¿Por qué no he ido a ver al Papa y no me pesa?
Esta mañana vi un vídeo del desfile por Madrid de la comitiva papal. Era una toma aérea. Iban dos coches en paralelo, luego, en el medio, el del Papa, y otros dos detrás; y motos. En los márgenes había muy poca gente, aunque el Papa no dejaba de mover el brazo por la ventanilla; el tramo que yo vi era por Príncipe de Vergara; y el destino, la Nunciatura.
Con poca o mucha gente, organizar esta visita nos sale caro. Seguridad, fasto, logística, etc. etc. ¿Merece la pena? El primer titular que he visto decía: «Vengo a alentar una reconciliación entre las distintas fuerzas de esta nación»
Pues si ha venido para eso, yo creo que se ha malgastado el tiempo y el dinero. Habría bastado con que nos hubiese escrito una carta con esa intención. Y a esa carta yo hubiera respondido lo siguiente:
Santidad: No sé quién le dijo que los españoles necesitamos reconciliarnos de nuevo. Tal vez haya sido Pedro Sánchez, que es un mentiroso. Lo cierto es que los españoles estamos más unidos que nunca.
En cosa de diez años nos hemos empobrecido como ningún país del mundo: la cesta de la compra se ha multiplicado por cinco, o por diez. Y su calidad ha decrecido muchísimo. En general, ha empeorado la calidad de todo. Y, muy principalmente, de la salud. Igualmente, ha empeorado, hasta límites inimaginables hace una década, la comunicación; pero también los servicios: sanidad, educación, justicia… Y no digamos nada de la honestidad y el respeto. La ética social ha dado tal vuelta que hoy se elogia a los bandidos. Y lo más doloroso de todo es que nos estamos volviendo un país triste.
Si digo todo esto es porque, como comprenderá, cuando uno es pobre no está para enfrentamientos; y por eso le digo que hoy estamos más unidos que nunca, porque hacía décadas que no bajábamos tanto…
Por otra parte, habla Su Santidad de las distintas fuerzas de la nación; y esto sí que me duele, y sí que se podía haber dicho por carta. Porque la gran masa de los españoles, la gente corriente, el 95% de la población, estamos sin fuerzas… vemos la decadencia a nuestro alrededor y no somos capaces de hacer nada por frenarla; ni siquiera decirlo. Así que tampoco por ahí nos alcanza su discurso.
Estamos viendo que, cada vez más somos un cero a la izquierda; y que hacen lo que quieren con nosotros. Lo vimos cuando el covid, que nos encerraron a cal y canto sin poder rechistar siquiera; y lo vemos a diario, cuando abrimos las noticias y vemos que día tras día se repite la misma cantinela: Trumputín; la picaresca española; guerras que ni nos van ni nos vienen; noticias de gente rica que nos pilla lejos; y el pan y circo habitual; y pare Vd de contar. Mientras tanto vemos a los jóvenes enfermar, y crecer en un mundo sin esperanza; y sin visos de que la cosa cambie.
De verdad, no estamos enfrentados. La gente que, cuando éramos jóvenes, se decía de izquierdas, han visto el engaño de aquello; y, si han sobrevivido, ha sido por los pelos, de tal manera que a día de hoy no miden la situación desde ese ángulo; les preocupan las pensiones, que nos arruinen con la promesa de reindustrializar y no se sepa nada del dinero prometido; que seamos un país subsidiado y a expensas de lo que digan los peces gordos de Bruselas; que mientras nos hundimos no se nos diga una palabra de política, y que el Congreso sea la Casa de Tócame Roque. Otra cosa distinta es que pueda haber jóvenes engañados en las redes con fábulas políticas.
Hay otra cosa que nos une sin que nadie nos anime a ello: las verdades sobre la vida que hemos oído por las plazas y los caminos de España: Que hubo Uno que, viendo el desamparo tan tremendo que padecían las personas del mundo, renunció a sus inmensas riquezas y se mezcló con la gente corriente; y, pasando por uno de tantos, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; y una muerte injusta, la del peor tormento que el hombre haya podido inventar, la muerte de cruz. Y al morir así, consiguió que todos le miraran y empezaran a hablar de él, de lo bueno que era, y del misterio y la sabiduría que su bondad y humildad encerraban. Y esta historia se fue difundiendo y dando origen a muchas otras similares, que aún hoy reverdecen, y se comentan. Y hay una cultura acerca de esto que la gente aprecia de verdad, aunque para sus adentros, por vergüenza; pero no por ser ‘privada’ es menos cierta; es cultura de la verdad; y eso, como decía al comienzo de este párrafo, también nos está uniendo, más de lo que estábamos en tiempos de prosperidad.
