Hay una iglesia con la que Sánchez, Ayuso, y los que siguen a la fiera comulgan; la iglesia pompier:

Sin duda, esta es la que, mayoritariamente, ha acompañado al Papa en sus actos. ¿Cómo puede un cristiano entender que venga el Papa a su tierra y, en vez de acudir con presteza y humildad a los sojuzgados fieles, vaya a mezclarse con los bandidos que los persiguen? Porque en el Congreso se han hecho las leyes que están haciendo imposible la vida de la gente que quiere vivir honrada y piadosamente de su trabajo; las leyes que están arruinándoles, hundiendo sus matrimonios, a sus hijos, la economía, la salud, y, en definitiva, el mundo futuro.
No se puede entender, y la única explicación es muy dolorosa: Que como la mentira en que nos están metiendo a machamartillo exige la unánime aprobación del pueblo, y siendo que las instituciones están muy cuestionadas, la Agenda ha dispuesto legitimarlas por medio de esta visita.
Sin duda el Papa tiene muchos asuntos en su mesa y no se puede encargar personalmente de diseñar sus viajes oficiales; y también con toda seguridad tiene a unos cuantos agentes en su gabinete.
Mi experiencia con la Justicia, por ejemplo, es de absoluta indefensión, pese a lo que dice la ley. Si eres persona no afecta al régimen lo tienes muy difícil, casi imposible: Los abogados te niegan sus servicios, te plantan cuando más los necesitas, o, directamente, te venden; los funcionarios no respetan las normas procedimentales en tu perjuicio, y siempre a cubierto. Los letrados de la acusación, jueces y fiscales hacen burla de la Justicia. El Papa debería saber que esto está ocurriendo, y no pisar la cueva donde se perpetran impunemente tantos crímenes contra la humanidad.
En el caso de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes opera la misma mentira. Si ustedes leen despacio los textos del enlace de la anterior entrada de este blog, entenderán la gravedad de la situación. Porque si la impunidad con que la Prensa miente se alía con la impunidad con que la Justicia condena en falso, estamos ante un totalitarismo de los más brutales, porque a la crudeza de la represión se une la ignorancia y la incapacidad crítica de la masa para discernir la verdad. Nos quedaría el reducto de la Iglesia. Pero, ¡oh, Dios!, si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se salará el mundo?
La sal preserva, da sabor, y desinfecta; si nos falta este ingrediente en la vida social, la apostasía triunfará volando… ya lo está haciendo.
No he visto un sólo titular sugerente en este fin de semana pontifical. Juan Pablo II era, además de un santo, un actorazo; Benedicto XVI era una exquisita combinación de sabiduría y discreción; y Francisco… no vino a España. Lo poco que le he escuchado a León XIV en los medios me pareció soso, falto del Espíritu de alegría que enardece los ánimos del pueblo.
Su agenda en España empieza por visitar un centro asistencial de personas en exclusión social, y esto da el marco de su visita. Parte de un error general, el de que somos una comunidad próspera en la que también viven pobres, a quienes la mayoría tenemos que atender. Pero lo cierto es que en España todos somos cada vez más pobres, y estamos para que nos atiendan, aquejados de diversas pobrezas. El error queda sellado por el hecho de que se incluyen en «el grupo de pobres» a los migrantes, pasando por alto que este grupo lo forman nada menos que trece millones de personas (diez millones, más los hijos que éstos han tenido aquí) de una población total de cuarenta y pico. Naturalmente, no se trata de ‘un error’ casual; y al final de este artículo vuelvo a ello.
León XIV irá también a una cárcel, a asociaciones de acogida de extranjeros, a centros de integración de inmigrantes, a Cáritas, a un encuentro con voluntarios; en fin, un viaje con un fuerte tono de Iglesia asistencial. Tendrá un tiempo también para religiosos y laicos comprometidos, para agustinos, y para los diocesanos (sinodales). Y, aparte de eso, una inauguración, tres misas y dos vigilias en grandes escenarios.
