En esta radiante mañana de Pascua florida, os saludo afectuosamente: Paz a vosotros; paz y bien. Os saludo de todo corazón, convencido de que lo que os deseo está a vuestro alcance. Porque si bien hubo un tiempo en que sólo se podía creer en la posibilidad de la paz real de un modo incierto, hoy, tras el acontecimiento de la Resurrección de uno de los nuestros, podemos acceder totalmente a ese bien supremo de la tranquilidad del corazón, fuente de todo bien.
Mediante la resurrección de Jesucristo, nuestro Creador restableció el paso al paraíso que nos había sido cerrado por la primera transgresión de nuestra raza. Quien lo desee puede ya dirigirse -regresar- al jardín del Edén. Y esto es algo grandioso. Algo digno de ser celebrado; y por eso los cristianos decimos alegres: ¡Feliz Pascua de Resurrección! Y, si queremos ser más explícitos y efusivos, podemos decir, como los orientales: -«¡Cristo ha resucitado!», y responder: -«¡Verdaderamente, ha resucitado!
Si aceptamos la invitación a ‘redirigir’ nuestros pasos (a convertirnos) hacia el hogar feliz que un día abandonaron nuestros padres, la llama de una vela se encenderá en nuestro corazón, y permanecerá viva hasta que el propio Dios nos alumbre con su claridad sin sombras. Esa velita es una bella metáfora de cómo transcurre la vida para el creyente.
Con la promesa que recibimos al bautizarnos, de heredar un día el Reino de Dios, salimos al camino recreados, habiendo dejado en la pila bautismal la vida de pecado, y con la esperanza rehabilitada por la fe, para lanzarnos a vivir una vida nueva en el amor.
Pero entonces sucede que, una vez en el mundo, empezamos a experimentar los dolores propios de nuestra naturaleza herida y caduca, y pronto nos surge una punzante pregunta: ‘¿No será todo esto un cuento? ¿No se nos había dicho que éramos hijos y herederos de Dios, y que todo lo suyo era nuestro, y que llegaríamos a ser como Él? Entonces ¿por qué tengo yo esta congoja, y me parece la vida tan insoportable?… Me han dado una vela para que no tropiece, pero ¿de qué me sirve esta miserable luz si no veo con ella más que un palmo de toda esa gran herencia que se me ha prometido?’
Pero la metáfora completa es, sin embargo, esperanzadora: «Sí, eres el heredero, ciertamente, y habitas ya en la mansión que vas a heredar. Quisieras verla toda de una vez, para animarte así a perseverar en la virtud hasta alcanzar la plena posesión de ella… y no puedes, y te llenas de tristeza pensando que podrías haber sido estafado.» Pues, ¡nada de eso!; la vela te permitirá hoy conocer un pedacito de tu palacio; y mañana, otro; y, si perseveras en la fe, llegarás a conocerlo completamente, en toda su belleza, a su debido tiempo, aunque más pronto que tarde.
No hace falta decir que hay una gran diferencia entre estar a oscuras y estar iluminado por un candil. Cuando éste se enciende en la oscuridad -al dar nuestro «Sí a Dios»- experimentamos en nuestro interior el renacer de la esperanza, la vuelta a la vida, aún cuando sólo podamos disfrutar de ese don de manera incompleta.
Nuestra esperanza, sin embargo, sería vana y nosotros los más desdichados de todos los hombres, si Jesucristo, verdaderamente, no hubiera resucitado. En ese caso no podríamos ver ni entender nada, porque la luz que creemos tener no sería tal; y andaríamos a ciegas, como el resto de la humanidad. Esta objeción ya la planteó San Pablo hace dos mil años, y ya entonces la respondió con rotundidad: «…pero, ¡no!, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos…» Y la confirmación de esta verdad que proclama San Pablo la aporta el incontable ejército de mártires -hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos- que en todo tiempo y lugar han venido dando testimonio de Jesucristo vivo, incluso con su vida.
