DESILUSIONES

Pensábamos que el PP iba a sacar mayoría e iba a obligar a Sánchez a convocar elecciones, pero en vez de eso se ha fortalecido la izquierda en Andalucía. ¡Menuda decepción! Son ya tantas, y tan hirientes, que perdemos la moral. ¿Quién va a sacar a España del pozo en que está metida?
Bandas de violadores y criminales; los narcos campando a sus anchas; los virus otro tanto; la pobreza enseñándonos las fauces; los jóvenes sin futuro y sin salud… una lista interminable… ¡Qué depresión! ¿No se puede hacer nada?
Sí, se pueden poner altares a los dioses para tenerlos contentos, como hacían los romanos, lo cual, en versión moderna viene a ser: divinizar la naturaleza y a los animales; clasificar y reciclar la basura; dar culto a la ciencia; endiosar el deseo y los sentimientos; dedicar un tiempo a cosas espirituales; sacralizar a las minorías; satanizar la violencia machista; etc. etc. etc. Todo esto, que ya se está haciendo, pero más y mejor. Y así, poniendo todos de nuestra parte, se arreglarían los problemas… creo; bueno, mejor dicho, eso dicen.
Pero no; los romanos, que no eran tontos, al lado de esos mil altares también dedicaron uno «Al dios desconocido»; o sea, al verdadero Dios. Igual que hoy. Y cuando un tal Pablo de Tarso les dijo que ese dios desconocido era uno que había sido hombre y después de muerto había resucitado le dijeron ¡Ah, vale, cuéntanoslo otro día! Igual que hoy.


La solución está a nuestro alcance, pero la inercia de los corazones impide verla. Embotada la sensibilidad, los pensamientos se extravían y desbarran; y las personas se deslizan por la pendiente interminable de los vicios; la mirada se enturbia y negamos lo que es evidente. En esta situación queda como verdad la del que pueda levantar la voz más que el vecino. Y uno tras otro caen los derechos y los países.
Los de este siglo miran al pasado por encima del hombro, por efecto de una rampante ignorancia y de la subsiguiente proliferación de embaucadores. Pero unos y otros, listillos y pardillos, van en el mismo avión… aquél que llevaba a Redondo, Sánchez, un cura y un estudiante cuando el comandante avisó de que un motor no funcionaba y que era necesario que usaran sus paracaídas aunque por error sólo disponían de tres. Se levantó como un rayo el excelso asesor: -Perdonen, pero yo soy el hombre más listo del mundo y no puedo permitirme privar al mundo de mi talento… Y sin más, cogió uno de los bultos y se tiró. Detrás del ‘maestro’ hizo lo propio el alumno, alegando ser imprescindible para España. Y entonces intervino el cura ofreciendo su vida al joven, pero éste, partiéndose la caja, le dijo: -No, tranquilo, Sr. Cura, que el hombre más listo del mundo se tiró con mi mochila…
En plan de broma digo que estamos en manos de gente que patina y nos arrastran con ellos al abismo. Y también digo que esos sabios que llevan siglos intentando suplantar a Dios no tienen en realidad más que un poder muy débil: que el que gobierna la historia es el que está sentado a la derecha de Dios desde un día tal como el de hoy de hace dos mil años (o casi, pues «Ascendió» al cielo en el año 33 de nuestra era). Y remato diciendo que si todos creyeran esto, y obraran en consecuencia, todos los problemas se disolverían como un azucarillo en el café.
Pero como a la fe se opone el orgullo humano queda como solución que al menos los católicos vivamos de esa manera, como salvados, libres para hacer el bien, atados no más que al Dios vivo y verdadero. Y así, poco a poco, por nuestro ejemplo y predicación, también el mundo se salvaría.

