El Señor resucitado le dijo a Magdalena: «Anda, ve a donde tus hermanos, y diles que vayan a Galilea, que allí me verán». Les mandó (nos manda) ir a la tierra de los que no creen, a la Galilea de los gentiles; y cuando llegaron allí, al monte que Él les había indicado, Jesús les dijo:
«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la Tierra; id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándolas a poner en práctica todo lo que Yo os he mandado. Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»
La misión continúa; y es difícil, como lo ha sido siempre; pero su promesa de estar con nosotros es veraz, y por eso podemos librar cualquier batalla.
Lo de predicar no es una opción, sino algo inherente al ser católico. Porque si amamos al prójimo querremos la fe para él, ya que la fe es prenda de vida eternamente dichosa. Además, sabemos que la fe viene por la ‘necedad’ de la predicación, y si ésta no se hace, ¿quién va a creer?
Muy a menudo nos reprochan este afán por predicar; e incluso lo llaman intolerancia, agresividad e imposición. Pero aquí recurrimos al juez de nuestra conciencia, para estar seguros y tranquilos de que nuestras obras son según Dios. Y viene también en nuestra ayuda San Pablo al exhortarnos a predicar a tiempo -cuando quieren escucharnos- y a destiempo -cuando no quieren.
En cuanto a ‘la evaluación del proceso y sus resultados’, también tenemos instrucciones en las Escrituras: «Salió el sembrador a sembrar; una parte… y otra parte cayó en terreno fértil y dio fruto: de diez, de cien, de mil.» Dice el Señor en la segunda carta a los Corintios que el que da semilla al sembrador aumentará también los frutos de su justicia. Y, en fin, respecto a la preocupación por el resultado aplica muy bien el pasaje sobre la extensión del Reino: «El sembrador echa la semilla; y mientras él duerme, ésta va cumpliendo su ciclo; primero se pudre, luego germina, y va creciendo, sin que él sepa cómo; primero el tallo, luego la espiga, y por fin el grano…
Hemos recibido el don de la fe, y el amor de Cristo nos apremia a compartirla. No es que esté en nuestras manos que el Reino de Dios alcance su triunfo, pero el amor exige obras. Es propio del que ama intentar complacer al amado; y así, abordamos la misión de evangelizar para «ver y estar con Jesús en medio del mundo (en Galilea)». Porque el gozo del creyente es el trato con Jesús.
Esto parece muy lejano a nuestra sensibilidad, e incluso se nos antoja ‘un aburrimiento’; pero es sólo porque ‘lo hemos practicado poco’.
Si tu relación con Jesucristo es sincera, Él te va a ir ayudando a simplificar tu vida, a ordenarla, a limpiarla de adherencias inútiles que te quitan libertad. Poco a poco -y hago constar aquí, para los que aún no se hayan dado cuenta, que la vida es muy corta- Él empezará a ocupar más espacio en tu vida, e irás comprendiendo que es cierto que el sentido de nuestra vida es estar con Jesús; y que lo de ‘aquí abajo’ es bueno en cuanto nos ayuda a unirnos más a Dios.
Estas nociones son generales, una especie de marco de lo que es la vida cristiana. Pero el día a día tiene muchos recovecos, y a veces se necesita una ayuda concreta para seguir adelante. Puede ser la de un acompañante espiritual, un ser querido, un confesor, un consejero, e incluso, en ocasiones, un profesional de ramas del saber humano. En todo caso, no hay que perder de vista que todo debe pasar por una conciencia bien formada; y acostumbrada al trato con Jesús.
Las asechanzas del maligno pueden llegar a ser terroríficas; e, incluso, a parecernos insuperables, aunque, en este caso, a esta impresión se le llama tentación. Tener una jaculatoria en los labios, que te salga a todas horas, o mirar a la estrella e invocar a María, pueden también llegar a ser una ocupación full-time en ocasiones. Y no somos ni mejores ni perores por recurrir a quien nos ama.
Una vez que te has decidido a creer que Jesucristo está verdaderamente vivo en el pan de la Eucaristía, y que al decir ‘Amén’ cuando comulgas le estás diciendo que harás y aceptarás todo lo que Él te pida, empiezas a dejar de ser dueño de tu propia vida. Ésta, si perseveras, se irá transformando a imagen de la vida divina. Y es en este proceso donde adquiere todo su sentido la cruz de Jesús.
Dado que todos somos pecadores, y estamos necesitados de redención, es lógico que sucedan cambios importantes en nuestro entorno para que nuestra vida se ajuste al evangelio. Esos cambios, por mucho que nos cueste, son la respuesta de Dios a nuestras peticiones de mejora. Si rezamos sinceramente, nos pasan cosas. Lo que no es lógico es que pidamos enmendarnos y al mismo tiempo rechacemos las ocasiones que nos pone la vida (Dios) para ese fin.
A propósito de esto, dice San Pedro en su primera carta: «Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha roto con el pecado, para vivir ya el tiempo que le quede en la carne, no según las pasiones humanas, sino según la voluntad de Dios. Ya es bastante el tiempo que habéis pasado obrando conforme al querer de los mundanos…» (4, 1-3). Y más adelante dice: «Queridos, no os extrañéis de hallaros como en medio de un fuego abrasador por diversas pruebas, como si os sucediera algo extraordinario, sino alegraos…» (12s); y también: «Sed sobrios y velad… Resistidle (al Adversario) firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos que vosotros. El Dios que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos os restablecerá, os robustecerá.»» (5, 8-10)
Conviene advertir que el consejo del primer papa supone una filosofía de vida contraria a la ‘del mundo’: «Sed sobrios…», dice, mientras todo a nuestro alrededor nos invita al placer sin frenos.