Mártir, es decir, testigo, es todo aquel que vive la vida nueva que trajo al mundo el Resucitado. Él está presente en medio de los creyentes, alentándolos en sus luchas, llevando sus cruces, lo cual explica que tiernas criaturas, de unos pocos años de vida, hayan podido turbar con su arrojo a crueles tiranos, desafiando sus tormentos. Y lo que explica también que, en cada amanecer, millones de personas sencillas, afligidas por las injusticias de un mundo enfermo, se levanten un dìa más de su sufrimiento, con virilidad admirable, a enfrentar su dolorosa existencia. Y entre ellos estamos muchos de nosotros, que soportamos esas cruces selectivas que nos atraviesan como espadas por haber elegido vivir de espaldas al pecado.
Mi abuela paterna, mujer caritativa, fue llevada por la envidia vecinal a prisión -¡cinco años!- al terminar la contienda civil, dejando nueve criaturas en casa, la menor de ocho años y el mayor de veintitrés, mi padre. Es silenciosa la guerra que libramos los hijos de Dios, pero intensa. Y aunque en nuestros días no corra la sangre, y el corazón no sufra grandes desgarros, lo sentimos romperse a diario, con las punzadas silentes de muchas ofensas encubiertas.
La categoría básica del cristiano, aquello que le identifica por encima de todo, es el ser testigo de la verdad del amor. Esto fue lo que causó que, en medio de muchos padecimientos, las primeras comunidades cristianas fueran fermento de la cristiandad y del esplendor que trajo y que ha llegado hasta hoy. Y quienes se empeñan en negar esto, niegan la historia, y, lo que es más grave, niegan la luz de la verdad, la acción fecunda del espíritu de vida de los pueblos que abrazaron la fe.
Por eso, la confusión del tiempo presente no lo es tanto para quienes siguen fieles a ese Espíritu. Y por eso estamos los creyentes más obligados que nunca a ser testigos del Evangelio de la vida.
Apremiados por ese amante perfecto -Jesucristo- a dar noticia suya al mundo, fortalecidos por el pan de vida que Él nos da, asaltamos las murallas del odio; y las heridas de ese combate, junto a los consuelos que les siguen, dan lugar a un torrente que calma la sed de nuestras almas; y fecunda la historia.
Hablamos de dar testimonio, y este blog quiere ser eso, una crónica de una vida en Cristo. Aún cuando siempre latió en mí el deseo de escribir, sólo pude hacerlo a partir de mi encuentro con Jesucristo. Él abrió mis labios para la alabanza; abrió en mí una fuente que salta hasta la vida eterna. Yo tan sólo hice una cosa: creer en Él. Él lo es todo, y llegará a serlo todo en todos, cuando la muerte sea por fin sometida. Puedo escribir tranquilo -a pesar de la cruz de la persecución- porque no soy yo sino Él viviendo en mí quien escribe. Tengo algo que decir porque creo en Él –creí, por eso hablé (2Cor 4, 12)- y sé usar el lenguaje para expresarlo. En mi humilde historia se puede ver operante el error del hombre que vive como si Dios no existiera, y me explico. A los tres años y pico de empezar mi carrera docente sufrí la dolorosa pérdida de mi padre, y enfermé. Yo tenía entonces veintisiete años, y un total desconocimiento de la verdad. El sufrimiento fue el camino que Dios abrió ante mí para devolverme ‘la vista’. Durante veinte años luché contra mi enfermedad con las armas que, providentemente, Dios me iba dando, que se resumen en los apoyos de la medicina, los vínculos afectivos, la tradición (cultura-Estado), y la fe; y todos ellos sobre la base de la humildad, o sea, de la aceptación de mi estado menesteroso. Tras veinte años de tratamiento, y esos mismos de formación personal cristiana, llegué a ver lo bastante claro como para proseguir mi camino sin ‘apoyos’. Alcancé la ‘homeostasis’, el equilibrio psíquico; tenía una familia, un trabajo y una vida socio-afectiva satisfactorios. Los índices de que esto era así estaban a la vista de todos, así que nadie podría negarlos sin mentir. Tanto era así que, en varias ocasiones, me vi obligado a encararme con hermanos en la fe por negarme el saludo sin que hubieran intentado corregirme de alguna supuesta falta mía. Y si esto sucedió con creyentes, lo de los que niegan a Dios fue ya la bomba. Ejercí de maestro desde los veintitrés años hasta tres semanas antes de cumplir los sesenta. Esos veintiún días que me faltaron fueron para sonrojo de los enemigos de Dios.
