El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación es fuerza de Dios. Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles…
Vivimos tiempos duros, tiempos de combate; dureza que nos roba la alegría; que nos hiere el corazón. Si no fuera por esto, todo lo demás: fatiga, contratiempos, fracasos, etc., se podría aguantar, pero el dolor del corazón nos debilita en extremo.
Ese acervo ataque viene de corazones malvados; el de aquellos que renuncian al premio de una vida virtuosa: «acechemos al justo, pues nos molesta y se opone a nuestros planes», piensa; pero se engaña, y será él quien caiga en su propia trampa. (Sab 2, 12)
Ellos rechazan al único que puede salvarlos, a su creador. Pero entre Dios y nosotros media un abismo; mientras que Él ‘es’, y tiene un poder total, nosotros existimos sólo en Él; y por Él accedemos a su propia vida divina, aún estando en la tierra. Es cuestión de fe, cuestión de una decisión humilde del corazón: Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos; y bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
Las ocho bienaventuranzas componen un programa de vida que se opone al de la Agenda; si el primero se rige por la Verdad, el segundo lo hace por la mentira; si el primero es un plan perfecto, el segundo es un desastre. Porque, ¿quién puede vivir en un mundo exento de orden, en el caos? Por más que la inteligencia se aplique a ordenar ese mundo, jamás lo conseguirá. Los incautos que abordan este proyecto quimérico se proponen suplantar a Dios, pero eso no es posible, porque Él ya ha establecido su Reinado en la tierra para siempre: Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que vive eternamente y tiene las llaves de la vida y de la muerte; quien lo reciba en su corazón podrá pisotear sobre cualquier poder del enemigo, y nada le hará daño; pero aún hay más; el sí a Dios nos otorga el don de vivir en el cielo por siempre.
Ante el creciente caos, ante la confusión reinante, hay que decir que la verdad no admite mezcla: o es verdad del todo, o no lo es en absoluto. Es cierto que nuestros actos siempre están mezclados, incluso el más puro de ellos; pero eso no quiere decir que nos sea imposible habitar en la luz. Jesucristo abrió en su cuerpo un camino de salvación, y el que lo inicia ya posee, virtualmente, lo que le espera al final; una vez comenzado el camino, lo importante es perseverar; y para eso tenemos el auxilio indispensable de la madre Iglesia. Gracias a ella podemos caer y levantarnos -sacramento de la reconciliación o penitencia- y podemos distinguir la luz aunque caminemos aún en tinieblas.
Lo que de ninguna manera es un plan de vida aceptable es llamar blanco a lo negro; porque entonces habitaremos en un mundo de grises, cautivos en un hoyo; sin alegría, sin nada que merezca la pena, escondidos de la luz para que no se vea nuestra miseria.
Como esa es cada vez más la situación social, para que sea posible habitar en esa oscuridad, los medios se han convertido en la ‘voz arcana’ que declara lo que es lícito, lo correcto; y no tiene nada que ver con la Verdad, sino con la salvación terrena, con ‘salvar el pellejo’. Por eso la prensa miente siempre, y no se avergüenza de hacerlo, porque el concepto de mentira no tiene sentido en el nuevo mundo, ya que en él no rige la prevalencia de Dios. Esto explica también que a los que sí reconocemos que hay una Verdad, y nos escandalizamos, y denunciamos la mentira oficial, se nos persiga y ‘excomulgue’. El nuevo ‘orden’ es perverso, y en él no pervive nada del antiguo; los diez mandamientos son cosa del pasado: Es lícito matar si la ‘voz’ lo decreta; y es grave delito ‘Amar a Dios sobre todas las cosas’.
Esta es la explicación de que los medios digan hoy una cosa y mañana la contraria; o que nuestros políticos se salten la ley a la vista de todos. Lo único que permanece estable en este nuevo estado es el poder de la cúpula inaccesible, cuya voluntad es ley.
Cuando se cuente la historia de esta época no se reparará en estas guerras ficticias que se vienen usando con desfachatez para arruinarnos material y moralmente; los hitos verdaderamente significativos serán las batallas contra los que se nieguen a vivir en la mentira; y sólo desde esta óptica -la guerra abierta entre el bien y el mal- se entienden los acontecimientos presentes.


Con lo dicho ya se puede entender que nos la jugamos en el día a día, y que el tentador acecha nuestro traspié. Vivir de cara a Dios nos protege de caer en sus trampas, que jalonan nuestro camino cotidiano; e incluso cuando caemos en alguna, Dios nos ayuda a levantarnos, si mantenemos la fe. Es cosa de confianza, y a confiar se aprende confiando, aceptando dar los pasitos que Él nos invita a dar hablándonos al corazón, a la conciencia. Es sobre este ‘invento’, nuestro santuario personal de relación con Dios, sobre el que caen bombas más reales que las de Ormuz. La Agenda sabe que, para conseguir sus planes, tiene que eliminar ese espacio privilegiado; y sabe que para hacerlo tiene que ganar la batalla de la fe en nuestros corazones. ¿Qué podría inclinarnos más eficazmente al mal? Sin duda, experimentar el rechazo de nuestros seres queridos; y ahí es donde está volcado el tentador.
Sobre esto, decía Santa Teresita que un alma en gracia aleja fácilmente de sí las tentaciones; y debe de ser cierto, viniendo la afirmación de una del selecto club de ‘los treinta y tantos Doctores de la Iglesia’. A propósito de esto, y curiosamente, a ese club se va a unir muy pronto el Cardenal Newman. Y si Teresita nos da la fórmula para fortificar nuestra vida y la de nuestra familia (sacramentos, piedad y oración) él, por su parte, nos enseña a hacer de nuestra conciencia un búnker inexpugnable (es famoso su brindis: «¡Por el Papa!, pero antes, ¡por la conciencia!»).
Falta hace preservar pura la conciencia, pues si algo puede describir con acierto la dificultad de los tiempos presentes, es el ataque continuo a ese lugar santo. El caos que nos circunda responde a ese fin: debilitar las conciencias por medio de la mezcla -repugnante- del bien y del mal; para engañar a los que aún resisten… ¡como si eso fuera posible! (Mt 24, 24)


