La intrahistoria de este blog es accesible a sus lectores en distinto grado. Muchos detalles de lo que hay detrás de las informaciones y afirmaciones que en él se vierten aparecen publicados para hacer más creíble dicho contenido; y en estos datos radica el primer nivel de acceso a ‘lo que hay detrás’.
Luego viene una horquilla de grados de entendimiento que aumenta en función de la fe de cada uno. Y, claro, en esto no cabe más que invitar a todo el mundo a creer, porque, como ya decía Santo Tomás, la fe potencia el conocimiento racional. A propósito de esto, aprovecho para decir que esta serie de blogs que empezó en 2013 tiene un punto fuerte en servir de ejemplo de esa afirmación del aquinate. Para el creyente se abre una progresión notabilísima en su capacidad de penetrar la realidad; hasta cotas insospechadas, pero es cuestión de fe. El mismo Santo Tomás, educado como élite de su tiempo, y autor eminentísimo y de perenne valor, avanzó en el saber más por su fe que por su razón, tanto, que al final de sus días, habiendo concebido ya una obra magnífica, decidió poner punto final a sus escritos por la excelsitud de las revelaciones de saber que estaba teniendo a través de la oración; y poco después se murió.
Esta semana publiqué un texto de hondo calado, que espero haya servido para ahuyentar a los ladrones de alegría que nos saquean a diario. Y, por supuesto, tiene una intrahistoria suculenta.
Cuando puse en marcha la Fundación para la Integración de Alumnos con Trabas Especiales ya estábamos inmersos en la transformación –el reset– antisocial que a la vuelta de un cuarto de siglo nos ha situado en un mundo irreconocible. Aquella iniciativa se me concedió de lo alto siendo yo un ingenuo; algo así como que Dios me revistió de angelito y me dejó en medio de este mundo descreído. Obviamente, a las primeras carcajadas ya empezó a írseme de la cara la sonrisa. Una vez que visité al antiguo director del colegio de mi hija, éste, muy serio, me dijo: «¿Quién está detrás de la Fundación Fíate? Fue entonces cuando colgué en fiate.es un montaje visual autobiográfico
Decía que ‘lo que hay detrás’ es a veces ‘increíble’; unas por ser de lo más normal, y otras por ser alucinante. Desde que empecé con este cuaderno de bitácora desistí de intentar hacerme entender por los no creyentes, al modo en que San Pablo decidiera un día no andarse con rodeos aunque eso le trajera persecución. Una decisión que iba acompañada del convencimiento de que las verdades últimas no pueden explicarse, y de que, en último término, es Dios quien puede abrir los corazones para que crean y entiendan; y también del convencimiento de que la Palabra de Dios tiene en sí la potencia para resonar en lo profundo del ser y llevar a las almas a Dios, haciendo esto mejor que el saber humano o la retórica.
Lo que digo en estas páginas, pues, se puede creer o no; a los que crean les aprovechará mucho y les llevará a mayor realización personal; a los que no, algo les aprovechará. Pero a unos y a otros les dará una referencia permanente… y esto ya es mucho en la actual onda expansiva de destrucción de todo lo que es sólido.
Un punto fuerte que tratábamos en la última entrada era el del ‘temor y temblor’ del Papa, que unos disimulaban cambiando temor por trepidación, y otros, directamente lo eliminaban del registro.

Sin duda, el párrafo más destacado en el artículo que comentamos es el que empieza así: «Como a lo tonto, estamos, sin duda, ante una coyuntura dramática para la humanidad: (…)» Y, a su lado, el que dice: «Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor, que están por encima incluso de la preservación de la vida física.» No obstante, gracias a Dios, los textos de esta semana contienen muchas y muy relevantes noticias y reflexiones; las cuales, por cierto, no son muy del agrado de quienes intentan someternos. Y aquí enlazamos con lo de la intrahistoria. Porque desde que publiqué esos textos no han dejado de ‘surgir ondas en el agua’.
Y también enlazamos aquí con lo de la fe, porque entre esas ondas, algunas aparecieron sin causa física; sí, por obra del que puede infundir vida donde no la hay, donde quiere, y cuando quiere; y puede revelar lo escondido a quien quiere y cómo quiere, tan sólo con que al hacedor de milagros encuentre fe.
De las ‘emanaciones’ que tienen causa física, pueden llegar a parecerse mucho a las que no la tienen. Porque la percepción del creyente, entrenada por su trato con la Luz a no confundir lo empañado con lo limpio, capta realidades que al ojo profano le pasan desapercibidas. Algo así como el viejo pescador que alcanza a ver peces a mucha profundidad.
Hace dos años, habiendo encontrado mi familia un poquito de estabilidad tras años tormentosos, me apunté en el Patronato Municipal a tenis y natación. Dos y dos sesiones semanales, a razón de siete personas por pista y siete por calle. En ésta, con tanta gente, es inevitable en ocasiones tropezar durante el ejercicio; y más si, como yo, habiéndome hecho sangre el primer día al chocar con la corchera, evito ir muy ceñido al margen.

