[Foto: Un naufragio (1793), de Goya. Las figuras miran al cielo, pero no buscando un helicóptero.]
Más que saber si existe un Dios nos interesa atinar en cómo pasar esta vida. Ahora mismo hay varias propuestas sobre la mesa. Todas menos una ponen en el centro la superación de los límites materiales de nuestra condición humana, y, una vez salvado esto, aconsejan buscarse un culto espiritual. Esta elección es libre, pero hay varios cultos recomendados: al cuerpo, a los animales, a la comida, al fútbol y a la Naturaleza. La otra propuesta es la del culto a Dios, para el que lo material está después de lo espiritual. Mientras que los cultos parciales no valen para todo el mundo (hay quien tiene alergia a los animales, o a determinada comida), el culto al Amor vale para todos. Y, para que esto sea así ciertamente, el Amor mismo se hizo persona. Vino a la tierra, nos abrazó a todos en vida, y nos estrechó contra su pecho en el momento de morir; y, después, resucitó. De esta manera, se constituyó, y permanece, como Templo vivo, para que el que lo acepte pueda morar y orar en Él.
De la misma manera que Jesucristo es el enviado del Padre, y su alimento es hacer la voluntad de éste, así nos propone a nosotros estar unidos a Él -en Espíritu y Verdad- y beber y comer de su cuerpo y de su sangre. Haciendo esto tenemos cumplido el sentido de nuestra vida, porque no seremos nosotros quienes la vivamos sino Él en nosotros -«No soy yo, es Cristo quien vive en mí». O sea, Jesucristo resucitado nos da acceso a la vida divina ya aquí en la tierra.
En Toledo hay una honda tradición eclesial. Tan honda, que no se concibe aquí una pertenencia pasiva a la Iglesia: Acción Católica; riverianos; y hasta los reparadores del Corazón de Jesús… todos están activamente implicados en la vida de fe. Hacen realidad el deseo de Jesús: Alzan la mirada y ven los campos que ya blanquean para la siega… y meten la hoz.
Todos ellos conocen el pasaje de la samaritana, en el que Jesús nos insta a adorarle en Espíritu y en Verdad; porque el Espíritu dará en los que adoren así testimonio de Cristo, y confundirá la incredulidad reinante. El cuerpo de Cristo resucitado será el centro del culto en espíritu y verdad, el lugar de la presencia divina, el templo espiritual de donde manan ríos de agua viva… (el cristiano en su peregrinación beberá del torrente de las penas y alegrías de ser uno con Cristo).
Pero, ¡ay! del que beba de otras aguas y diga que bebió de un venero de aguas puras, porque, como nos dice hoy en el oficio San Gregorio de Nisa: «la santidad, la pureza y la rectitud son el claro resplandor de la naturaleza divina por el cual vemos a Jesús». Y si el tal impostor bebe aguas turbias no podrá ver a Jesucristo. A lo largo de la historia muchos han limpiado de herrumbre su interior y han accedido a esa visión; Luis José de Tejada y Guzmán (S XVII), por ejemplo, después de errar mucho en su juventud se consagró enteramente a Dios, y nos dejó este himno de clara visión:

Una vez que el cuerpo de Jesús sea nuestro puerto seguro, nuestras oraciones no encontrarán obstáculo para llegar al Padre, y Éste nos concederá con largueza elevar a Él, con amor, la mirada:

Recapitulando la actualidad: existen el gozo y el dolor; el pecado y la vida recta; el vivir con un propósito y el vivir neciamente; el amor y el egoísmo; la verdad y la mentira.
La verdad es el cimiento de todo lo bueno, y sin ella no se puede construir. La guerra es un ejemplo de error. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en la constitución alemana Dios aparecía como garante de orden; pero apenas cincuenta años más tarde ya no se pudo introducir en Europa a Dios como referente de la verdad social, de la ley.