Y, con mucho dolor en el alma, tengo que decirle, Santidad, que también le han mentido acerca de la pederastia del clero. Porque, ciertamente, aunque sólo hubiera habido un caso, ya sería un escándalo, pero Su Santidad no va a ver a las víctimas de un caso, sino de cientos… Pero ¡inventados! ¡Hasta ilustres clérigos de las curias los inventan! Porque es política… porque conviene tener algo que reprocharle a la Iglesia; y así llevamos siete años oyendo el mantra de los abusos en el clero… ¡Ay, si al lado de éstos, un ángel anunciara los que se cometen en el sector civil! La sociedad se taparía los oídos de puro espanto…

Un columnista escribía uno de estos días que la corrupción destapada en España era un síntoma de democracia, porque, según él, cuando la corrupción es generalizada ya no causa asombro. Al leerlo, caí en la cuenta de que estos casos que llenan los periódicos son tan inventados como las idioteces de Trump, las guerras de quita y pon, los covides o las danas; hace falta ‘destapar’ casos de corrupción para que parezca que hay algo sano en la sociedad.
Pueden creerlo los lectores bien pensantes; la noche está avanzada… La pestilente renuencia de Sánchez a ser sensato, y el envés del mismo asunto que es Núñez, nos hablan de que falta el canto de un céntimo para que nuestra prisión eche el cierre al último portón de hierro.
Si no recibimos ninguna información, si desde hace años se arroja bazofia a los medios, es porque estamos amordazados y maniatados. Estamos en prisión: y a menudo en celdas de aislamiento. Ya me dirá Vd., Santidad, si lo que necesitamos es aliento para reconciliar nuestras fuerzas… Primero necesitamos tenerlas; y, segundo, necesitamos ser ciudadanos libres.
Santidad, siempre hemos sido un país hospitalario, gracias a Dios, así que, ¡cómo no!, también a Vd., que además procede de un país hermano, le damos la bienvenida. Le ruego que le pida a la Virgen de la Candelaria que no deje de protegernos con su poderosa intercesión, y de iluminarnos con la candela de su corazón misericordioso.
Esto que yo le diría al Papa vengo repitiéndolo aquí desde hace mucho, y en la penúltima entrada de este blog daba algunos consejos prácticos para enfrentar esta situación, pero me quedaba corto. Retomamos, pues, el tema.
Es preciso dejar de considerar el móvil un instrumento inofensivo: es el cuervo que le cuenta al amo todo lo que hacemos. ¡Cuantas muertes se habrían evitado en los últimos diez años si no estuvieran grabadas para ‘la banda’ nuestras conversaciones! ¡Despertad, españoles! ¡Tenemos un enemigo contra el que luchar! ¡El dueño de toda esta industria de muerte que se presenta con cara de buena!
Una vez que empecemos a tomar conciencia de esto, y a poner en marcha prácticas creativas de defensa ante el espionaje y la vigilancia masiva, estaremos frenando nuestra esclavitud. Seguir pensando que el entramado sociopolítico actual sigue sustentándose en la ética cristiana -o sea, que la mayoría de la gente, especialmente, quienes detentan un cargo, son bienintencionados-, eso, es suicida. Hay una suplantación en marcha; hay un proyecto totalitario para someternos, y está muy adelantado; está a las puertas de dar el cerrojazo a una civilización que distinguía entre verdad y mentira, entre honradez y mendacidad, y obraba en consecuencia, hacía instituciones y leyes acordes con ese principio fundamental. El terror de la Agenda está muy cerca. Y usan para imponerse la violencia (escondida) y el miedo, convirtiendo a la gran masa de la población en verdugos contra quienes piensen y hablen con verdad de estas cosas.
Cada vez que escribo una entrada recibo una retroalimentación de «la banda». De esto aprendo mucho, y quiero comunicarlo. Hoy, por ejemplo, me pasó lo siguiente:
Llevé el coche para que me hicieran una copia de la llave. Ya lo había intentado sin éxito dos o tres veces antes, y tras esperar casi dos horas me decían que no habían conseguido hacerlo. En estos casos, como se trata de procesos informáticos y electrónicos, te quedas con cara de tonto y resignado. Uno me dijo que iban a comprar una máquina para resolverlo, y que me llamarían. Hoy llegó el momento; dispuesto a pagar 280 euros, les dejé el coche, y volví en autobús a casa. Finalmente me llamaron, diciéndome que en el proceso había saltado una advertencia de que cabía una pequeña posibilidad de bloqueo del coche, de que quedara inutilizado electrónicamente. Protesté, diciendo que no me habían dicho que eso podía suceder, y el operario me dijo que también para él era algo nuevo.
Lo primero que pensé fue que los de la banda le daban otra vuelta de tuerca al garrote que me aprieta el cuello. Y es muy probable que sea así, lo cual nos sirve de ejemplo para ilustrar la idea de que digitalizar el mundo implica entregarlo en manos del dueño de la consola.
