
Esta semana ha sido la de los ecos de la visita del ‘Papa’, pero para nada ha sido la de los ecos de la Magnifica Humanitas, que hubiera sido lo suyo. Porque, ¿qué fue más importante, lo que dijo en sus discursos, o lo que escribió en su Carta? También se puede preguntar qué pudo decir de importancia en las plazas de España que no hubiera dicho en la carta MH, cuya extensión es, con mucho, la mayor de todas las enciclicas sociales de la iglesia. (Frente a las once mil de la Rerum Novarum, las siete de la Populorum Progressio de Pablo VI, las diecisiete, dieciocho, y veintitrés de las de San JP II, la MH tiene treinta y seis miles de palabras). Sin embargo, fue muy aplaudido el orador en todos sus actos. Y muy bien difundido. ¿Qué dijo, pues, tan meritorio, que mereciera el aplauso unánime de nuestra… sociedad?
Sin duda estamos ante un truco mediático. Sí, porque si la encrucijada humana que enfrentamos da para una ‘carta constituyente’, y si la MH, a juzgar por su extensión aspira a serlo, no se puede entender que dirigiéndose a un país de Europa no fuera ese nuevo futuro el centro de los discursos.
Si el elogio al visitante no fue por poner con claridad y valentía las basas de la nueva humanidad en ciernes, ¿por qué fue?
En lo poco que yo le escuché o leí, medios por medio, me sonaron sus palabras a discurso hueco, rancio, vacío… vil metal que retiñe. Presentarse ante la cansada sociedad de España con esmerada retórica, y no con llanas palabras cargadas de verdad, fue de mal gusto. Algo así como ponernos una película para entretenernos cuando se nos está cayendo el sombrajo.
Por Radio María me llegaron algunos trazos de la visita. En la iglesia de Sant Agustí, por ejemplo, estaba Luis Fernando de Prada hablando con cierto comentarista ocasional sobre el próximo evento en la Sagrada Familia, y el director de Radio María comentó que nunca había estado en aquel templo, a lo que su interlocutor respondió con tono de asombro: «-¿Nunca has estado, Luisfer?», sonando sus palabras a reproche; tanto, que movieron al interpelado a excusarse: «me paso la vida en los estudios de Radio María». Este sacerdote ejerce su misión con gran entrega, y Dios sacará mucho fruto de ella, estoy seguro; en su amable tono habitual, reconoció el buen hacer del acompañante debutando aquella tarde en la radio, algo que chocaba con el tono de autoconfianza con que éste se expresaba. A poco de empezar aquella retransmisión, Luis Fernando comentó que el ‘Papa’ llevaba consigo un séquito de técnicos que tomaban el mando en cuanto llegaban a un sitio. Oyendo ayer «La voz del Papa» recordé este dato, porque ‘esa voz’ sonaba en las ondas como las trompetas celestiales: el timbre y tono perfectos, la nitidez del sonido, la modulación de la voz y la cadencia del discurso, el volumen justo… todo lo contrario a las cada vez más deplorables retransmisiones y megafonías en las homilías que predican a Jesús (vengan de quien vengan).
En resumen, ‘el Papa’ se ha ido, pero la IA, que es un porvenir sin Dios, se ha quedado. Lamentablemente, poco le tenemos que agradecer al personaje. El cual, o su séquito, ya han informado que viajará pronto a Perú a recordar, o recrear, sus paseos en burro…
Está siendo dura esta semana; metidos en casa con las puertas y persianas cerradas por miedo… mientras en la calle surcan el aire las flechas de mil amenazas… Se nos impone la apariencia de normalidad como un corsé asfixiante… y que a nadie se le ocurra decir que detrás de nuestros miedos y aprensiones hay una realidad de opresión… porque entonces lo llaman conspiranoico y lo encierran. Pero –Eppur si muove– lo cierto es que la hay.
En 1965, casi al mismo tiempo que finalizaba el Concilio Vaticano II, empezaba el dramático conflicto del Vietnam. En la primera entrada de este blog comentábamos una película sobre el asesinato de Kennedy que arrancaba con un discurso de Eisenhower previniendo acerca del gran poder de la industria militar. Ese comienzo, y el mostrar al sucesor de Kennedy como implicado en el atentado, fueron un peaje que este lucrativo film tuvo que pagar. La película habría sido un fracaso si en vez de despistar al público con ese señuelo hubieran dicho la verdad: que la razón de matar al primer presidente católico de los Estados Unidos no fue el dinero ni el poder, sino la vieja y pertinaz conspiración que busca expulsar a Jesucristo de su trono terrenal. Puede que el ‘arquitecto’ que diseñó el proyecto utilizara la ambición de hombres sin escrúpulos, pero su propósito iba más allá. Con una tradición igual de ‘rica’ que la cristiana, esa corriente subterránea no ha parado en estos veinte siglos de planear atentados, matanzas, magnicidios y revoluciones con los que torcer el rápido avance del Reino de Cristo en el mundo.