En los setenta hubo un gran desarrollo económico, con abundancia de petróleo en Occidente; una década más tarde se le vieron las orejas al lobo, y empezó otra historia, menos halagüeña. La cosa iba de hacer cambios… Conviene traer a la memoria que la España de los ochenta ya no se parecía en nada a la de los años treinta; millones de familias, trabajando duro y ahorrando para dar estudios a sus hijos, habían levantado y respaldaban una economía vigorosa; pero entonces vinieron unos señores con los bolsillos rebosando euros, y los listillos nacionales les rindieron honores, resultando a la postre que aquellos ricachones eran tan chorizos como los de casa (o más); y a día de hoy los magnates se nos han subido a la chepa y nos chupan la sangre.

Los cambios que empezaron en los ochenta terminaron por ser un mal atajo. En vista de la enorme dificultad de mantener la sociedad del bienestar, los listillos del mundo optaron por trolear a la gente corriente. Y en esas estamos. En vez de aplicarse con virtudes y talento a encontrar soluciones al problema del crecimiento económico sostenido, estos cerebros maleados decidieron que era más fácil dominar a las masas que favorecer su desarrollo; hacerles creer que el progreso continuaba, al tiempo que se les sometía a la insignificancia; convencerles de que vivían bien cuando carecían hasta de lo más necesario (sobre todo en el plano del espíritu, aunque en el del cuerpo vamos por el mismo camino). En fin, tiraron por la calle del medio, en una decisión temeraria, pues supone aquello de «engañar a todos todo el tiempo». Y, !ojo con esto!, pues trae consigo una represión muy violenta, aunque encubierta, pues de que no se hable del fraude depende la consumación de la siniestra Agenda.

Juegan un papel crucial en este experimento de manipulación los medios, con el móvil como buque insignia. En la ruta de esta desquiciada agenda está el suprimir a todo ciudadano improductivo; me decía hace poco el párroco de mi barrio de Oviedo que habían muerto en el covid muchísimos vecinos de los que, como mis padres, llegaron con sus hijos a vivir allí en los ochenta. Está claro: ancianos, no-nacidos, enfermos, marginados, gente honesta… ¡fuera! Y al resto, el pan y circo moderno: vicios a tutiplén. Los asuntos públicos quedan reservados a la casta política -esclavos de alto nivel. Y si alguien protesta se le machaca finamente con la calumnia y se le aplica la ejecución mediática.

Lo de Andalucía fue de la siguiente manera. Para machacar los ánimos del respetable, y dominarle a placer, era conveniente, por enésima vez, enardecer sus ánimos con la ansiada derrota clamorosa del tirano corrupto, a fin de que, también por enésima vez, haciendo fracasar de nuevo esa intentona de derribo, el que rodara por los suelos fuera el ánimo de la población.
Para este fin, sólo se hablaba de la mayoría absoluta de Moreno, y nada se decía de esa nueva izquierda (sacada de la chistera para la ocasión) cuya presencia, instrumentada por el PSOE, y con un PP mermado, vuelven a ponernos donde estábamos al principio, esto es, en el desamparo más absoluto. A media tarde del domingo electoral leí que el cierre de colegios iba a ser tres cuartos de hora más tarde de lo habitual, por no sé qué peregrina razón (la verdadera, casi seguro, para trampear el resultado de un modo aceptable). Puse un momento la uno a las diez y cuarto, y la locutora que daba los resultados empleaba un tono de funeral que cuadraba perfectamente con la estrategia de desanimar al personal (amén de reflejar el ánimo temeroso de quien sabe que está formando parte de un gran fraude). Era el típico tono del que tiene que anunciar una desgracia ajena: afectado, mortecino, sin vida…

Pero la vida no nos la va a dar ningún partido político; cuando venga el cambio de líder no notaremos ninguna mejoría en nuestra vida, porque todos son siervos del mismo amo, y nosotros el rebaño que hay que controlar y meter en el redil. Nuestra libertad y mejora viene y vendrá sólo de Dios. Él es capaz de transformar nuestra renqueante existencia en una aventura gozosa. Él vive, nos ama y nos lleva a plenitud; y ninguna aflicción ni accidente están por encima de Él… Porque después de bajar a lo más bajo, subió a lo más alto, llevando cautivos (a los que le niegan) y dando de lo suyo a los hombres, que son ya parte de Dios… con tal de que quieran creerlo.


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