Éstos, dándose cuenta de que un proscrito de nuestros tiempos -un esquizofrénico- había roto el cerco que se le había impuesto ‘al debutar su lepra’, creyeron que lo más inteligente era poner por escrito que de ningún modo esa persona estaba sana… Y, a falta de tres semanas para obtener la jubilación por la edad, me la impusieron por incapacidad para el servicio. La necedad de esta resolución queda patente en el hecho de que yo había ejercido treinta y siete años mi profesión, tiempo más que suficiente para haberme mandado a casa, si es que verdaderamente mi incapacidad existía y permanecía operante en mi persona desde aquel temprano diagnóstico de mi juventud. Lo que pone de manifiesto este patinazo de la administración es, por una parte, su voluntad de negarle a Dios cualquier protagonismo, y, por otra, el extravío de la razón y el ridículo a que conduce semejante desatino. Y es que, aunque los sesudos asesores prepararon un relato (digno de Poe) para encubrir su fechoría, la realidad es tozuda y supera a los relatos, y a mí me jubilaron por una patología que no me impidió ir a trabajar ni un solo día ¡en treinta años! Con todo esto se pone de relieve también la involución latente en que está inmersa la cultura, deslizándose al oscurantismo anterior al logos.
El recurso al miedo con el que nos gobiernan ya hubiera fracasado si no lo hubieran acompañado de mamporros reales; y esto hace falta decirlo claramente. ¡Basta de relatos cutres y cansinos!, llamemos al pan pan y al vino vino: nos atornillan para esclavizarnos. Y el que se deja enredar en discusiones de guerras y líos mediáticos pierde el tiempo y la razón, y, finalmente, la libertad. Porque el relato que da la medida definitiva de las cosas no lo han elaborado ni la intelectualidad (Ars longa, vita brevis) ni la política (que por el egoísmo adultera el saber), sino Dios. Y a Éste nadie lo conoce sino Jesús y aquél a quien Jesús se lo quiera revelar (Mt 11, 27). Yendo pues a Jesús para conocer la verdad (no para que nos dé de comer), si le preguntamos cuáles son las obras por las que ganaremos el cielo nos dirá que es sólo una: creer en Él. En esto está la salvación, el camino seguro, el progreso: en dejar que Dios reine en nuestras vidas, transformándolas según su gran poder. Esta es la tarea más urgente que tenemos hoy los católicos: Creer en Jesucristo; y anunciarlo al mundo. Porque hay muchos diciendo que hay que hacer esto y lo otro; que la Iglesia necesita este cambio y el otro; pero se olvidan de que lo único importante y decisivo es ‘vivir la vida con Cristo vivo’, y todo lo demás se nos dará por añadidura. Para esto, para vivir con Cristo, lo razonable es que le conozcamos, que iniciemos un camino en su compañía, donde será nuestro corazón, ardiendo por su Palabra, el que nos dejará claro que es Él, y no un falso pastor, el que nos guía y apacienta.
Si hacen falta ejemplos de civismo para los jóvenes, pónganse ante ellos las vidas de los santos, de aquellos que se fiaron de Dios (y los hay para todas las sensibilidades). Porque hacer la vista gorda ante esas vidas excelsas es despreciar el progreso; porque hay, ciertamente, una ley por descubrir que ordena el universo y lo lleva hacia su meta, pero no se aprehende a base de codos, suprimiendo la fuerza que nace de la comunión con el Dios bueno, omnipotente y omnisciente.
