coreéis consignas con odio”. Después, para asegurarme, fui a Madrid al acto de elección de presidente de la organización, y pude confirmar mis temores viendo cómo recibían con honores al empresario -director de un diario- que más hizo por derribar a Rajoy y, por tanto, por encumbrar a Sánchez. Pero, además, entre tanto, asistí como comisario a un domingo electoral. La presidenta de mi mesa -una chiquilla- no había perdonado la noche del sábado… Entre los vocales había un funcionario del ayuntamiento, que repetía, por cierto… Y del ayuntamiento eran también aquellos dos siniestros personajes, herméticos, que al mediodía recogieron las Actas Provisionales de la jornada, y, como si manejaran un explosivo, hicieron mutis por el foro…Atando cabos: esa información, suministrada al súper-análisis estadístico moderno; y cruzada con la facilitada por los caladeros oficiales de la mensajería gratuita (¡hace falta inocencia para pensar que whatsap y similares bajan del cielo como la lluvia!), convierten en cosa de niños enviar a unos cuantos votantes amañados a determinadas mesas al final de la jornada para decantar el sentido del voto.
En este marco, salta a la vista que lo de menos es que gane fulanito o menganito; porque gane quien gane va a hacer lo que manda Bruxelandia. El significado de estas elecciones es otro bien distinto.
Como llevo años haciendo la crónica de la vida social, a mí me cuesta menos tener fresco en la memoria el itinerario “nacional”, los hitos que van dejando diáfanamente claro que nos encaminamos a toda velocidad a un mundo sin derechos ni libertades, a un mundo donde la dignidad humana es inexistente.
La población española de origen extranjero, que pronto será el 40% del total, es una bomba de relojería; pronto, muy pronto, el temporizador activará la detonación: Otro simulacro de catástrofe -bélico, epidémico, o de otro tipo- suprimirá los subsidios asistenciales, y entonces estallará la violencia en las calles.
Ahora se inocula odio, que es la leña para ese fuego. Sánchez o Núñez, da igual. Si acaso, es preferible Sánchez, porque su política de muerte es evidente, mientras que el gallego hará otra igual o peor pero baja capa de bien.
Lo que se juega en estas elecciones es mucho más grandioso: el sentido de la vida; la existencia de la verdad.
“Una vida sin sacrificio no tiene sentido”, le dijo Lolo, el albañil, a sus hermanos mientras me reponían las vigas de la cubierta de casa. Por el contexto -los hijos que piden y piden- parecía referirse Lolo al valor pedagógico del esfuerzo, sin embargo, sin darse cuenta de ello, estaba diciendo algo mucho más profundo: Si eliminamos de la vida social el hecho del sacrificio de Cristo -su Cruz y Resurrección- la vida se apaga, pierde su sentido, desaparece.
Lo que está en juego es la verdad. Frente a “ahora es el momento de echar a Sánchez”, la verdad sería: “La oligarquía que nos gobierna nos impone de nuevo el paripé de democracia para seguir avanzando con su plan totalitario.
En su Nuevo Orden -más viejo que el hambre- todo se fiará al cálculo. Ahor abien, sin dios, las cuentas no salen. Ya con El salen apenas -por la fuerza del pecado entre nosotros- pero apartado Él, no se podrá vivir en absoluto, de lo injusta y despiadada que será la sociedad.
Yo me fiaré de la IA en lía en que ésta ya no exista porque se haya sacrificado para salvar a la humanidad. Sólo entonces creeré en su poder salvífico. Sin sacrificio no hay vida. Dios murió por nosotros en serio, su cruz no fue un juego. Dios, el ser inconcebible y todopoderoso se encarnó, se hizo el más pequeño de los hombres –“Maldito el que cuelga de un madero”- porque nos amaba con amor infinito; y así sigue siendo, y así nos sigue salvando, con tal de que queramos creerlo.
Yo sí quiero, y sé que su promesa es veraz, porque, creyendo, tengo cruz. Me escuece cuando la Iglesia, mi Iglesia, pide por los pobres, que nunca están por donde pisamos nosotros… Están en Siria, Líbano, Pakistán, Venezuela, etc., pero nunca en Toledo, por ejemplo. Y es que entre nosotros -en la Iglesia de Pedro- hay muchos que viven como enemigos de la Cruz: “Su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; y su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas.
Pero si aceptamos que vivir es amar, y que el amor -como el matrimonio- implica sacrificio (¿de qué sirve decir ‘te quiero’ si no das prueba de ello?), si perseveramos en esa fe, nos salvamos, mantenemos la esperanza, y con ella el aliento de vida, porque confiamos en el amor de Dios.
La vida es lucha, y una gran desgracia rehuir las dificultades a costa de lo que sea. Porque donde sólo hay amor de uno mismo no hay fecundidad, no hay vida. Mientras que si amamos podemos esperar en un Dios bueno, y descansar en Él nuestro agobio, si rechazamos los sacrificios propios del amor viviremos asediados por los temores, la tristeza y el rencor.
Es cierto que no todo es blanco o negro, sino que en la mayoría de las personas laten deseos de bien, en pugna con el desánimo que se nos inocula. No cedamos a los discursos que nos empujan a odiar, con la excusa de la inmigración, la vivienda o lo que sea, porque están al servicio de los tiranos; instrumentalizan las situaciones sociales que ellos mismos crean, porque generando división, vencen.

Puestos a votar, yo pido el voto para el PSOE. Titular del día siguiente:

«Al 99% de los votos escrutados, el PSOE OBTIENE EL 85% de los votos».
Las urnas han hablado: los españoles han abierto los ojos al engaño en que se les hace vivir; y después de un cuarto de siglo perdiendo derechos sociales, libertades y calidad de vida, han caído en la cuenta de que todo este desastre ha sido meticulosamente programado, y que, gracias a Dios, se han dado cuenta a tiempo, y que este último mandato, los cuatro años que faltan hasta el 2030, los van a pasar intentando amar y vivir en verdad, haciendo frente al invasor, aunque haya que morir.

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