Para mí la natación ha sido siempre una bendición, aunque hubo un momento en que fue crucial. En los primeros años del largo período que Dios usó para liberarme del proceder inútil heredado de mis padres y antepasados (1Pe, 1, 18) yo trabajaba de maestro en un pequeño pueblo asturiano, con jornada partida; estando a punto de pedir la jubilación por lo penoso de aquella tarea, la dirección pidió un profesor que acompañara al mediodía a los alumnos a la piscina, recién abierta; y eso me salvó la vida. Nadar te equilibra mejor que otras actividades físicas o mentales, y estando yo con pocas fuerzas, ese ejercicio a mediodía me revitalizaba para las clases de la tarde. Tan importante veía yo esta actividad, que me impliqué mucho, con gran esfuerzo, para que mis sobrinos pudieran empezar de niños en ella, y después lo mismo con mi hija. Cuando ahora, de jubilado, tuve la oportunidad de marcarme una rutina con natación y tenis (que también en su día me ayudó mucho, y me encanta) gocé enormemente.
Es verdad que somos muchos, y que esto resta calidad y fruto al esfuerzo (que además no es barato), pero aún así merece mucho la pena. Pero volviendo a lo de la ‘calle estrecha’, en mi caso, que veo mal sin gafas, y aún peor con las de piscina, siempre empañadas, que tengo una envergadura de 175 cm. tanto de apertura de brazos como de piernas mientras que el ancho de la calle es apenas de 153, que me implico a tope y tomo riesgos en los adelantamientos, y que, en fin, muy a menudo no vamos mirando de frente, con todo esto, digo, es inevitable entrar a veces en contacto.
Una mujer del grupo, ya el año pasado, me vino con cuentos raros sobre mi conducta en el agua, delante de otras, y, oliéndome a cuerno quemado, tomé nota y callé. La nota en cuestión, que releí este año, me decía que pusiera especial cuidado en no chocar con nadie, y me lo tomo tan a pecho que adapto los items de entrenamiento potencialmente conflictivos para neutralizar la amenaza. Porque de eso estamos hablando. El lunes de hace tres semanas se me acercó a solas la agente, a vueltas con lo mismo; y no le contesté. Luego la vi en corrillos, y ya el miércoles noté suspicacia en las mujeres y distanciamiento en la profesora. Ese día, yendo de espadas, rocé levemente con alguien, y la persona gritó. En ese momento entendí que corría peligro, y como quedaban cuatro clases para acabar el curso, las pasé en el dique seco.
¿Le puede extrañar a alguien que vengan a por mí? Si es así, es que no conoce el mundo en qué vivimos y de lo que son capaces algunas personas.
A día de hoy, se mata mucho, pero sin que lo parezca. «Ha muerto el párroco de San Nicolás de una pancreatitis» (Q.e.p.d.), pero, ¿quién nos asegura que no lo quitaron de en medio por ser católico?… Le hacen una prueba y sale un dianóstico grave; pero, ¿de dónde sale?; sale de un ‘ordenador’… ¿Acaso no nos mataban en los años treinta y no pasaba nada?
Tengo en contra de la cúpula curial española su trato con El País, pues cuando menos falta hace le dan materia para que nos hagan daño.
Hace cosa de un mes, la misa diaria empezó tarde, y el párroco anunció que en el Seminario se había muerto un alumno; se trataba de un suicidio y de un escándalo. Por aquellos días tenía yo en mente ir allí a dar un donativo, y fui. Una persona muy de la casa me dio detalles del asunto que incurrían en contradicciones flagrantes con las escasas versiones que se habían dado. Si me hubiera puesto a investigar, probablemente me hubiera encontrado con que era una noticia falsa sacada para dañar la imagen de nuestro Arzobispo. Pero no lo hice, porque la Prensa no volvió a hacerse eco del asunto.
Un hermano en la fe muy querido, que siempre se entera de todo lo que pasa en la Iglesia de Toledo, y con el que hablo a menudo, no me comentó nada de este asunto, lo cual es prueba concluyente de que no llegó a enterarse. A esta persona, por tener ese trato desde hace años conmigo, la han perseguido mucho, y últimamente está sufriendo como nunca porque, de pronto, después de más de treinta años, sus compañeros de trabajo le están haciendo el vacío y no entiende por qué.
Hoy mismo llevé mi coche al taller por un tema mecánico. Hay allí infiltrada una persona ‘colaboradora del régimen’ que en varias ocasiones me ha puesto en aprietos. Al mediodía me comunicó que ya estaba listo el vehículo, y quedé en pasarme a la tarde a recogerlo. Estaba yendo para allá a las seis y diez, cuando un imprevisto me hizo perder unos minutos. Llegué a las seis y cincuenta, y me encontré el coche a la puerta y ésta cerrada. Yo entonces, sin poder dar crédito, pregunté a una vecina:

