

Estas dos piezas periodísticas están sacadas de El País del martes 9 de junio, de un texto del actual corresponsal de ese diario en Roma. La primera me salió al pulsar el icono de ‘Comentarios’; y la segunda es una captura al azar del texto periodístico que, como la misma encíclica, es bastante largo.
Los tiempos de hoy son el mar en que desembocó el largo río de indolencia y desinterés por la verdad de los últimos sesenta años. Se caracterizan por la absoluta confusión entre verdad y mentira.
La encíclica Veritatis Splendor fue redactada por el Papa San Juan Pablo II y publicada oficialmente el 6 de agosto de 1993. Aborda cuestiones fundamentales sobre la enseñanza moral de la Iglesia, la libertad y la verdad. Puedes consultar el texto completo de la encíclica en la página oficial de The Holy See. Respecto de la misma, escribió en 2019 el Papa Emérito Benedicto XVI lo siguiente:
“Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis Splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición. Y fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución, ya que Böckle murió apenas dos años antes de la publicación de la encíclica, la cual, efectivamente, incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.
El Papa (San Juan Pablo II) era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho de que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.
Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor, que están por encima incluso de la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.
El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana; el hecho de que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle, y muchos otros, demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.
En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) sólo en materias concernientes a la fe, y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.
Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.”
Como acabamos de leer, Benedicto XVI usa la expresión «clamor por la vida concreta», y en la reciente visita de Mr. Prevost a España no hemos percibido ningún tono de clamor. Antes al contrario, este evento ha sido revestido de glamour desde el principio hasta el final; y la opinión mayoritaria de los católicos es que «ha sido todo muy bonito«.
Sin embargo, no necesitaba el momento actual un show de una estrella (programado por la Agenda 2030 como bien escribió un columnista de ABC), sino un grito desesperado para salvar a la humanidad de un terror inminente. Pero no sólo no clamó el visitante, sino que dejó convencido al país, y al mundo entero, de que tal emergencia humanitaria global es pura fantasía. Mr. Prevost no actuó como vicario de Cristo, ni como verdadero pastor; y dejó a las ovejas en la boca del lobo… Y tanto es así, que ya está éste dando dentelladas a diestro y a siniestro, como muestra este botón:
El colegio diocesano, de cuyo director escribí aquí una grave acusación hace poco, ha mandado ayer a los alumnos este correo:

El totalitarismo actual no es uno más de los que temía la filósofa judía; es, sin duda, el último y más aterrador. Mata más que ninguno de los precedentes, y con muchísima más violencia, porque se ceba especialmente en los débiles. A todos maltrata y reduce a la condición de bestias, pero a una ingente masa los asesina sin que nadie lo pueda probar. No es que no lo veamos, sino que, por habernos expropiado los canales de comunicación, han hecho imposible la prueba de esos crímenes. Antes de que se pueda organizar cualquier acción defensiva, ya la han desbaratado gracias a su red de espionaje, introducida, y asumida por todo el mundo, como inofensiva mensajería gratuita, y que entrega al tirano la información completa sobre las acciones de cada persona del mundo ‘civilizado’. La IA viene a sumarse a esa red, potenciándola exponencialmente, creando un dominio absoluto e inexpugnable sobre las masas, ante el cual ha bajado la cabeza Mr. Prevost entregándonos a la esclavitud más atroz y lacerante de todas, que es la del alma.
¿Se puede dudar de que las palabras de Benedicto XVI -ser cristiano es ser mártir– eran certeras y proféticas?
La primera imagen que grabaron nuestras retinas del recién elegido pontífice fue ésta:

En torno a la última elección de papa no hubo nada a expensas de la improvisación, y que esta foto haya sido la primera del nuevo pontífice responde a la intención de crear una imagen suya de persona humilde; sin embargo, ahora y siempre, se cumple el refrán de «dime de qué presumes…»; y en España ya lo hemos visto de cerca.
¿Se imaginan ustedes a Jesucristo diciéndoles a los niños ‘Lo más importante en la vida es el fútbol’? Pues, en el fondo, ese fue el mensaje de aquellas respuestas «improvisadas» de Mr. Prevost a las preguntas, también «inocentes e improvisadas», de un ficticio Renzo, el pobre niño Renzo.
Con eso se quedaban también tranquilos los padres: que no pasa nada, oye, que los niños sigan como hasta ahora, y los padres también, con el mundial; que comamos y bebamos, que la vida son dos días. Pero… un momento.
…Que vayan los chicos con vendas en los ojos por un mundo perverso, y que caigan en los abismos del pecado, y que así, heridos de muerte y sin guías ni cura para sus almas, se quiten la vida o se envilezcan entregándose a la abyección de los vicios… esto… ¿también, Mr. Prevost?
Este ‘personaje’ que vino a España vino en realidad a un plató. Vino a decirle al mundo que ‘no pasa nada’; que es cierto que nada va a ser lo que fue, pero que va a ser mejor… que no habrá paro, ni enfermedad, ni inquietud social… porque, o bien se eliminará ‘matemáticamente’, o, si algo queda, se barrerá con el uso indiscriminado del crimen de estado. Lo que se calló, obviamente, es que el precio de esa sociedad aséptica serán nuestras almas… Y, si es verdad que existen -y doy fe de que así es- el infierno en la tierra ya ha comenzado para ellas tras esta visita.