Nosotros decimos que existe Dios y que servirle a Él es el sentido de la vida. Al decir esto hay quienes protestan diciendo que eso son creencias particulares pero que no son la verdad, y que ésta no existe, o que da igual si existe o no. Ahora bien; el Dios en quien creemos es el Padre de Jesucristo, que es la Verdad. Por tanto, si en el diálogo social cedemos sin rechistar a la pretensión de que Dios no tiene nada que decir en cómo gobernamos el mundo, estamos renunciando a Dios y a la verdad, y a la posibilidad de todo bien.
Se está imponiendo una ideología destructora y totalitaria. Si no defendemos ante el mundo que existe una verdad, estaremos renunciando a nuestra fe, abjurando de ella; apostatando.
Dejar que se imponga al mundo un orden salido de las manos de los hombres -IA- es condenarlo a la oscuridad; y vender nuestras almas. Y ese proceso es el que está consagrando, con levadura vieja -el abuso de la buena fe de la gente por los medios- el autoproclamado en nuestras Cortes ‘obispo de Roma’. De sus alambicados discursos no salen herejías, ni sapos gordos; pero tampoco palabras de vida; no tocan nuestras almas, no sintonizan con nuestras preocupaciones más íntimas; son dispersos y líquidos, sin nota dominante, sin acentos comprometedores.
¿Dónde está el pastor que enarbola valientemente su cayado para hacer huir al lobo? Exultaría nuestro ánimo de haberle oído decir en el Congreso, ante los medios: «Vosotros, prensa y políticos, sois el brazo armado de los ricos. En su nombre, habéis arruinado la tierra, material y espiritualmente. Nos habéis aislado y paralizado inventándoos catástrofes; y habéis destruido la prosperidad, la seguridad y la sencilla belleza de nuestros hogares y de nuestra patria. Habéis matado a nuestros mayores con engaños, tratándolos como trastos viejos. Habéis abusado de nuestros jóvenes, pervirtiéndolos con toda clase de vicios, y ocultándoles de mil arteras maneras la verdad que podría haberles sacado de la tristeza que les envuelve. Condenáis al exterminio las vidas que aún no han visto la luz, y planeáis ser vosotros los dueños de la vida y de la muerte.»
Un discurso así hubiera concitado la atención mundial, como solía hacer San Juan Pablo II; pero los ‘discursos españoles‘ son artificios de los medios, matraca para tertulias de radio y televisión, destinados a salvarle la cara a una pieza clave del proyecto de nueva era, el cual está a las puertas de alcanzar su meta y que, a grandes rasgos, ha recorrido ya los siguientes pasos:
Año 2000: la monstruosidad del atentado en Nueva York promueve la cancelación de la privacidad, en aras de la seguridad; se legitima la vigilancia y el espionaje del ciudadano.
2005: Como una metáfora de la muerte (el dos de abril) del papa del «amor humano» -o, lo que es lo mismo, de la familia- se aprueban el ‘matrimonio homosexual’ y el divorcio express; al mismo tiempo comienza la intervención de la vivienda (colapso total de obras) y la introducción del caballo de troya de la inmigración (se regularizan medio millón de personas).
2010: ‘Nos estallan la crisis‘ en la cara. Estudiada al milímetro, y recreada por los medios de comunicación según pautas precisas, supone que nos dejan sin blanca delante de nuestras propias narices.
2015: Como consecuencia del barrido de fondos, aterriza en todo cuerpo administrativo -público o privado- una legión de orcos instruidos en el anonimato para tomar el poder sin que se note, implosionando el sistema desde dentro. Es la época de la gran confusión, con la que se encubre ese asalto planificado a las instituciones bajo capa de mejorar la eficacia económica. En política es la destrucción del bipartidismo, de la España de las cosas claras; y el comienzo de los diez meses de vacío de poder, con un gobierno en funciones y maniatado (la traición del ‘No es no’). Lo que estaba pasando entonces en España lo resumió Rajoy en Bruselas: ‘es un lío.’