Al tiempo que en Asia se empezaba a matar a millones de seres humanos, aquí ocurría otro tanto con métodos más ‘finos’. Los anticonceptivos iniciaron desde Europa una ola de muerte que hace tiempo que ha dejado en pañales a los más horrendos crímenes de lesa humanidad. Esa cuña penetró en los muros de Occidente abriendo una brecha por la que, con el tiempo, entraría en tromba, precedida por fenómenos como el aborto, el divorcio o el ‘matrimonio homosexual’, la devastadora corriente del género -el enfrentamiento entre los seres humanos- que arrasaría leyes, instituciones, ética y hasta el papel de la verdad como principio organizador de la convivencia. La corrupción del orden socio-político y religioso, la degeneración de las costumbres, la normalización de los crímenes de estado encubiertos, la eutanasia proactiva o resoluciones oficiales de muerte, la abolición del matrimonio, la familia y la niñez… y la imposición del credo del Anticristo, son un tsunami de muerte que tuvo su origen en la diabólica separación entre el sexo y la fecundidad (entre el matrimonio y la procreación) que trajo consigo ‘la píldora’.
Esta clave interpretativa nos la dio Benedicto XVI en dos documentos muy esclarecedores del momento actual que vivimos; el primero fue publicado en abril del 2019 y el segundo a finales del 21. Pego a continuación unos párrafos:
«…en la década de 1960 ocurrió un gran evento, en una escala sin precedentes en la historia. Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido responsable de varios laboriosos intentos de contención.«
«El concepto de matrimonio del mismo sexo es una contradicción con todas las culturas de la humanidad que han llegado hasta ahora, y esto significa una revolución cultural que es opuesta a toda la tradición de la humanidad hasta hoy. La certeza básica de que la humanidad existe como varón y mujer, y que la transmisión de la vida sirve a la tarea de una existencia tal; y que, en esa transmisión de la vida, más allá de toda otra diferencia, consiste esencialmente el matrimonio, es una certeza original que ha sido obvia para la humanidad hasta ahora.
Porque ahora se pone en duda el hecho de que la existencia como hombre, varón y mujer, esté orientada a la procreación, y que la apertura a la transmisión de la vida determina la esencia de aquello que llamamos matrimonio.
La convulsión de esta certeza humana original tiene que ver con la introducción de la píldora anticonceptiva, que trajo consigo la separación de la sexualidad y la fecundidad. La relevancia de la cuestión de la píldora no está en la casuística que la acompaña, ni en el cómo y el cuándo el uso de la píldora está moralmente justificado, sino en la novedad que ha significado: la equiparación de todas las formas de sexualidad; un mensaje nuevo que ha transformado profundamente la conciencia de los hombres.
De eso se sigue un segundo paso: si la sexualidad puede ser separada de la fecundidad, entonces, al contrario, la fecundidad puede ser pensada sin la sexualidad. Detrás de una fecundidad planificada encontramos una idea de hombre que ya no es un don recibido, sino un producto planificado. Por otro lado, aquello que se puede hacer se puede también destruir. En este sentido, la creciente tendencia al suicidio como fin planificado de la propia vida es parte integrante de la situación descrita.
No se trata de ser un poco más abiertos, sino de la pregunta ¿Quién es el hombre? ¿Es una criatura de Dios? O un producto que él mismo sabe crear. Cuando se renuncia a la idea de creación, se renuncia a la grandeza del hombre, a su dignidad que está por encima de cualquier planificación.»
«…el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual; de algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí mismo, y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede tener sentido.
Existe un Dios como creador, y la medida – el sentido- de todas las cosas es una necesidad primera y primordial; pero un Dios que no se expresase para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y en que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.
En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.
Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida.»
Fue apenas hace cinco años cuando escribió Benedicto XVI estas últimas palabras, y hoy ya casi se ha perdido del todo la distinción entre la verdad y la mentira. Tal es así, que en vez de conversión se predica perversión; y va asentándose una lógica -ya no digo ilógica, pues rompe el marco de lo razonable- que invierte los valores, resultando que el hombre fiel y honesto es el enemigo público número uno.
Esto escribo desde la azotea, de donde no pienso bajar; porque:
«Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que entienda), entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; el que esté en la azotea, no baje a recoger las cosas de su casa…» (Mt 24, 15ss) Porque salvar la vida es más importante que salvar los bienes materiales.
Nos vemos en el cielo, amigos.

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