Mi esposa sufrió un ataque del maligno al morir repentinamente su padre en el año 2010; lo cual nada tiene de particular, sino que sigue la norma de que el visitador -con permiso de Dios- se presenta, camuflado, cuando nos ve en mayor debilidad. Y así, se atribuyó a la tristeza por una pérdida grave el cambio de su conducta; pero, comoquiera que su mal no sólo no cedía con el tiempo, sino que iba a más, dijeron entonces que la depresión no era por duelo sino permanente; y después, como también ésta resistía al tratamiento, fueron cambiándole el diagnóstico sucesivamente, hasta completar, en estos dieciséis años, todos los grandes cuadros del DSM 5. Así, iba la pobre de acá para allá con una bolsa llena de ‘pills’ que le habían recetado; y eso, amigos, no hay quien lo aguante.
Como su verdadero mal es inmune a la medicación, ésta resulta contraproducente. Porque, si, por una parte, la mantiene atontada, también la mantiene incapaz de fortalecer su espíritu para plantar cara al enemigo.
En algunos casos, como el mío, cuando en vez de una influencia directa se trata de un engaño, la cosa es diferente, porque entonces la medicación no necesita ser tan fuerte y permite ir construyendo una visión del mundo ajustada a la verdad, que se termina imponiendo -aunque con esfuerzo, virtud y ayuda, ciertamente.
En cuanto a esa ayuda, en casos difíciles, la Iglesia provee de especialistas que suplen la debilidad del fiel. Aquí en Toledo había uno, que, por no dar abasto, precisó un ayudante; pero ambos han sido ya puestos fuera de juego. Es curioso el caso del ayudante; decía que si la víctima era católica, su propia maduración como creyente le haría sobreponerse; y que si no, él no podía hacer nada. Fuera por eso, o por otra cosa, resultó que terminaron mandándole a un pueblecito apartado. Y en cuanto al titular, muy experto y expuesto (en un oficio donde tienes que estar al cien por cien), se retiró finalmente siendo valedor de vírgenes… desaorden.
Desde sus orígenes, la Iglesia dispensó este tipo de ayuda a la grey, con espléndidos frutos; pero en los últimos años, acorde con la confusión reinante, se considera, como hemos visto, que ya no es un ministerio necesario. Así que el malo se mueve a sus anchas, y todo suma para oscurecer la verdad y para llevar a las almas a la muerte eterna.
Atada mi esposa hace dieciséis años -los mismos que yo llevo desatado- los sinnergers del mal, que leían y leen todo lo que pasa entre nosotros, nos han hecho la vida imposible. Con planes siniestros y azuzando a mi esposa contra mí, han intentado neutralizar mi crítica socio-politica-religiosa haciéndome pasar por desequilibrado, pederasta, machista violento, despilfarrador, drogadicto, e indigente; más de todo me libró el Señor.
Últimamente, convencido yo del poder de Dios sobre el maligno, no hago otra cosa que rezar humildemente cuando en mi propia casa me acecha el enemigo… Y sucede que los demonios se me someten y buscan entonces ‘otro sitio donde meterse’. Llegamos de esa manera a un extremo en que resulta extremadamente peligroso no pedir ayuda. Y así, el día 11 del presente mes, vinieron los del 112 y se la llevaron al HUT.
Hace dos años, por primera vez en mi vida, había contado yo estas cosas a la especialista Valdemorant (o algo por el estilo), animado con la esperanza de poner así un broche a la larga cadena de violencias que atenazaba a mi familia. Hora y media de conversación con la responsable medica de mi esposa que, para cuando ésta salió del hospital, quedó condensada en su informe en dos breves comentarios maliciosos sobre mi persona.
En la ocasión presente fui con la ambulancia al HUT, y el médico de urgencia -un tal Mafléstiles- ordenó el ingreso. Al día siguiente me llamó la doctora antedicha para que le contara, pero, recordándole lo que de ella he narrado antes, enseguida terminó la charla; exactamente, a las 15:30 del viernes 12 del presente mes. Después, a las 16:20 de esa densa jornada, cuando por fin comíamos mi hija y yo, sonó el teléfono… pero ¿quién podría llamar a esa hora de un viernes?… Comerciales, seguramente.