Si seguir a Cristo es vivir como él vivió, no nos queda otra que denunciar lo que se opone a la extensión de su Reino. Eso es lo que hace el Papa San Pedro al darnos esos consejos; denuncia el error de vivir como si Dios no existiera y nos da la pauta para vivir de un modo que nos haga bien.
Lo propio del momento actual es la extrema falsedad que nos rodea. Por un lado está el discurso o relato social, que es muy pío o solidario, y por otro la verdad, que es una vida llena de rapiña. Se dice, por ejemplo, que Franco fue un dictador sanguinario, y los que lo dicen matan a bebés, ancianos o enfermos sin que les tiemble la mano (sin ánimo de polemizar, ¿hizo eso Franco?)
Cuando se ejerce el poder de espaldas al pueblo sólo la violencia puede contener la protesta social; y si en el último lustro, por primera vez en cincuenta años, no ha habido expresiones sociales de malestar es porque hay muchísima más violencia reprimiéndolas. Hay tanta, que es absolutamente imprescindible para la Agenda impostora que la implantación de su dominio despótico se realice discretamente, sin ningún ruido que pueda soliviantar a la masa; y con ese fin se perfecciona la mentira hasta límites nunca antes vistos.
A Ortega y Gasset le bastaron en 1931 cinco meses para ver la mentira y la violencia que se habían apoderado de las instituciones españolas. Y dio un rotundo ‘Aldabonazo‘ en la prensa, anticipando el desastre que eso podría traer (y trajo).


Es destacable en este artículo que llame estupradores a quienes promovían el engaño que llevaría al desastre; porque, en verdad, ejercían con su brutal propaganda una violación de un pueblo menor de edad -intelectual-, no violación carnal, pero sí más dañina que ésta en su efecto. La agudeza del análisis de Ortega no deja lugar a dudas, y la prueba es que, una vez acontecido el desastre, el propio Franco daría esa misma explicación acerca de las causas desencadenantes del conflicto civil; y así se desprende de sus palabras en la entrevista que le hizo Groussard, y que ya comentamos en su día.