La avidez con que buscamos las aguas vivas que calmen la inquietud de nuestras almas explica, más allá de lo que podemos entender, todo nuestro comportamiento. Explica nuestras relaciones afectivas, nuestros proyectos de vida, y, por supuesto, nuestra acción política.
En un tremendo relato que compartí hace poco, se describía poéticamente el momento del despertar en un campo de concentración. La poesía, como plata fundida, unía en una sola las almas de lectores y presos, traspasándola con las mismas heridas:

Traigo a colación estos versos porque expresan claramente el anhelo de vida que late en todo ser humano. La nostalgia de que habla es siempre nostalgia de Dios; porque a Dios es a quien busca, de un modo u otro, el alma humana. Y los dolores que a diario nos afligen son los que experimenta el alma al ser empujada lejos de Dios.
Eso es lo que consigue toda acción malvada, apartarnos de Dios; del mismo modo que una caricia nos hace sentir su cercanía, un acto de odio daña las fibras que nos unen a Dios; nos empuja, en fin, a la desesperación, el dolor y la nostalgia… Pero en lo más bajo de la existencia humana, en el fondo de ese pozo amenazador, vive alguien; en el dolor más hondo está Jesucristo, para curar con su cuerpo y su sangre todas nuestras heridas. Con su sacrificio en la cruz ha derrocado a la muerte, que nos tenía encerrados -por nuestro miedo invencible a morir- en sus tenebrosas cárceles, para que todo el que crea en Él, reciba el perdón de sus pecados y, con el perdón, la esperanza y el amor. Él es el verdadero pan de vida, el alimento de salvación, y la bebida de júbilo, que nos sana el corazón y nos devuelve la alegría.
Discurso del Papa Benedicto XVI en Auschwitz-Birkenau (28-5-2006)
«Tomar la palabra en este lugar de horror, en este lugar donde se cometieron crímenes sin precedentes contra Dios y contra el hombre, es casi imposible. Y es particularmente difícil y perturbador para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este, las palabras fallan; al final, solo puede haber un silencio pavoroso, un silencio que es en sí mismo un grito sincero a Dios: ¿Por qué, Señor, permaneciste en silencio? ¿Cómo pudiste tolerar todo esto? En este silencio, entonces, inclinamos la cabeza ante la interminable fila de quienes sufrieron y fueron ejecutados aquí; sin embargo, nuestro silencio se convierte a su vez en una súplica de perdón y reconciliación, un grito al Dios vivo para que nunca más permita que esto suceda.
Hace veintisiete años, el 7 de junio de 1979, el Papa Juan Pablo II estuvo aquí. Él dijo: ‘No podía dejar de venir aquí como Papa. No podía dejar de venir aquí’. Juan Pablo II vino aquí como un hijo del pueblo polaco. Yo vengo hoy aquí como un hijo del pueblo alemán. Por esta misma razón, yo también debo decir: no podía dejar de venir aquí. Tenía que venir. Era un deber ante la verdad y los derechos de todos los que sufrieron, un deber ante Dios, que yo viniera aquí como sucesor del Papa Juan Pablo II y como hijo del pueblo alemán; un hijo de aquel pueblo sobre el cual un círculo de criminales se alzó con el poder mediante falsas promesas de grandeza futura y la recuperación del honor, la prominencia y la prosperidad de la nación, pero también a través del terror y la intimidación, con el resultado de que nuestro pueblo fue usado y abusado como un instrumento de su manía de destrucción y poder.
Sí, no podía dejar de venir aquí. El 9 de noviembre de 1938, con la quema de las sinagogas, la destrucción de las propiedades de los judíos, la humillación y el terror, el camino hacia Auschwitz ya estaba trazado. Y el 1 de septiembre de 1939 el camino se abrió mediante la invasión de Polonia. ¡Cuántas preguntas nos asaltan en este lugar! Constantemente surge la pregunta: ¿Dónde estaba Dios en aquellos días? ¿Por qué permaneció en silencio? ¿Cómo pudo permitir esta matanza interminable, este triunfo del mal? Nos vienen a la mente las palabras del Salmo 44, la queja del Israel sufriente: ‘… Nos has quebrantado en el lugar de los chacales, y nos has cubierto con densas tinieblas… ¡Levántate, ven en nuestra ayuda! ¡Redímenos por tu amor y fidelidad!’ (Sal 44, 20. 27).