Descansé media hora y me fui a los juzgados a poner una denuncia. No salió nadie a recibirme, y crucé el detector de metales; al hacerlo oí una voz que venía del cuarto de la benemérita, y al volverme, vi unas piernas de mujer. La voz me preguntó a qué iba, y se lo dije, y me mandó pasar. No había nadie, así que caminé solo por los pasillos hasta llegar al cuarto de la funcionaria de guardia. Tan sólo cuando me iba me crucé en el hall con el joven vigilante, que iba armado con su pistola… Así fue como entré y salí del Palacio de Justicia, como Sánchez por su casa. Y de allí me fui al hospital.
Buscaba a mi mujer cuando dos mujeres de blanco, a la puerta de la cueva (la zona de ‘mentales’ es hermética) me dijeron:
-¿A quién buscas?
-A mi amada.
-No está aquí… se la han llevado.
-¿A qué hora sucedió eso?
-Serían las cinco de la tarde.
Puse el grito en el cielo, acosado por el recuerdo del rapto de mi esposa, a la sombra del covid, que nos tuvo separados cinco largos meses. A mis gritos de dolor desaparecieron las dos mujeres, y surgieron otros dos de blanco, una pareja, que dijeron ser enfermeros.
-A las cinco se la llevaron; se la llevaron a las afueras de Madrid.
-Pero si hablé yo con la Dra. Valdemorant a las 15:30, y no me comentó absolutamente nada de esa posibilidad…
Con esa espina en el corazón me subí a ‘los jesuítas’, pues era el viernes del Corazón de Jesús y todos los años íbamos a la misa y procesión de esa fiesta. Llegué cuando el primer lector empezaba a proclamar la Palabra de Dios, y el templo estaba lleno. De milagro encontré un sitio en los primeros bancos de la izquierda, pero, aún así, no conseguía entender al lector. Hice aspavientos para avisar del problema, pero nadie se fijaba en mí, y el seminarista desde el ambón continuaba adentrándose en el texto. Viendo que me iba a quedar sin enterarme, levanté la voz en la asamblea: «No se oye; no se oye»; y entonces se detuvo la celebración y se restableció el orden. Otro de los seminaristas, sentado cerca de mí en un peldaño del altar lateral, me miró y me dijo: «Pero si da igual; no pasa nada».
«Pues, si teniendo Dios la Palabra no pasa nada porque no le oigamos -pensé- mal vamos.»
El rector del Santuario predicó con acierto sobre ‘el Corazón de Dios’ y el descanso que nos ofrece: «Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón… y descansad». Y luego, la procesión. Según avanzaba, solemne, por las calles del casco, me venía a la mente la escena de Adán y Eva saliendo a pasear con Dios por el Edén, a la brisa de la tarde. Me pareció delicioso acompañar, entonando cantos y oraciones, a aquella bella imagen de Jesucristo resucitado, el cual, a juzgar por las caras de la gente, sigue, de un modo misterioso, llamando a las almas a entrar y descansar en su corazón abierto. Los sones de la banda de música, muy bien; y al llegar de vuelta al santuario, un frescor divino nos envolvió a todos, cual rocío sanador. Me fui de allí ‘nuevo’, a pesar de los dolores del día.
Confieso que, arrodillado para recibir la Comunión, vi, por primera vez en mi vida, en la pequeña forma que descendía de las manos del sacerdote a mi boca, al mismo Dios que venía a mí, con su infinito amor.
A ese Dios quiero yo dar a conocer a todo el mundo; un Dios que no falla; que, si eres sincero con él, Él se te muestra cada vez más, desvelándote con ello el misterio de tu vida, y todo, y librándote de las ataduras de la muerte, por fuertes que sean.
Y, para dar ese testimonio, del poder del Resucitado, quedan escritas estas cosas.
Porque, cuando llegue el fin del mundo, «el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos que oiga.» (Mt 13, 41ss)

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