Pero aquella propaganda, pagada por los enemigos de Dios, eran nanas comparada con la de ahora. Hoy hemos de convivir diariamente con la mentira tomada por verdad, y con su consiguiente rastro de muerte. Estamos encerrados; no recibimos ninguna noticia veraz de lo que ocurre, aunque por los efectos sabemos que no es nada bueno: institucionalización del asesinato legal, reversión del orden ético, perversión de los niños y jóvenes, deterioro imparable de la calidad de vida…
En línea con la acusación de Ortega, nos tratan como a niños; y cuando protestamos, nos dan un caramelito para calmarnos (fútbol en abierto, alguna victoria amañada, una buena película familiar, algún artículo de calidad…); y luego siguen extorsionándonos. El filósofo acertó de lleno en la predicción de la tragedia que podría sobrevenir con aquel abuso; y lo de ahora puede ser mucho peor… No puedo evitar pensar que, si la resistencia que estamos ofreciendo se prolonga, sobrevenga la «Solución Final«.
No solamente veo a nivel racional el peligro que nos acecha, sino que lo experimento en mi persona a diario en la persecución de que soy objeto. En estos años de denuncias me he encontrado, curiosamente, con muchos profesionales de la salud (y de la salud mental en particular) que me han querido medicalizar de nuevo ‘por mi bien’. Esto se puede entender y hasta disculpar en quienes no tienen familiaridad con Dios y con su poder para curar; pero es duro de encajar cuando te viene de hermanos en la fe. Tal vez éstos me hayan tratado así porque, de dar por ‘normales’ las cosas que yo hago o digo, tendrían que reconocer que no están viviendo bien su religión.
Caso aparte son los que se dicen hermanos sin serlo, y se afanan en demostrar que yo, no sólo no estoy bien, sino que causo daño a mi alrededor y convendría ‘hacer algo para remediarlo’.
El Señor me libra de caer en sus redes, una y otra vez, de modo que por cada fracaso suyo en desequilibrarme me dan una ocasión para destapar su ruindad. Han tomado el gobierno de la Iglesia por asalto, y volvemos, como en tiempos de Arriano, a ser los cada vez más escasos fieles, con algún obispo, los que resistimos a su impostura.
Estando reciente la ruina covídica, volvió a dar ejemplo de caridad cristiana el valiente Cardenal Cañizares, proponiendo vender parte de los bienes materiales de la Iglesia para socorrer algunas necesidades. Un año después de eso le llamé al teléfono que teníamos de él de cuando estuvo de pastor de esta diócesis, y, para mi asombro, me lo cogió al instante; y no sólo esa vez sino las muchas que vinieron después, hasta que quedó impedido. A su nueva residencia le hice varias visitas, dándole consuelo con mis opiniones, y recibiendo de él sabios consejos. Traigo esto a colación por un doble motivo. Primero, porque su cercanía pone en evidencia los modos de quienes no son pastores sino asalariados, aunque pontifiquen olor a oveja. Y es que, de entre mis perseguidores, que por mi bien buscan mi ruina, hay alguno en la curia al que no sólo he llamado, sino que también he escrito pidiendo verle… y hace meses que espero su contestación. Y, en segundo lugar, porque la repentina inhabilitación del cardenal Cañizares es un buen ejemplo de mi teoría de que Dios, en su bondad, llama a sus hijos a su presencia antes de que los acontecimientos adversos puedan llegar a superar las fuerzas de sus corazones, que Él tiene siempre ante sus ojos.
A veces creo que ya me toca a mí, por la fealdad que veo a mi alrededor; pero Él conoce mejor que yo mi corazón. Y es cierto que en mis años de discípulo he ido viendo, poco a poco, cosas muy feas, que sin duda me han preparado para resistir la actual calamidad socio-política.
Es tan importante, digo, que el nuevo ‘orden’ venga sin estridencias, que los ingenieros de la Agenda no dejan de perfeccionar la máquina prensa-política del engaño. Se dirigen principalmente a impedir la formación de cualquier tipo de vínculo, y a pulverizar los que aún resisten.
En la Transición, siendo yo pre-universitario, tuvo lugar una redistribución de facultades, con la creación de varios campus, con el fin de impedir la asociación y manifestación de los estudiantes, que era un estorbo entonces para los planes de éstos mismos que ahora los tienen ya tan avanzados. Y es que ese divide y vencerás que siempre ha sido su método se ejerce hoy con virtuosismo, y corre aceleradamente hacia su consumación (un sueño distópico, que en realidad es una grave amenaza de aniquilación social).
A ese fin responde, por ejemplo, toda esa panoplia de pseudo-noticias en torno a la vivienda. Se la toma como arma política para arruinar y dividir. Ahí están las agencias, monopolizando las operaciones inmobiliarias y sirviendo a los intereses quiméricos de sus dueños. A propósito de esto, conviene advertir que, si bien las instituciones tradicionales se adulteran y se amortizan, surgen otras, como ésta que digo del sector inmobiliario, que sirven directamente a los magnates, sin el costo de hacer parecer que sirven al bien común. De común acuerdo con el trabajo de los políticos, este sector publica por su cuenta artículos como este de anteayer:


En línea con el anterior, este artículo, cuyo titular pasa desapercibido en la foto lujuriosa de más arriba, vuelve a incidir en la mentira del alojamiento de estudiantes en pisos como problema. Este formato truculento obedece a la preocupación de la Agenda por aislar a los hijos de padres honrados: estos últimos, solícitos del bien de sus hijos universitarios, en su vistazo a «El Mundo», fijarían la mirada con angustia en la pequeña noticia de la derecha y lamentarían la grande de la izquierda. Y fácilmente caerían en la trampa del miedo, que nubla el entendimiento.


Evitar que los jóvenes hablen entre ellos del intento de esclavizarles que está en marcha, es un objetivo prioritario para la Agenda. A ese fin obedece la creación a marchas forzadas de residencias, otra institucionalización al servicio del plan. Muchas de las ya existentes, incluso las de gran tradición religiosa, se han hecho en el último lustro mixtas, para evitar así el rechazo que genera en los jóvenes la separación por sexos. La promiscuidad no preocupa a las autoridades, sino al contrario, pues ayuda al fin de la desintegración personal que ellos también persiguen. Mi esposa vivió hace cuarenta años en una de estas residencias en Madrid, sólo para chicas, y me contó que a los pocos días de estar en ella se encontró a su compañera de habitación en la cama con un chico. Por otro lado, el aspecto formativo que tiene el mantener una casa en orden, también se les hurta a los jóvenes en las residencias, prorrogando, en su perjuicio, su falta de madurez en este área fundamental para la convivencia. Como la gestión de venta, alquiler o compra pasa forzosamente por un ‘portal’ inmobiliario, es posible castigar selectivamente el alquiler, haciendo que el compartir piso sea una opción cada vez menos asequible para los estudiantes.

Esta edificación se está haciendo con mucha diligencia, en un momento en el que hay muy poca construcción. Y mientras los medios no dejan de decir que no hay viviendas, miles de ellas, en poder de los bancos, siguen cerradas y deteriorándose… por orden gubernativa. Es justo decirlo, aunque por ello tengamos que sufrir en pruebas diversas. Tenemos la certeza de que en la otra orilla nos espera el abrazo del Padre; y el bello rostro de Jesús. Adiós.

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