Este grito de angustia, que el Israel sufriente eleva a Dios en tiempos de profunda angustia, es al mismo tiempo el grito de auxilio que elevan todos aquellos que en todas las épocas —ayer, hoy y mañana— sufren por el amor de Dios, por el amor a la verdad y al bien. ¡Y cuántos hay, incluso en nuestros días!
No podemos escudriñar el secreto de Dios. Solo vemos de manera fragmentaria, y nos equivocamos al erigirnos en jueces de Dios y de la historia. En ese caso no estaríamos defendiendo al hombre, sino que buscaríamos la manera de destruirlo. No; en el fondo, nuestro grito debe dirigirse a Dios mismo, para clamarle en la hora de la suprema oscuridad: ‘¡Despierta! ¿Por qué duermes, Señor? ¡No nos rechaces para siempre!’ (Sal 44, 24).
Clamamos a Dios para que mueva a los hombres al arrepentimiento y para que reconozcan que la violencia no crea la paz, sino que solo engendra más violencia; un círculo de destrucción en el que, al final, todos solo pueden resultar perdedores. El Dios en quien creemos es un Dios de la razón; una razón, ciertamente, que no es una geometría neutral del universo, sino que es una con el amor, con el bien. Oramos a Dios y clamamos a los hombres para que esta razón, la razón del amor y el reconocimiento del poder de la reconciliación y la paz, prevalezca sobre las amenazas de la irracionalidad o de una razón falsa y presunta, desprendida de Dios.
El lugar donde estamos es un lugar de memoria, es la Shoah. El pasado nunca es simplemente el pasado. Nos involucra y nos muestra los caminos a tomar y los caminos que no se deben tomar.
De pie frente a esta oscura realidad, no debemos desanimarnos. Porque también aquí hay signos de esperanza. Pensemos en Maximiliano Kolbe y en Edith Stein, quienes encontraron la fuerza para ofrecerse por los demás. En este lugar de negación total, dieron testimonio del amor de Dios. Ellos nos demuestran que la luz es más fuerte que la oscuridad, que el amor es más fuerte que la muerte».


Asombra ver cuan rápidamente se descompone un pueblo, con que facilidad perdemos la paz y nos abocamos al desastre. Esto mismo es una prueba de la verdad que Jesucristo nos reveló, del peligro que corre nuestra vida alejados de Dios. Y siendo así, se comprende mejor la ‘Solución de Dios’ -la Cruz- y Su Amor por nosotros.
Es también asombroso el auto-engaño de que somos capaces; con que facilidad perdemos la memoria de lo que nos sucede como señal de peligro; nos bastan unas jornadas de ‘normalidad’ -comer y beber- para olvidar lo importante, el sentido de las cosas. Esto lo sabe muy bien el enemigo de Dios, y lo utiliza.
Por un lado está Dios hablándonos a la conciencia, urgiéndonos a dar la vida para la salvación del mundo; y por otro el Mentiroso, que nos dice de muchas maneras que todo eso son exageraciones.
Aunque sobreabundan los signos de que un nuevo círculo de criminales está abusando de las naciones para dar satisfacción a sus ansias de poder; y la ansiedad consiguiente es nuestra compañera inseparable, no nos convencemos… ni aunque resucite un muerto.