2020: Llega la consumación de la impostura. Se implanta el nuevo poder prensapolítico de la plutocracia, que, mediante engaño de masas, cancela el Derecho y legitima el crimen de estado: el covid, una creación mediática multidisciplinar de avasallamiento, que ejecuta un gerontocidio y una devastación material y espiritual. La inauguración en España del siniestro instrumento fue precedida por un ensayo general: la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos, una afrenta sin precedentes a la mayoría de los españoles… y al sentido común.
2025: En la hoja de ruta de la Agenda 2030 se marcó para este año 2025 un hito de no-retorno: los medios de comunicación dejarían definitivamente de informar. Y, además, exhibirían ese ‘logro’ con prepotencia -hacemos «lo que nos da la gana»- porque el poder digital habrá de ser el fundamento del nuevo orden, y debe ponerse a prueba, pase lo que pase, cueste lo que cueste. Ahí tenéis el fraude de la dana, que, descubierto, movilizó a los tres ejércitos y a su Capitán General, y que, aún hoy, casi dos años después, sigue siendo blanqueado todos los días en la prensa («¿Qué hacen las personas que perdieron su trabajo en la DANA?, ¿Qué futuro les espera a los que perdieron sus casas en la DANA?, etc. etc.), retando a la razón y a la memoria del pueblo. Esa desfachatez en los medios no es un rasgo anecdótico, sino un objetivo irrenunciable, un test de fuerza crucial: ¿Se atreverá alguien a emprender alguna acción contra el sistema? «Los tenemos bien atados, ¿podrá alguien aflojarse sus ligaduras?». Prensa y política tienen la misión de transmitir e implantar ‘la vida de mentira’ que la IA ordene en cada momento; ellos son los sacerdotes de la nueva religión, el eslabón entre el ídolo y la masa; su responsabilidad es sagrada; y deben ser inmunes a la opinión del pueblo.
De ese poder incontestable depende la siguiente fase, que culminará en 2030: exterminados los últimos vestigios de la tradición milenaria cristiana, se sustituirá la procreación natural de la especie en el ecosistema matrimonial-familiar por la vida artificial, creada en laboratorios y totalmente dirigida (hay ahora antiabortistas a sueldo desgañitándose, para dejar bien asentada una libertad de expresión y unos principios éticos que hace ya mucho que son fósiles). Al mismo tiempo, la propiedad privada (vivienda básicamente) mediante la intervención estatal masiva, quedará reducida a un residuo a extinguir. Toda actividad humana estará centralizada digitalmente; no habrá comunicaciones privadas; ni vidas privadas; con la excusa del nuevo bien común (dirigido por unos pocos) todo será centralizado y vigilado. Y, por supuesto, el nuevo dios exigirá sacrificios y ofrendas… y muchos cristianos serán inmolados a él por no reconocerle como el Dios único y verdadero.
¿Os imagináis a un Papa diciendo: «Soy el papa de la Iglesia sometida al poder del Príncipe de este mundo»? Noo, claro, ningún Papa dirá eso. ‘El Papa’ dice cosas como que llevemos a Jesucristo en nuestro corazón, y que así, con su fuerza, lo anunciemos al mundo… Es cierto que en la serena quietud de un lugar retirado, o de una biblioteca, los discursos españoles de Mr. Prevost pueden parecer maravillosos. Pero nuestro contexto es ajeno a ese escenario; en el fragor de nuestras luchas no es suficiente con que nos proclamen los primores de un mundo iluminado por la encarnación del Verbo. En estos momentos en que cualquier seguidor de la verdad está crucificado, necesitamos un pastor que vaya por delante, a pecho descubierto y no con guardia pretoriana; y que nos explique desde su experiencia cómo se vence el miedo a la tortura, al despojamiento de hacienda y fama, a la exposición al rechazo social y a las burlas… O sea, un Papa que contacte con la gente de corazón a corazón; y un Papa con los pies en el suelo, no sobrevolando…
A la IA no le sería difícil elaborar discursos como los de estos días en España, pero no tocarían nuestras almas (como en efecto así ha sido) porque la IA no sabe qué es el alma. Y no lo sabe, entre otras cosas, porque ha aparecido ahí en medio no porque Dios la haya puesto, sino como fruto del pecado (por sus frutos los conoceréis). En este punto bien se podría traer a colación el pasaje de Mt 24, 24:
«Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes señales y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos».
