Acerca de la cuestión filosófica de la verdadera realidad, es famoso el argumento de que si le muestras a alguien un cono puede verlo como un círculo o como un triángulo en función del punto de vista, lo cual no implica que el objeto en sí sea distinto. Algo parecido es lo que ocurre cada vez más a menudo con la información que nos llega a través de los medios de comunicación.
Ayer asistí con mi esposa a la final individual femenina del torneo de tenis Master 1000 de Madrid. Hubiéramos preferido ver la masculina, pero si para la final del sábado nos costó cada entrada (en la fila más alta del estadio) ciento ochenta euros, para la del domingo se multiplicaba por tres el precio. Los días previos habíamos seguido por televisión los avatares de la competición, y estábamos pues ambientados.
Justo antes de que el torneo diera comienzo nos cayó el jarro de agua fría de la baja súbita de Carlitos, una lesión que nos privaría de disfrutar de su alegre juego no sólo en casa, sino también en Roma, ¡y en París!
¿Hay algo detrás de este incidente? Porque se trata del Número Uno del mundo, y casualmente español.

Al retirarse Carlos Alcaraz se originó un vacío en el firmamento español de los diosecillos, en un momento inoportuno del panycirco español. «¡Qué raro!», pensamos algunos. Pero la perplejidad no nos duró nada, pues apenas se nos notificó la muerte del rey, otro subió a ocupar su trono, y además de nombre «Rafa». «¡Vaya!, pensamos los que pensamos así, ¡qué oportuno!
Aclaro el contexto: el descontento social es generalizado; la repugnancia por la corrupción, también; y la añoranza de un mínimo de veracidad y honradez, cada vez más acusada. Crecen en la misma proporción el sentimiento de estar amenazado, la desconfianza y el miedo; tanto en relación con los jefes y las autoridades, como hacia el prójimo en general.
En esta coyuntura, buscando una salida, adoptan muchos una actitud buenista, prefiriendo llamar blanco a lo negro. Pero, y aquí enlazamos con el principio, la cuestión no es cómo yo veo la realidad sino cómo es en sí. Porque si lo que pasa es que gente sin principios nos gobierna, nos espera lo peor.
Rafael Jódar, tenista desde enero, el más novato, pues, de la ATP, jugó su primer partido de este Open estrechamente unido a su padre. En un box esquinado con capacidad para seis personas, estaba el Sr. Jódar (Sr.) solo, pero tal parecía que estuviese habitado por una legión de diablillos que le clavasen sus tridentes por todos los músculos de la cara (me recordó al Papa León XIV al saludarnos por primera vez)… Curiosamente, otro espectador de aquel partido también tenía una contracción en la cara, aunque ésta, a fuerza de contrariarla, se le había fijado, y, por la guerra que le hacían los músculos de alrededor, al ojo izquierdo no le había quedado más remedio que retraerse al fondo de la cuenca, y así se le podía ver, si uno ponía atención, detrás de las gruesas gafas. Yo si que me fijé bien en el personaje, porque se trataba nada menos que del Presidente de la Federación Española de Tenis.
En el debut de Rafa en Madrid ya se notó mucho que los medios trabajaban ‘en él’ para levantar a un ídolo. Tal vez el padre de Rafael lo supiera y estuviera desasosegado; no sería raro. Yo observaba todo con ese filtro, y algunos lances del partido cobraron para mí un relieve especial. Es triste ser comentarista de miserias, pero aún lo es más ser testigo de un desastre y no haber hecho nada por evitarlo. Por otro lado, ningún adulto debería extrañarse de que gente sin escrúpulos intente aprovecharse de los demás; y siendo que el ambiente general es blando con el delito, tampoco debería escandalizarnos que recurriesen a él quienes, pudiendo, no lo combaten.
Recientemente salió en prensa el caso del tenista Nikolas Sánchez, que en febrero denunció amenazas por parte de la mafia del juego, en Argentina, para obligarle a dejarse ganar. Si hay quien hace esto por un poco de dinero, ¿cómo no va a haber quien lo haga por una ambición de poder que alcanza al mundo entero? Insisto en que esto es lo que está en juego, el ser esclavos o libres, los derechos civiles alcanzados a precio de sangre (la de Cristo en primer lugar) durante dos milenios.
Respecto a esos lances de tipo técnico, empiezo por decir que el nivel de este Open me ha parecido muy mejorable. El tenis de Jódar promete mucho, pero haber llegado a cuartos de final de un Masters 1000 con su rodaje me parece poco ajustado al nivel de juego que ha exhibido. Porque un tenista no son sólo los golpes que a veces puede ejecutar, sino muchas más cosas que tienen mucho que ver con una madurez que no se improvisa. Porque si bien es cierto que hay talentos excepcionales, no son tan frecuentes. A este respecto he visto en sus partidos muchos errores no forzados en sus rivales -bolas largas, contra la red, con la caña, etc.- que finalmente han inclinado la balanza a favor del de Leganés.