Ahora bien, ¿cómo podemos saber a ciencia cierta hasta qué punto es posible ‘bloquear’ del todo la vida de una persona en el momento presente? En primer lugar, diré que mi experiencia en este campo -ya larga y costosa- me asegura que Dios sigue siendo más; aunque esto signifique entrar en el terreno de lo milagroso, pero, al fin y al cabo, ¿qué nos importa el terreno con tal de tener asegurada la vida? Cierto director de colegio acudió a juicio contra los sindicatos por una causa justa, teniéndolo perdido de antemano; y resultó que por «azares de la vida», la parte contraria no se presentó. Y, en fin, en estas páginas he relatado ya otras victorias contra pronóstico que yo mismo viví. Esto, como respuesta amplia, de un modo general. Absolutamente fiable.
Entrando en el plano de lo físicamente manejable tampoco está claro que «no podamos hacer nada». Si bien es cierto que luchamos contra un gigante, lo hacemos, como David, teniendo a Dios de nuestra parte, que potencia nuestra inteligencia… y nuestra puntería. Respecto al combate, no hay temor a la derrota en tanto nos movamos en el terreno «Dios es mi Padre y no permitirá que nada malo me ocurra»; y, cuando, por la astucia del enemigo me vea sin salida, o sea, apartado de ese terreno, mi propia vida habitual -que debe ser en presencia de Dios- me traerá al recuerdo que la clave de mi triunfo es no salirme de aquel recinto de lucha, y, en volviendo a él, volveré a estar a salvo. Nuestras capacidades naturales potenciadas por la fe son las adecuadas para la lucha que Dios permite en nuestra vida, adecuadas para la victoria. Aquí, la duda es tentación, y enseñanza, la de que no hay temor en el amor y la de que a esta certeza que da paz al corazón conviene dirigir los esfuerzos de nuestra existencia.
Muchas son las citas evangélicas que preparan para la lucha: «Sed sencillos como palomas y astutos como serpientes», o sea, sea vuestro lenguaje Sí o No, pues todo lo demás viene del maligno; y dejaos matar antes que convenir con el pecado, pues en separarse de la cabeza -Cristo- está la verdadera muerte.
Estos principios generales se aplican mediante la escucha y el seguimiento de Jesús: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y Yo os aliviaré; cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro descanso. Y que cierto es que la mansedumbre nos sienta muy bien, mientras que la soberbia nos hincha y agita. Después de todo, ¿qué somos? Según vas cumpliendo años te das más cuenta de esto: muchos de tu generación ya se han ido, otros, como tú, han envejecido, y sus puntos fuertes han quedado reducidos a nada o a la mínima expresión.
La calma -o su versión más total, la paciencia- tiene un poder muy grande frente al enemigo. Éste, a menudo, quiere ver resultados ¡ya!, y muestra con ello su punto débil; entonces basta con soportar con generosidad de espíritu sus atropellos para desarmarle (ayuda pensar que si Dios le permite ofenderte, nada tienes que decir, pues él y tú sois criaturas, dependientes de Él, que es quien sabe y quien puede. El gran rey David, viviendo esa humildad, fue paciente ante la ofensa de vasallos suyos, cuando le vinieron mal dadas; y no reaccionó con soberbia). Porque, además, ¿cómo sabemos cuál es la voluntad de Dios en una circunstancia concreta?; desde luego, Él quiere siempre que seamos humildes, y resiste a los soberbios. (Conste que no estoy haciendo apología del dolorismo ni de la pasividad… todo lo contrario.)
Se dice que las civilizaciones desaparecen cuando en ellas se instala el hedonismo y la indolencia. También se dice que los musulmanes entraron en España estando la corte toledana disipada y ebria. Sin duda que algo de cierto deben tener estas versiones, pues la pérdida del sentido vital -que nunca es el ‘pásatelo bien que la vida son dos días’- trae como consecuencia la degeneración social.
Lo más próximo a la verdad de lo que hoy está ocurriendo en esta parte del mundo es una invasión silenciosa del mal aprovechando la laxitud de costumbres. Con razón dice San Pedro «…conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro (esta vida), sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia (inútil) heredada de vuestros padres, no con oro o plata… sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha… Cristo» (1P 18ss)
El despiste generalizado con el que ‘esta generación’ pasa sus días está suponiendo la sustitución silenciosa del antiguo modo cristiano de entender la vida por uno en el que Dios, y con Él todas las cosas buenas, bellas y verdaderas, no pintan nada.
Es crucial no seguir escondiendo la cabeza debajo de las alas, la situación es mala, muy mala. No se puede dar ni un minuto más de prórroga a los criminales que ansían encerrarnos: están a punto de dar la vuelta definitiva a la llave que nos encerraría, sin derecho a voz ni voto, para siempre; mejor dicho, para el tiempo que Dios tarde en venir a liberarnos definitivamente. Pero el que persevere hasta el final se salvará.

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