TORRENTE, EL BRAZO FUERTE DE DIOS

Dios te quiere a ti, tal cual eres; sabe de qué pie cojeas, y lee en tu corazón como en un libro abierto. ¡No tengáis miedo!, insistía San Juan Pablo II; no tengáis miedo de vuestra miseria… El mismo Pedro, tras la primera pesca milagrosa, tuvo miedo de hacer migas con Jesús: «-Apártate de mí, Señor, que soy un pecador», dijo, asustado. Sentía que no merecía la amistad de Dios y prefería estar solo.
Obviamente, ninguno merecemos a un Dios que murió sangrientamente en una cruz por cada uno de nosotros; pero ante tan grande amor es mucha mayor ofensa negarle que seguirle. Y para convencer a Pedro, le contestó: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»
Han pasado dos mil años desde entonces, pero el esquema se repite: En medio de tu esforzada vida se presenta Jesucristo con un milagro, y te invita a seguirle. Y a tus pegas Él responde con una promesa que ensancha tu corazón: «Por medio de tu trabajo se evitará mucho sufrimiento».
Convencido el rudo Pedro, inició una formación de tres años al lado del Maestro, y superó la prueba de acceso -el examen de humildad- aceptando el perdón de Jesús por haberle traicionado. Se dejó ganar el corazón por Dios en aquel momento, y Jesucristo pasó a ser su vida. De esa manera, de los milagros de Jesús, pasamos a los milagros de Pedro (Hech 3, 1). Y, desde entonces, han sido innumerables las obras de Dios realizadas por los discípulos de Cristo, en el nombre de Éste (Jn 14, 12).

No obstante, fue necesario que el Espíritu de Dios descendiera sobre la Tierra para que la Iglesia incipiente cobrara valor. Hasta que eso no hubo sucedido, los discípulos permanecieron encerrados en el cenáculo, paralizados por el miedo.
Como hoy. Los católicos no están en las plazas hablando con palabras como espadas.

El Espíritu, pues, es quien levanta a los que están postrados, y los hace testigos del Dios vivo en medio de las plazas. Él es la llama profunda que restablece la fe y la esperanza por medio del amor. ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Y enciende en nosotros la llama de tu amor!
Esa fuerza misteriosa que cambia nuestra vida está deseando darse a nosotros. Nos envuelve con su claridad y penetra nuestros sentidos y nuestra inteligencia si no nos negamos a recibirla. Pero, ¡ay, del que se niegue!, porque no se le perdonará su dureza de corazón. Es la inercia de éste el que impide a muchos ver en torno a sí esa fuerza renovadora que lo cambia todo, que ilumina en medio de la oscuridad.
Pero si no nos resistimos a su acción accedemos al río medicinal de la vida. En medio de él -que es Jesucristo vivo- aprendemos, como Pedro, a vivir de otro modo, a poner toda nuestra esperanza y nuestro deseo en Dios. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado…
Se disipan las sombras, desaparecen las dudas y los temores, y todo lo podemos en Aquél que nos conforta. Seguimos viviendo en este mundo pero como extranjeros; sin aferrarnos a sus placeres, ni vernos paralizados por sus contratiempos; porque vamos hacia un mundo mejor. Y nuestra forma de avanzar es amar en cualquier circunstancia; morir a nosotros mismos; porque muriendo vamos entrando en la Vida.
De modo que, al tiempo que experimentamos el dolor de no ser correspondidos, recibimos el consuelo del que nos ve por dentro y, con él, la fuerza para luchar.
Este doble movimiento, de donación y de gracia, sacia la sed de nuestro corazón mientras peregrinamos: «En el camino beberá del torrente…«

*[Los subrayados son enlaces]

Deja un comentario