De entre todo, yo me quedo con la homilía de la Misa del Corpus, viendo en ella el púlpito más apropiado para que el Papa me dirija a mí, laico normal y corriente -como la mayoría de la Iglesia- una palabra de exhortación y confirmación en la fe. Ésta es:
«Con el corazón colmado de alegría, al inicio de este Viaje a España, presido esta Celebración en el día de la Solemnidad del Corpus Christi.
Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros. Él, que quiso ofrecernos su vida para hacernos entrar en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos, está aquí, como Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la misma vida de Dios, con un amor más fuerte que la muerte.
Esta memoria del Señor presente en el Pan eucarístico está en el corazón de vuestra fe y de la historia de vuestro pueblo. Aquí en Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios. Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos. No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros.
Así, si en la Celebración eucarística Cristo se entrega como alimento, la procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre. El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados. No es casual que aquí, en España, la Iglesia haya unido durante años la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad.
No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo.
Por eso, la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio, en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro. En esta perspectiva debe comprenderse la invitación a “recordar” que hemos escuchado en la primera lectura: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto»; acuérdate de cómo, cuando tenías hambre, te alimentó con el maná. Se trata de “recordar” precisamente para no olvidar quién es el Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros ídolos y alimentarse de un pan que no sacia.
Por tanto, he aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común.
Hermanos y hermanas, deseo recordar aquí a san Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día. Quisiera recordar también los versos poéticos de san Juan de la Cruz: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche» (Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe). En la prisión conventual de Toledo, donde estaba encarcelado en condiciones durísimas, precisamente en torno al Corpus Christi de 1578, él reconoce desde la noche de aquella prisión la presencia escondida del Señor, de la que brota una luz que no conoce ocaso y mana una vida que no se agota. Jesús Eucaristía es “aquella eterna fuente que está escondida” fuente que corre y apaga la sed, pero sin deslumbrar, sin imponerse con poder exterior, sin presentarse de modo espectacular (cf. ibíd.).
Volvamos a Él con amor sincero. Abrámonos al encuentro con Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos.
Que el Señor Jesús presente en la Eucaristía os haga pan partido, entregado y ofrecido, para que una vida plena pueda brotar para vosotros, para vuestras familias y para vuestro país.»
Me ha sabido a poco el mensaje de Cibeles; de hecho, no me ha ayudado. No me he sentido identificado en él, ni instruido, ni edificado. En mi momento vital, con una profunda preocupación por la Iglesia y el mundo; con fuertes luchas y persecuciones para vivir mi fe, las palabras del pontífice me parecieron vacías. ¿Que hay que ir hacia los hermanos? ¡Pues claro!, hasta los no creyentes saben y practican eso. Pero Jesucristo vino al mundo, según las Escrituras, y se quedó en él, para algo más. Esta presencia, sin embargo, es para León XIV memoria, y no se detiene en considerarla, ni mucho menos en darle la Palabra en su homilía; hasta el punto de que no hace mención siquiera a lo que la Liturgia de la Palabra de ese día tan solemne nos dice.
Con estas impresiones quise refrescar mi memoria sobre el tono que en estas ocasiones empleaban otros papas. Y busqué una homilía que hace veinte años le oí en Valencia al Papa Benedicto XVI. Copio un párrafo, y les dejo el enlace para que puedan leerla. Eran otros tiempos bien distintos, pero nos daba una enseñanza que no pasa y que era oportuna por demás.
«Para avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.«
A propósito de esto, mediando veinte años entre un discurso y otro, bien se puede decir que se equivocaba Gardel; y una imagen captada al vuelo en la tele lo deja claro: saludaba León XIV desde el papamóvil, flanqueado por los servicios de orden, y un fornido guardaespaldas pivotó sobre sí mismo, de atrás adelante portando un ‘pequeño bulto’ por encima de su cabeza: lo tomó de la multitud, se giró, y se lo acercó al Papa estirándose, e inmediatamente lo volvió a ‘su sitio’… Apenas pudimos ver que se trataba de un bebé… no hubo afecto, no hubo madre ni padre, no hubo amor… sólo marketing.
