TIEMPO DE RESUCITAR

«Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir…» (Ecl 3, 1s); «Su tiempo la guerra y su tiempo la paz» (3, 8). Una nota al margen aclara este texto relacionándolo con el tono pesimista del libro: «… la vida está formada por una serie de actos incoherentes, sin finalidad, si no es la muerte, que, a su vez, carece de sentido.» Con todo, en los últimos versículos del libro se suaviza el pesimismo: «(En la hora de la muerte) …vuelva el espíritu a Dios, que es quien lo dio» (12, 7); y a continuación cierra con lo mismo con que abrió el libro: «¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad!». No obstante (dice otra nota), el trabajo del autor no ha sido inútil, pues ha dado cuenta del camino recorrido: ha enseñado al hombre su miseria, pero también su grandeza, mostrándole que este mundo no es digno de él; le incita así a una religión desinteresada, a una oración que sea la adoración de la criatura, consciente de su nada en presencia del misterio de Dios.
El punto de vista del autor es muy realista: que la mitad de lo que hacemos es funesto, pues nos causa pesares sin que por ellos podamos evitar la muerte. Y, ciertamente, ese pesimismo lo llevamos todos dentro, y se nos hace ‘bola’ cuando vemos que el tiempo no se detiene y nos aboca a la muerte. Por lo mismo, nos parece patético el pretender que ésa no sea nuestra realidad; y ridículos los personajes que se envanecen en sus ‘grandonadas’.
Qohélet (el autor) atina al deducir que, puesto que percibimos el drama de vivir así, forzosamente ha de haber otra realidad que dé sentido a nuestra vida. Ha de existir Dios.
Un Dios creador y bueno no nos arrojaría a un mundo sin sentido. En nuestro corazón está esa certeza, y si no lo endurecemos, ella nos conducirá a una vida satisfactoria, con más de bueno que de malo, y digna de ser vivida.
Hubo un hombre que, fiado de esa certeza, caminó hacia donde no sabía por donde no sabía, movido por su fe en Dios. Éste le prometió bendiciones incesantes, y lo puso a prueba; y, viéndolo digno de sí, cumplió con él lo prometido; por lo cual ha venido a ser ‘el padre de todos los creyentes’.
Con Abraham arrancó una historia feliz para la humanidad. Por su fe fundó un linaje que recibiría la promesa de la inmortalidad. Y todos cuantos creemos formamos parte de él. En aquella fundación germinó una nueva forma de estar en el mundo; una nueva humanidad, evadida del proceder inútil de nuestros antepasados. Por la fe de Abrahán hemos accedido a la verdad que da sentido a la existencia. Lo viejo pasó, lo nuevo ha comenzado. Y ese comienzo, a partir de un nacimiento, tuvo lugar con la resurrección de un muerto.


En estos momentos, en que tan difícil se hace saber si lo que estás viendo, leyendo u oyendo es verdad o no, es urgente proclamar esa noticia a los cuatro vientos, y a pleno pulmón. Porque en ese anuncio se comunica la garantía del conocimiento de la pura verdad.
Nuestra vida actual se desenvuelve en un mar agitado; navegamos sorteando peligros, y en medio de esa galerna podría parecernos que no hay escapatoria, que no nos queda otra que navegar a la deriva; pero no es así.
Eso es lo que quieren que pensemos quienes se esfuerzan por oscurecer nuestros sentidos y nuestra conciencia. De mil maneras bien estudiadas nos rodean de tropiezos, de globos sonda, y de cantos de sirenas… para desorientarnos y meternos en ‘sus redes’. Su ambición y su soberbia no tienen medida; pero Dios resiste a los soberbios.
El contexto en el que nos movemos coincide con el que San Mateo describe justo antes de narrar la Pasión: «Mirad que no os engañe nadie, porque vendrán muchos juzgando vuestro comportamiento en mi nombre… Oiréis también hablar de guerras… Entonces os entregarán a la tortura… Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará… Pero el que persevere en la fe se salvará.» El evangelista nos pone en estado de alerta, y cierra su mensaje con la parábola de los talentos, invitando a la vigilancia basada en una esperanza firme y en una vida sobria.

Habla Mateo de una gran tribulación del mundo que precederá al fin de los tiempos. Y encuentra ese anuncio su correlato en el Apocalipsis, cuando las naciones paganas se reunirán para combatir a Dios y serán destruidas.
No me cabe duda de que esta confabulación contra Dios está aconteciendo hoy. Las naciones que viven como si Dios no existiera han acumulado mucho poder a costa del trabajo esclavo de las naciones pobres, y ejercen ya ese poder de manera despótica contra la gente corriente, contra todos nosotros.
Impregnado en los pueblos occidentales pervive un espíritu evangélico, contrario al mundo que tiene por dios al dinero. Y los poderosos le hacen la guerra porque se opone a sus intereses. Ellos ansían gobernar el mundo, por medio de los entornos digitales, para llenar el vacío de sus corazones. Y para manipularnos mejor nos despojan mediante engaño de nuestras seguridades -económicas, afectivas y culturales. La política actual responde únicamente a ese plan secreto de dominio, y es contraria al bien común. Su estrategia es dividir, agitar, confundir, engañar y desanimar. Y no hay que buscar en ella nada lógico, pues se rige únicamente por la voluntad de los poderosos.

