Hoy he leído la Magnifica Humanitas. Ha sido una proeza, se lo aseguro. Así que, tras indicarles a todos ustedes que en la portada pueden ver ‘algo’ por lo que dar la vida -que ojalá ninguna inteligencia corrompa- paso a contarles lo que he sacado en claro de mi costosa lectura.
León XIII defendió en la Rerum Novarum a los trabajadores, y potenció los sindicatos. Pablo VI fue claro con los anti-conceptivos en la Humane Vitae y padeció mucho, pero fue sanador. Juan Pablo II fue radical con la Teología de la Liberación, y le tirotearon. Benedicto XVI fue claro al condenar el uso de la violencia por parte del Islam, pero con ello nos iluminó y edificó. León XIV escribió una encíclica sobre la IA, y sólo sirve para legitimarla.
Las setenta páginas de esta carta parecen un estudio en torno a la IA, pero lleno de fábulas. Gran parte de lo que contiene carece de fundamento, y, en todo caso, éste no se aporta al texto. Es un texto plúmbeo, cuyo diseño y redacción disuaden al lector de progresar en la lectura.
La carta señala muchos peligros en torno a esta realidad, pero no da ninguna solución, ni propone ningún camino practicable. Tras una prolija y cansina relación de riesgos, para todos ellos recomienda lo mismo: «Es necesario que esto no pase», o, «Para evitar este desastre es necesario alcanzar estas condiciones -que son ya imposibles de lograr». Y, tras un esfuerzo lector ímprobo, termina el texto con una página en la que se dice que el sacrificio redentor de Cristo lo ha cambiado todo y que a él tenemos que acogernos… ¡pues vaya!, ¡para este viaje no se necesitaban tantas alforjas!
Dibuja el Santo Padre en muchas de sus secciones un panorama aterrador; sin embargo, aunque parecen descripciones bien documentadas, la prudencia obliga a ponerlas entre paréntesis; y a contemplar la triste posibilidad de que estén puestas ahí, de esa manera tan cruda, para convencer al lector de que no se puede hacer nada, y para que éste pierda todavía más la orientación y así se afloje su resistencia al dominio que la IA quiere imponernos. Ese componente de fabulación se deja sentir especialmente en los puntos en que habla de las guerras.
Hay otro rasgo muy marcado en MH, y es la continuidad con Francisco en el insistente llamado a estar «Juntos» en la Iglesia; lo cual prioriza por encima de la esencia misma del ser cristiano: ‘hacer, como Cristo, la voluntad del Padre’.
En ningún momento se afirma de la IA algo que es evidente en este súper-organizador de la vida social: que al no ser humano, no puede albergar a Jesucristo, por lo que tampoco puede hacer nada (cuando Jesús dice ‘sin mí no podéis hacer nada’, no usa una figura retórica, con lo que la acción previsible de la IA será la de des-hacer).
Para empeorarlo aún más, incurre el texto en un temerario posibilismo; y en el punto 126 se atreve a imaginar un espacio donde la IA y la ética convivan.
La encíclica entera es una caricatura: viene a ser como decirle a alguien que te está estrangulando que eso no está bien. O como gritar a los cuatro vientos: ¡To er mundo tien que ser güeno!
Parece una burla que se describan con crudeza los innumerables desórdenes que pueden acompañar a la IA y no se ofrezca ninguna solución razonable. Naturalmente, para un cristiano, lo razonable sería decir: ‘Para combatir esta lacra debes preguntarle a Jesucristo qué quiere que tú hagas», dándose la paradoja de que, muy posiblemente, la persona clave para frenar esta barbarie haya sido ya ejecutada en los ‘movimientos de tierra’ previos al aterrizaje de esta ingeniería.
En cuanto a doctrina católica, apenas se salva el punto 232:
«En las promesas del transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas, que persiguen una humanidad potenciada y casi desencarnada, reconocemos un deseo que nos interpela: la necesidad de una vida más plena, menos expuesta a la fragilidad y al sufrimiento. Pero la Encarnación abre un camino diferente. Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, [209] asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación. No hay un momento ni una condición humana que no sea digno de Dios: «De manera que tenemos, como nos enseña nuestra fe y dilucidamos en nuestros misterios, a Dios que nace en la cuna, un Dios que vive y viaja por Judea, un Dios que muere en la cruz y un Dios muerto y sepultado». [210] El futuro de la humanidad encuentra así su criterio en la capacidad de acoger este modo divino de hacerse cercano, de compartir el peso del mundo, de transformar las relaciones desde dentro. ¡Qué maravilla!, «este hombre es Dios, y Dios-Hombre pasa por estos escalones, ¡los santifica y deifica en sí mismo!». [211] Lo que salva al hombre es el amor divino que desciende hasta el punto más frágil de su historia y la regenera desde lo profundo.» (Aunque no es que dignifique nuestra miseria, sino que lo que hace es vivirla Él por nosotros).
Siendo que la clave es Jesucristo, la vida en Él, ¿cómo es que en la procesión del Corpus de hoy, frente al Teatro Rojas, no se hablara ni una sola vez de que el mismo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, iba a pasar por nuestras calles? Y la respuesta es que el hombre está endiosado, y no quiere ser actor secundario de su salvación, por lo que rechaza y esconde a Jesucristo, y lo que pasa ante los ojos despistados del turista es la «alhaja descomunal» de Arfe.
Pero, ¡ay, si sólo los del turista estuvieran despistados! El drama actual es que la propia Iglesia no ve el misterio que vive; y por esa razón delega lo sagrado a gentes profanas. Como en la misa solemne de hoy en la Catedral: en los últimos años observo que la megafonía es muy deficitaria; y este año aún más, pues el altavoz que me tocó al lado apenas funcionaba, y lo hacía de modo intermitente. ¿Casualidad? Hombre, no, ¿tan inútiles son los del sonido?
La mezcla en la Iglesia es una herida que supura: purpurados, sacerdotes, laicos relevantes, profesionales dizque católicos.
Hemos visto lo que pasó en el colegio diocesano en Toledo; pero desde que vivo aquí, año 2004, he estado intentando participar en la mejora de la vivencia del ideario católico sin éxito: hablando con obispos, directores, profesores, padres… De todos, pero de estos últimos en especial, recibí serias ofensas. ¿Cómo puede ser que madres que, por sus ocupaciones, participan activamente en la política de exterminación de las familias desde la ideología de género tengan tanto predicamento en esta comunidad educativa?
Son cosas que los ángeles ansían penetrar pero que el Espíritu Santo revela a quienes quiere y cuando quiere. Doy fe.

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