Algunos hermanos me censuran y evitan saludarme porque escribo estas cosas, porque me quejo de nuestro Papa. Pues resulta que mi buen Dios, a quien amo, me ha inspirado una palabra para responderles. La de Job, el cual estaba enfadado con Dios porque se creía justo, y no merecedor de aquel castigo. Su entorno más cercano -su esposa y sus amigos- le recriminaban por su tozudez; pero Dios, lejos de darles la razón, apreció en Job su autenticidad: que no depusiera sus pensamientos en aras de una pretendida corrección; pero también que no se guardara de ser corregido en un supuesto careo con Dios. Cada uno somos producto de una historia; y tenemos unas facultades para ayudarnos a vivir; ¿qué hay de malo en servirnos de ellas para relacionarnos con Dios y con los hermanos? Es bueno contrastar la visión propia con la de los miembros fiables de la Iglesia, pero, ¿y si no se encuentran? Dios rechazó la falsa modestia de los amigos de Job. Yo, en las opiniones que vierto en estos blogs, rechazo también una religión de normas, y no me sirve una fe ciega, que no razona; pero al mismo tiempo, como Job, estoy dispuesto a dejarme corregir… que el Señor me pruebe… tan solo le pido que me dé fuerzas para no hundirme en el encuentro. Esto creo que nos enseña Job, a pasar de una fe teórica, basada en el intelecto y la tradición, a una fe relacional basada en el encuentro amoroso, directo, con Dios.
A continuación expongo, en primer lugar, un resumen del significado de las críticas religiosas a Job:

Y después el significado de la propia figura de Job:

Y volviendo al significado de esta visita papal a España, aparte de lo ya dicho al comienzo sobre la legitimación de un orden fraudulento, hay que ver en ella la definición de «Lo que se le permite a la iglesia futura ser»: una organización asistencial, con todos los privilegios que se quiera, pero sometida. Y ante esto hay que responder, humilde pero firmemente, con las palabras de San Pablo a los Gálatas (5,1):
«Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud.»
Porque, como dijo Benedicto XVI en su famosa carta de 2019:
«El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese
momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores
especialistas, que no habían tomado parte en la edición de la encíclica. El no
podía ni debía dejar duda alguna sobre el hecho que la Moral construida
sobre el cálculo de los bienes tiene que respetar un límite último. Hay bienes
que nunca están sujetos a concesiones. Hay valores que nunca deben ser
abandonados en nombre de un valor mayor y que están incluso por encima
de la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluso que la supervivencia física. Una vida comprada con la negación de Dios, una
vida que se base en una mentira última, no es vida. El martirio es una
categoría básica de la existencia cristiana. El hecho de que ya no sea
moralmente necesario en la teoría que defienden Böckle y muchos otros
demuestra que está en juego aquí la esencia misma del cristianismo.
En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante:
había ganado amplia aceptación la hipótesis de que al magisterio de la
Iglesia le corresponde competencia definitiva (“infalibilidad”) solo en
cuestiones propiamente de fe, de modo que cuestiones de moral no podrían
ser objeto de decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. En esta tesis
hay ciertamente algo correcto, que merece un debate más amplio. Pero hay
un mínimo moral, indisolublemente relacionado con la decisión
fundamental de la fe y que tiene que ser defendido, para que no se reduzca la
fe a una teoría, sino que se reconozca su pretensión con respecto a la vida
concreta. Todo esto permite ver qué fundamentalmente está en juego la
autoridad de la Iglesia en cuestiones de moral. Quien niega a la Iglesia una
competencia última en este ámbito, la obligan a permanecer en silencio
precisamente allí donde se trata de la frontera entre verdad y mentira (…)
El proceso largamente preparado y actualmente en marcha de disolución del
concepto cristiano de moral, como he intentado mostrar, experimentó en los
años 60 una radicalidad que no había tenido antes. Esta disolución de la
autoridad doctrinal de la Iglesia en la moral había de tener consecuencias
necesariamente en los distintos campos de la vida de la Iglesia…

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