Y, curiosamente, de esta cita hay un paralelo en la Biblia de Jerusalén que también nos anima a levantar la mirada, aunque no en el contexto de la siega de la mies espiritual, sino en el de los tormentos que preceden a la venida del Reino:

En nuestra libertad optamos continuamente entre ser dirigidos por una ley que nos trasciende, o ser autónomos, ‘libres para decidir lo que está bien y lo que está mal’. Y llegamos así a un mundo al revés, en el que el error es sólo una oportunidad de crecer; pues eliminada la instancia superior, las consecuencias del error no revisten valor moral alguno, ni, por tanto, importancia; son accidentes, sin más. Y no nos impiden seguir la vía de ‘la razón’ pura, sino que son más bien acicate para ello. Valga como ejemplo de esto la gestión que hace Sánchez de la vileza de su círculo.
Ayer escuché un poco «El Dios de cada día». Dos mujeres jóvenes muy locuaces dejaban al respetable sin resuello con su mucho saber y su arte para mostrarlo. Eran fans del ‘Papa’, y tan emPapadas estaban, que al director del programa le costaba también seguirlas. Decían aquello de: «El Espíritu Santo dice, y en esto tiene razón…» Su Dios de ese día era un Dios que tableteaba sin piedad argumentos de apoyo a la santidad de ‘Su Santidad’. En realidad, su papel (y nunca mejor dicho) era marear al toro herido de la verdadera religión para derribarle…
Sin ánimo de polemizar, ¿acaso no dijo el apóstol que no permitía que las mujeres enseñasen a los varones? ¿Había perdido un poco el norte cuando dijo aquello? Hace años que la Iglesia -no sólo la jerarquía- guarda silencio respecto a esta cuestión; y no es casual que ese silencio se haya extendido a otras cuestiones sobre las que el silencio es complicidad con la mentira y la muerte. ¡Ah de la maldad de la cuña del enfrentamiento entre personas!
Lógicamente, sigo con preocupación las noticias de la Iglesia. Nadie puede decir que no esté pasando algo muy malo en la sociedad. Quién, a solas con su conciencia, una vez que se han apagado los ruidos que le han entretenido durante el día, no ve en su imaginación sombras muy negras, ante las que lo mejor es evadirse.
Este ambiente enrarecido que nos acompaña tiene mucho que ver con el borrado de la ética social que ordenó y dio estabilidad a la vida durante siglos. Y la Iglesia, tanto a nivel institucional como individual, tiene una responsabilidad en esa deriva hacia ninguna parte que está aconteciendo.
En estos momentos, más que nunca, la fe nos pide estar presentes en la sociedad como testigos del Dios vivo, ante el que toda rodilla debe doblarse, y sin el que no podemos hacer nada. Y si este testimonio no se da, es porque no hay Iglesia o está subyugada y a punto de pasar a la clandestinidad.
Un manto de oprobio se ha extendido sobre la autoridad moral de la Iglesia, dejando a oscuras el mundo. Son tan graves y tan flagrantes las afrentas a Dios y a la vida en estos tiempos, que da grima y pavor escuchar a nuestros pastores elogiar la ‘finura de los discursos del ‘Papa’.
También da lástima verles dejarse rodear de esas cuadrillas de monosabios vestidos de luces que a la mínima revuelan sus capotes para marearles y tumbarles.
Pero Dios, verdaderamente, acude presto al grito de auxilio de las almas sinceras, y, en medio del desvalimiento de la Iglesia, Él se hace presente y reparte vida en abundancia, y renueva nuestra fuerza en la promesa de asistirnos hasta el fin del mundo. Ésta es la verdad de nuestra fe, la cual realizamos en obras de amor a nuestros semejantes.
¡Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!

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