Va para cinco años que nos mudamos de la calle del Recodo; ahora, en nuestro patio de vecinos viven unos cuantos policías, masones y empresarios corruptos. Uno de los elementos básicos de la persecución es que te sientas amenazado continuamente. Nos pasa en esta casa que, cuando arrecia la persecución, los vecinos de planta, una pareja octogenaria, se suman al acoso psicológico haciéndonos oír cómo cierran los cerrojos de su casa estando nosotros en el rellano, a cualquier hora, entrando o saliendo de casa (no sé cómo se enteran… aunque obviamente no nos vigilan por un agujerito en la pared). A este respecto, me consta que hay quien lee en los chats encriptados de WhatsApp como en un libro abierto…
Este servicio de mensajería gratuito nos sale muy caro. En sus registros están todas nuestras ‘entradas y salidas’, y el procesamiento de esos datos, vía IA, nos entrega atados de manos en las de sus dueños. Es un medio de vigilancia masiva apabullante y un agente de extorsión potentísimo, que hace estragos en la vida de las personas, especialmente en los más vulnerables.
Hace poco compré un móvil de segunda mano para mi esposa, pero en muy poco tiempo se lo robaron. Me fui entonces a una tienda y le compré uno nuevo, pero en el proceso me vi obligado a hacerles una reclamación formal.

Le dije a la dependienta que mentía en lo del consentimiento y le quitó importancia, a lo que le respondí que todo mal engendra mal.
La interacción social en las nuevas generaciones pasa por el intercambio de mensajes, que tienen un código extenso y complejo, cuyos significados son impenetrables para los padres en general. Ayer vino nuestra hija nerviosa diciéndole a su madre que cómo se había atrevido a sincronizar sus contactos de WhatsApp, y que, por favor, no volviera a enviar fotos privadas suyas a ninguno de ellos. Al parecer, alguien a quien nuestra hija tiene agregada pero con quien no se lleva, le había reenviado una foto procedente de «Mamá», donde aparece nuestra hija acompañada; y le pedía explicaciones.
Mi esposa no envió esa foto ni ninguna otra a extraños, entonces, ¿quién y por qué lo hizo? Nuestro temor es vernos metidos en un ciberlío, temor muy fundado, por cierto.
En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad (Gn 1, 1s). Ahora, tan avanzada como está la suplantación de Dios, reaparece el abismo inicial.
Muy a menudo es difícil interpretar los acontecimientos. Hace dos o tres meses recibimos del director del colegio de nuestra hija dos correos muy seguidos. En el segundo nos explicaba que por error había enviado a todos los padres un mensaje destinado a otra persona, y nos rogaba que no lo abriéramos. Y en nuestra casa así se hizo, sin más.
Sin mover, pues, un dedo por querer enterarme de lo que aquel mensaje decía, resultó que la semana pasada me saltó a los ojos una noticia de prensa que daba cuenta de aquel caso. El mensaje fallido iba dirigido, según este grande de la prensa, al Vaticano, y daba cuenta del proceder deshonesto de cierto monseñor, desvelándonos impúdicamente su identidad.
Como al resto de nuestra Iglesia, la noticia me consternó, y empecé a rezar. Y fruto de esa oración me enteré de que el Director había faltado a la verdad, acusando a este personaje público de un pecado que no había cometido, y lo había hecho, además, a sabiendas de que el hecho no era cierto.
Merece nuestra condena el proceder del Director, pero no su persona. Y también son reprobables sus intenciones, que merecen ser desveladas, pues no buscan el bien de la Iglesia. Hacen piña con este sacerdote muchos profesores del colegio, los cuales, esta semana de tan dramático signo para la historia, me han retirado o restringido el saludo. Y todo este grupo, y sus amigos, son los amigos del Papa.

Deja un comentario