Pero, lo creamos o no, verdaderamente, ha resucitado; y los que lo crean tendrán poder para ser hijos de Dios. Estos cogerán serpientes en su mano y no les harán daño; beberán veneno y no morirán… Por la fe ha venido la salvación al mundo; la muerte ha sido vencida. La obra que tenemos que hacer es creer en el que Dios ha enviado; y escuchar su voz que nos habla al corazón. Es preciso vencer esa inercia que nos hace insensibles a los signos de la presencia entre nosotros de esta nueva vida, de esta nueva creación inmerecida que se nos ha dado a cambio de nuestra infidelidad, posibilidad de vida eterna y dichosa, esperanza cierta de volver al paraíso.
La traducción de todo esto a la vida concreta tiene que hacerla uno mismo, en función de su experiencia. La primera instrucción que nos dio el resucitado (en la persona de los once) fue que fuéramos a la realidad cotidiana -a Galilea, figura del mundo no creyente- a fin de verle a Él. Los citó en un monte; podía haber sido en ‘un bar’, pero no, fue en un lugar apartado, al que hay que ir ex-profeso, y emplear un esfuerzo. Estar con Jesús, verle, requiere de una determinada determinación. ‘Cuando llegaron, le adoraron’ (he aquí nuestra actitud correcta); y Jesús les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a poner en práctica todo lo que yo os he mandado. Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»
Los discípulos ejercerán, «pues», este poder en nombre de Él por el bautismo y la formación de los cristianos. Y en esta labor apostólica, el Resucitado estará vivo y operante con nosotros.
Podríamos decir que los once, una vez acabados ‘los ejercicios’, bajaron del monte y se encontraron -con sus instrucciones bajo el brazo y una promesa en el corazón- en medio de un pueblo pecador y duro de corazón. Y, como Moisés, que al bajar del Sinaí se encontró al pueblo adorando al becerro, y, lleno de celo, lo trituró y se lo hizo beber a las gentes (figura del Sacrificio de Jesús, donde el cáliz de su sangre también contiene la destrucción del ídolo), los once, al bajar del monte de la visión dieron muerte en sí mismos al pecado y, unidos a la cabeza, se entregaron al mundo como comida y bebida saludable, para extender la familia de los hijos de Dios, la vida en Cristo para la salvación del mundo.
El hecho de que las palabras finales del evangelio de Mateo sean las que el propio Jesús pronuncia anunciando su presencia entre los discípulos hasta el fin de los tiempos, indican claramente que la garantía del éxito en la misión evangelizadora descansa en esa presencia.
Justo antes de narrar la Pasión y la Resurrección, Mateo había hablado del fin del mundo, previniéndonos contra quienes, usurpando el nombre de Jesús, intentarían apartarnos de la verdad embotando nuestra conciencia, en medio de una gran confusión. Y remataba esa advertencia con el anuncio de que en la evangelización universal, por costosa que pueda llegar a ser, el Resucitado estará vivo y operante con sus obreros.
Queda claro, pues, que nuestro apoyo en la misión es el Señor; que Él es el único garante del triunfo final de la Verdad.
Y es oportuno resaltar esto; porque si algo está en cuestión en estos tiempos recios que vivimos, es la verdad. Frente a una seria amenaza de disolución, la prioridad política fundamental es hoy establecer cauces para la recuperación de la verdad como elemento de cohesión social, de consenso. Quienes dentro de la Iglesia estén llamados a desarrollar su misión en la política, deberían volcarse en esta gran tarea.
Nuestro último gran pontífice teólogo, Benedicto XVI, tomó por lema «Cooperatores Veritatis», marcando así el sendero pastoral de la Iglesia para estos confusos tiempos: Formación del fiel, ir a las fuentes, practicar la verdad en el amor… Jesucristo, que es la Verdad, en el centro. Y, de la misma manera, San Juan Pablo II, declarándose al ser nombrado obispo ‘esclavo de María’ encontró el camino más rápido para llegar a Dios; y hecho vicario suyo, asumió la difícil tarea de reevangelizar el Occidente cristiano; así que «A Jesús por María»; «No tengáis miedo», «Abrid de par en par las puertas a Cristo»; y construid «La Civilización del Amor». La cuestión es, pues, dejar que sea Cristo quien lleve el peso de la historia; lo demás… son detalles.

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