Blindados por su ejército digital planean reducirnos a números, a entes intercambiables y manipulables, incapaces de reclamar su dignidad. De hecho, ese fin -aún no conseguido- ya ejerce virtualmente su dominio sobre la población, haciéndola sentirse impotente para influir en su propio destino; y de ahí el contumaz desprecio informativo que padecemos, órdago de farol, exhibición de poder para amilanar.
Es un error dar por perdida la batalla sin combatir; y no es propio de quienes se saben del bando ganador. Más bien procede seguir el consejo del primer papa: «sed sobrios, poned toda vuestra esperanza en la gracia que se os procurará mediante la Revelación de Jesucristo»; mantened la paciencia, la confianza, y la fe; porque Él vendrá y no tardará. Lo hará como la primera vez que vino, aunque en gloria y majestad, y para acabar con el mal; pero vendrá también cada vez que en el peligro le invoquemos, y no tendremos duda de ello en nuestra conciencia.
La paciencia nos es muy necesaria, porque hasta que Cristo se manifieste, reduciendo a sus enemigos, habremos de pasar por pruebas diversas, ocasiones para vivir la vida nueva en Cristo, el abandono en sus manos, esperando contra toda esperanza; alcanzando así la meta de nuestra vida, que es la salvación de nuestras almas, la vida eterna y dichosa. Por medio del abandono, de la confianza ante la adversidad, aumenta nuestra fe, y nos liberamos, ya en esta vida, de la esclavitud a que nos somete la mentira, por el miedo que nos da morirnos.
Para que sea posible vivir así, es necesario que escuchemos la voz de la Verdad, la Palabra de Dios, que es Cristo vivo. Porque Dios, inaccesible a nuestro entendimiento, se hizo visible, palpable y comprensible en Jesucristo. Y por la Resurrección de éste, tenemos acceso a la Verdad en el santuario de nuestra conciencia: «El que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37)

Cobra aquí máxima importancia preservar la rectitud de conciencia; y facilitar que otros puedan formar bien la suya; para que, cuando esos impostores de los que nos habla el evangelio de Mateo vengan -y ya están aquí- a juzgarnos en el nombre de Cristo, queden deslumbrados por el reflejo de la verdad brillando en nuestra conciencia, y podamos escapar de sus acusaciones.
Puesto que el poder del enemigo se basa en la mentira, una conciencia limpia nos protege de sus asechanzas, mientras que todas las otras defensas que intentemos fracasarán. Es crucial en estos tiempos revueltos vivir de cara a la verdad, pues de ello depende nuestra libertad, nuestra seguridad en el obrar persiguiendo el bien. Después, asentado ese principio, podrán decirnos que ‘no somos Iglesia’, que vamos por libre, que creamos división… y perderán el tiempo, porque Dios mismo nos asegura en la verdad hablándonos a la conciencia.

En el plan de los impíos para confundir, para eclipsar la verdad que se opone a sus intereses, los estados han ido cayendo uno tras otro en manos de administraciones paralelas que, en lo secreto, han ido podando las legislaciones hasta despojarlas del espíritu cristiano que las informaba. Eso explica que, siendo tan obvia la enajenación de soberanía que han operado, no esté habiendo ninguna contestación social; y que muchos estén abandonando toda esperanza de una recuperación de los derechos y libertades civiles.
Ese desánimo, sin embargo, no nos alcanza a los católicos, ya que a nosotros nos mueve el Espíritu a aguardar por la fe la justicia esperada; fe, por cierto, que actúa por la caridad; pues si no hay obras, no hay fe.
El hecho de que en las Cortes no se oiga ninguna voz discrepante, y que se alcance unanimidad para el engaño, declara de modo inequívoco que no hay allí católicos militantes. Y del mismo modo se revela esa ausencia en los foros que, aunque llamándose cristianos, proclaman una verdad distinta a la revelada en los evangelios, u oscurecen la comprensión de las verdades fundamentales.
En este sentido, la visita del pontífice al Congreso equivale a meterse en la boca del lobo; la Palabra de Dios en el hemiciclo entrelazará sus ondas con las de la última impiedad allí consensuada. Siempre es posible el milagro, ciertamente, pero hay que estar convencido de que sólo Jesucristo tiene todo el poder; y si no se está del todo convencido, es mejor no ir. Sea como fuere, sería muy de desear que el Maestro de Celebraciones pontificias proveyera para la ocasión con seis tinajas -de las de abluciones rituales- rebosantes de agua bendita, y que el Santo Padre asperjara aquellas sórdidas paredes, hasta el último rincón profanado con las balas del engaño y la maldad.

Amigos, ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente, ha resucitado! ¡Resucitemos con Él! ¡Felices Pascuas!



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