Asturiano como yo, uno de mis primos iba en coche con su hijo de cuatro años, cuando éste, emocionado, gritó: «Mira, papá, como una vaca». De igual modo, nosotros, por una parte tenemos la vida de siempre, con sus penas y alegrías, pero, por otra, estamos en guerra contra quienes trabajan para conseguir que esa vida ‘de siempre’ pase a ser vida ‘como la de siempre’. O sea, que parezca lo mismo de siempre, pero que en realidad no se parezca en nada a lo de siempre. Cuando uno lee la prensa, por la fuerza de la costumbre va predispuesto a creer que lo que lee es verdad. Pero hace tiempo que la prensa miente, y es grave imprudencia dar crédito al que acostumbra a mentir.
Construir una sociedad sobre el engaño y el auto-engaño es construir una casa sobre arena; y eso es lo que está haciendo la Agenda. El plan es vaciar las conciencias para sustituirlas por una única conciencia colectiva, que dicta lo que está bien o no y nadie rechista. Vamos por ese camino desde hace tiempo, aunque hemos apretado el acelerador en el último lustro. La vida familiar, social, laboral, religiosa, afectiva, todas las esferas humanas están sometidas a esa transformación. De ahí los miedos profundos que nos asaltan, las violentas fricciones que surgen y nos espantan, la ansiedad e inquietud que, sin saber por qué, envuelven nuestra existencia. Es el asedio a nuestra conciencia lo que nos causa toda esa zozobra.
Lo propiamente humano nace del corazón y atraviesa el filtro de la conciencia. Si la conciencia está bien formada, decanta lo malo y deja pasar lo bueno. Lo dañino la va llenando y agobiando, y precisa de un tratamiento especializado de arrepentimiento, petición de perdón y propósito de la enmienda para ser eliminado. Nadie puede sustraerse a este proceso; nadie puede cambiar nuestra naturaleza moral. Intentar obviar el ‘filtro de serie’ provoca que el ‘proyecto hombre’ se aleje de su correcto funcionamiento, y dé problemas. Por esa vía, si Jesucristo no estuviera vivo, se llegaría a la aniquilación de la especie; pero, al estar Él presente en nuestro mundo, esa pesadilla, como otras semejantes y no muy lejanas, terminará disipándose, y la Historia volverá a encaminarse hacia su final feliz.
Así pues, si Jesucristo es la garantía de futuro, es en Él donde se ha de buscar el antídoto contra la toxicidad que nos envuelve y amenaza. El principio activo que protege y restaura nuestra conciencia es: «Dios es tu Padre; tu eres su hijo amado; si permaneces en esta fe, estás a salvo, nada te puede hacer daño«. La administración de esta medicina pide que cuando esa fe sea ‘tocada’ (lo cual cursa con inquietud, del tipo que sea), hagamos el propósito de restablecerla.
La subsistencia de nuestro centro vital -lo que llamamos corazón- requiere de esa vigilancia, de ese ejercicio constante de virtud; y todo lo que da valor y sentido a la vida depende de esa responsabilidad personal; su renuncia o dejación conduce a la muerte (en vida) del ser. Atención, pues, porque es cada vez más frecuente delegar en otros esa responsabilidad. Mientras que defender nuestra parcela sagrada nos asegura la vida del alma (que es la verdadera), abandonarla nos condena a una existencia vacía… insufrible. Esta es la guerra verdadera; pero el Evangelio nos da las armas para combatirla.
La táctica del enemigo se ha perfeccionado mucho en el siglo pasado; y ha encontrado en la tecnología un arma mucho más eficaz que las bombas. Con ella ejerce una vigilancia casi total sobre nuestra conducta, y nos amenaza con airear nuestras miserias para obligarnos a apostatar de la fe. Asimismo, la creación de contenidos adaptados a las capacidades personales le da cobertura (argumentos racionales) para arruinarnos y ejercer el poder despóticamente sin resistencia. Pero, comoquiera que los hijos de Dios son iluminados para detectar su engaño, no renuncia el enemigo a la violencia física; y a este fin ha puesto a punto el sistema covidig: un agente tóxico creado para enfermar con discreción, y a discreción; el cual, combinado con el monopolio comunicativo-digital, obra la eliminación de enemigos con total impunidad. A propósito de esto, la irrupción de la IA empuja a la imaginación a visionar distopías deslumbrantes… que probablemente haya que atravesar, dejando muchas bajas, para descubrir que no hay paraísos aquí, y que el único camino para ir al cielo sigue siendo la Cruz del Amor.

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