Don Miguel Díaz Román se dirigió varias veces a las cámaras a lo largo del torneo; y desde el primer partido disputado por Jódar no dejó de hablar de ‘la ilusión’ que nos traía su juego.
Andamos escasos de ilusiones en estos tiempos malos para la lírica, ciertamente. Por eso los ilusionistas tienen un momento dulce en sus carreras. Los hay de distintos tipos y pelajes; pero están sobre todo cotizados los que engatusan al público mediante camelos mediáticos. Los creadores de epidemias, guerras o desastres naturales son la élite; pero luego está una legión de creadores que cubren huecos, o coyunturas especialmente útiles para la Agenda.
España está en estos momentos agitada por la prolongada devastación que sufre. No hay sector -excepto el de los muy ricos- que esté satisfecho. Nos aprietan por todos lados… Y seguirán haciéndolo, porque, como, mal que les pese a nuestros opresores, sigue creciendo el pueblo merced al fermento católico, la amenaza que supone para el conjunto del plan 2030 es intolerable. Así que con guerras inventadas que ni nos van ni nos vienen, con chorizos de guante blanco, o con adormideras mediáticas, nuestro patrimonio material y moral seguirá siendo atacado sin piedad.
En el caso que nos ocupa, la lesión de Alcaraz puede muy bien ser una imposición de un diagnosticador al servicio de la Agenda; lo que desde luego no es prudente es darla por real. Por otro lado, cuarenta días de reposo para una tendinitis que merma al meñique del Número Uno del mundo parece excesivo.
A estas alturas, con los fraudes vistos, no me cabe duda de que la razón por la que muchos deportistas se deprimen está más en la corrupción que rodea al deporte como espectáculo que en las exigencias específicas de la práctica deportiva de élite.
En la jornada de ayer se disputó también la final de dobles masculina. Llovía y la pista Santana tenía la capota echada. La pista tiene doce mil asientos, por lo que impresiona bastante. Bajo esa impresión tardé algún tiempo en ir dándome cuenta de qué era lo que me provocaba la sensación de extrañeza que tenía desde el principio.
La gente ya no mueve la cabeza de un lado a otro, porque hay tanta distancia desde la cancha hasta las butacas que basta con mover un poco los ojos para seguir la bola. Y cuando no se juega, la megafonía te transporta a un espectáculo al aire libre imposible de cubrir con buen sonido: un nivel de decibelios más propio de Woodstock que de una cancha donde ves a los jugadores a cincuenta metros de distancia, y un eco tan brutal que te induce a no escuchar y a ‘situarte’ en un megaevento con su riguroso fragor acústico. Una vez que empieza el juego, cada vez que la pelota se va la canta mala un grito activado por cámaras, a una velocidad y a una potencia exageradas: ¡’Out’, ‘Fault’, ‘Foot Fault’… Incluso la voz del Juez de Silla suena estridente. Y terminado el juego irrumpe la música, superando la barrera del sonido… El brusco subidón de ruido te aturde, te marea, y te ensimisma en tu móvil… Por supuesto, terminado el partido son pocos los que permanecen en su asiento esperando a que empiece el siguiente, porque no hay quien lo aguante; y baja todo el mundo a la zona comercial…
¡Qué bien! ¡Voy a ver una final de las grandes! ¡Lo que nunca hice y siempre quise hacer! ¡Peroo… nooo… esto no es!
¿Dónde está el tenis elevado que se celebraba como un evento serio, elegante, de alto rendimiento en inteligencia, virtudes y deportividad? ¿Dónde aquel espacio público excelente, rebosante de admiración, respeto y bien estar?
Como todo, siguiendo el itinerario trazado por los ingenieros de la Agenda, a esta distinguida actividad humana se le ha dado el cambiazo, un giro de ciento ochenta grados. Lo han vuelto un espectáculo bajo, de pura potencia animal.
Si a algún jugador se le ocurre protestar, se puede despedir del circuito. Todo está medido. No hay exhibición de genio humano sino ejecución maquinal de planes… Y como todo está medido se puede perfectamente obtener un resultado previamente diseñado.
Viendo la final de dobles me sobresaltó el conteo; y al consultar internet me enteré de que justo ese día se iba a probar una nueva forma de jugar finales. Seguirían siendo a tres sets, pero si los dos primeros se repartían se iría a un tie-break de diez puntos. Además, se suprimirían las ventajas, y de los deuce se pasaría al juego directamente. Esto último fue lo que me sobresaltó y me movió a consultar el móvil. Curiosamente, después de haberlo visto en dobles, no se aplicó en la final individual femenina.
El cambio de reglas introducido está en línea con el cambio social que denunciamos. Sirve al triple propósito de suprimir ‘el arte’ del tenis, de acortar el espectáculo para que la gente gaste más dinero, y de manipular más fácilmente el resultado.
Imaginemos que España necesita que le levanten la moral. Los expertos idean un éxito mundial en, digamos, tenis. Por ahora está verde crearlo virtualmente, aunque se anda cerca; y hay que fabricarlo comprando voluntades o directamente forzándolas. En una final a cinco sets, que puede alargarse fácilmente hasta cuatro horas, es muy difícil implicar a un jugador para que simule convincentemente un resultado en contra. En cambio, tal y como se ha visto en este torneo madrileño, cualquier jugador del top 100 le podría arrancar un set a uno de los grandes sin que despertase sospechas. Y ahí está el truco, y la razón del empobrecimiento calculado de este noble deporte. Un Jódar le gana un set a un número 3 ó 4 ó 5, y se van los dos al tie-break. Y aquí sí que cabe cualquier resultado… y se puede utilizar para fabricar nuevos ídolos que sirvan al fin de manipular a una masa cada vez más oprimida y embotada.
¿No está este deporte animalizándose?, le pregunté a la IA en uno de esos momentos de la jornada propicios para el aislamiento. ‘Muchas personas piensan como usted…’ me respondió educadamente, y no sé cómo, me remitió a la histórica final del Mutua de 2005, entre el croata Ljuvicic y Nadal, disputada a cinco sets, y en la que, con dos sets en contra y un adversario demoledor -sacando a 235 km/h- el genial mallorquín, con el apoyo del público, remontó el partido y lo ganó.
¡Y ahora se va disputar a dos sets! ¡Atención! ¡Se prohíbe ser humano! Congeniar, empatizar, simpatizar, animar, consolar… está prohibido. Pero enfadar, desconfiar, abuchear, y arrojar basura al campo está permitido… Y fomentado.
La final femenina nos puso ante otro escenario. Mirra Andréyeva, rusa, y Marta Kostyuk, ucraniana, en liza. Aquí sí que hubo una buena entrada, aunque era puente en Madrid.
Aunque en nuestra rutina ocupa muy poco espacio lo que ocurre a miles de kilómetros de nosotros, quien más quien menos todo el mundo ha oído hablar de que hay una guerra, ya larga, entre los países de las contendientes en este partido.
Mientras comíamos el bocadillo se acercó una chica a ofrecernos sendos carteles para animar a una de las jugadoras, y gentilmente declinamos el ofrecimiento aludiendo a nuestro interés por la otra. Insinuó entonces mandarnos a su compañera, pero insistimos en nuestro desinterés y nos dejó.
Empezado el partido, poco brillante y poco emocionante, se levantaban voces aquí y allí, acá y acullá, pronunciando uno de los dos nombres: Mirraa… Martaa… Y cada vez que el público empezaba a callarse de nuevo, tras un tanto, volvían: ¡Mirraa…! ¡Martaa…! Y, ¡graciass…!, zanjaba el Juez de Silla. En el silencio del juego, mientras se preparaban para sacar, una gran cantidad de personas quebraban el aire con molestas toses secas. Lacras modernas, tóxicas alergias… pero síntomas desagradables de la degradación de las costumbres y de la cultura.
Había dos chicos delante de nosotros, como de dieciséis años; en un momento que tuve que bajar al baño, coincidí con uno de ellos en la puerta de la grada esperando a que terminara el juego para volver a entrar; y el chico me preguntó: «Usted, ¿con quién está?
Era un crío, pero era consciente de que allí ‘había que estar con alguien’. ¿Quién le metió esa idea en la cabeza? ¿A quien le interesa mucho que nos posicionemos contra quien sea menos contra quien deberíamos hacerlo? Pues a los mismos que -recurriendo al crowd-funding de la traición- distribuyen agitadores entre el público para apuntalar la mentira de una guerra, y para introducir una mentalidad de enfrentamiento que llene con odio el vacío de amor, la ocultación de Dios, que procuran por todos los medios.
Al chiquito que me preguntó le dije: ‘No te lo digo ahora, lo sabrás más tarde’. Y, en efecto, poco después, el partido estaba tocando a su fin. La ganadora estaba cantada, era la que convenía al sainete de Puti-nsky. Yo esperaba ansioso ese momento final; el partido iba 6-3 y 6-5 a favor de la ucraniana, y cuarenta a nada para ella sacando. Se preparó, lanzó la bola al alto, y justo en ese momento grité con todas mis fuerzas: ¡VAAMOOSS MIIRTAA! Tenía el brazo armado para disparar, pero dejó caer la bola… el Juez ordenó silencio. Después falló dos bolas de partido… ¿Una joven actriz desconcertada? Tal vez. Le di un toque al chico: ¿Has entendido? Con una amplia sonrisa me dijo que sí, y me tendió la mano para qie se la chocara. Mereció la pena mi esfuerzo.
Cuando nos disponíamos a salir, vimos que habían colocado a un guardia de seguridad al lado nuestro, cuadrado como un verdugo… con cara de malo. Ellos son así; siempre arrogantes; acumulan riquezas.

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