
El primer Moisés –el más sufrido de los hombres (Núm 12, 3)- después de ayunar cuarenta días con sus noches, bajó del monte y encontró a su pueblo bailando y cantando. Entonces, enfurecido, les hizo ver -rompiendo las tablas- su ofensa a Dios al menospreciar su Ley; y, después, quemando el ídolo, lo trituró, y, mezclado con agua, se lo hizo beber, como castigo saludable.
El segundo Moisés -el Hijo de Dios- vino al mundo en la carne, en todo igual a nosotros menos en el pecado; y no lo recibimos, sino que preferimos seguir esclavos de los placeres del mundo. Entonces, dolido por nuestra rebeldía, hizo lo que, en figura suya, había hecho el primer Moisés: ‘en su furor’ -la Pasión-, destrozó en su corazón la fuerza del pecado, la ley; y en el fuego de su amor, abrazando la temida muerte, derritió al vil metal, al ídolo; y, reducido a polvo, nos lo dio a beber -en su propia sangre- mezclado con el agua del bautismo, para nuestra salvación.

Esta semana afligieron mi alma tres sucesos: el primero, ver desplomarse una estrella; aquel a quien yo tenía por la persona más espiritual de la diócesis, lo vi vencido por el pecado de la carne; el segundo, comprobar, consternado, cómo treinta años de una vida familiar fecunda habían sido dados en trueque a cambio de humo; y, en tercer lugar, vivir, impotente, la agresión encubierta a una vida inocente por obra de la maldad de hombres descabalados. Desde luego, un mundo así, está enfermo. Pero si consideramos que, aunque se lo digas, no reacciona, hay que pensar que está gravemente enfermo.
Hace veinte años, mi esposa y yo compramos un Touran. Recién estrenado dejó de funcionar la radio, y lo llevé a la casa. Como me daban largas, fui personalmente al concesionario; y allí noté la misma actitud: después de un tiempo anormalmente largo, un empleado me preguntó por fin cuál era mi coche, y, aunque molesto por el mal trato, le contesté correctamente.
-¿Cuál? ¿la furgoneta azul?, respondió.
Y eso fue la gota que colmó el vaso: ¡el monovolumen más alto de su gama transformado en fragoneta!… pero en fragata me convertí yo en el fragor de la burla, y pedí en el acto el Libro de Reclamaciones. En unos instantes acudió el dueño, y ordenó que desmontaran allí mismo el aparato de su propio coche y se lo pusieran al mío; y hasta hoy.
Hace poco puse otra reclamación. Tras un viaje de 500 kilómetros, pasada la medianoche, llegamos a nuestro hotel. En recepción nos atendió el portero nocturno, un hombre de mediana edad que fue correcto pero frío. Con el cansancio no caí en la cuenta de que su nula empatía no era debida a su carácter, sino que era una actitud deliberadamente escogida para desempeñar mejor su trabajo. Y es que, por tratarse de una persona invidente, o casi, su distanciamiento del interlocutor era, de cara al público, más ‘rentable’ que dejar ver abiertamente su discapacidad. La habitación estaba como un témpano, y al accionar el termostato arrancó un ventilador que nos obligó a elegir entre pasar frío o no poder conciliar el sueño por el ruido; y no había mantas supletorias; como tampoco sillas para dejar la ropa. Al ducharnos, se formó un charco grande, y tardamos en entender por dónde se filtraba el agua, y que no tenía solución. Por otro lado, la presión del chorro era insuficiente. Pero estos pequeños inconvenientes, obviamente, no iban a restarnos la alegría del viaje, y pensábamos para nuestros adentros que con el desayuno se nos irían todas las penurias. Pero resultó que, por haber pensado lo mismo -o por lo que fuera- otras ciento sesenta personas entraron al comedor al mismo tiempo que nosotros… Dado que el sitio era justito para tantos, que todos éramos recién llegados, y que no había servicio de mesas ni estaban vestidas con todo lo necesario, se formó un barullo impresionante y colas de más de diez minutos. La conversación deleitosa y la paz anhelada… no estaban… ni se las esperaba, pues en parecida precariedad nos vimos los cuatro días de estancia. «-¡Ah, encantados!, sí, sí, nosotros somos de Toledo, y hemos venido porque… -Pero ¡ay!, esperad un poco, que me falta el azúcar… el aceite… la sal… la cucharilla, el cuchillo, un tenedor, más café… ‘¿Queréis un zumito?… aprovechad ahora, que voy yo a hacer cola’». Y es que, en el colmo de la imprevisión, la casa no consideró necesario siquiera tener varios puntos de autoservicio. Acto seguido, la recepción en el ‘salón principal’ (sí, éramos FRC, peregrinos en Fátima). Nos condujeron a una habitación grande con columnas, y con sillas corrientes, donde la atención a la mesa de los ponentes estaba reñida con las leyes físicas, y básicamente corría de cuenta del respetable. Cuando salí de allí, hacia las once, pasé por recepción a preguntar por el servicio de parking, y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme de nuevo con el mismo empleado que nos había atendido la noche anterior. Y otra vez la misma eficiencia pero sin mirarte a la cara. También reparé en algo que me había llamado la atención desde el primer momento, algo raro en el atuendo de esta persona, en sus pantalones… y en la continuidad de éstos con el resto de la ropa… No llevaba uniforme, y creo que tampoco llevaba cinturón… lo cual es comprensible tratándose de una persona que no ve bien. Pero, detalles aparte, estarán de acuerdo conmigo en que tener a una persona discapacitada trabajando doce horas seguidas transgrede cualquier legislación laboral.
Aquella tarde, dándonos una vuelta por el hotel, nos encontramos con un letrero que señalaba la dirección para llegar a la piscina. Yo quise conocerla, y tras una inspección de la zona, llegué a la conclusión de que era un servicio sólo para el verano. Pero, mientras estábamos en esas pesquisas, vimos a una parejita joven dirigirse a una puerta tapados con albornoces. Ellos, al notar que los mirábamos, se volvieron hacia nosotros, con la expresión inconfundible del que ha pecado en el pasado y se encamina a pecar de nuevo; y una vez que traspasaron la puerta, detrás de ellos, entré yo.
Me encontré en un recibidor-distribuidor, que daba paso a varias estancias; al fondo se veía vapor saliendo de un cuarto, y a alguna persona con albornoz a la puerta. Pero no pude averiguar nada más, porque, sentada en un tresillo en el espacio que se abría tras la puerta, había una persona vigilando el acceso a aquel recinto, la cuál centró en mí intensamente su atención, dispuesta sin duda a disuadirme de avanzar; y, al preguntarle yo por la piscina, me indicó que siguiera las indicaciones que anteriormente me habían llevado a concluir que no existía aquel servicio.
Con todo lo ya expuesto, me pareció prudente hacer una reclamación formal, y, en un momento de libre disposición, entre dos dinámicas de grupo, así lo hice. Pero, por si yo estuviera equivocado, y mis quejas acerca del servicio no fueran fundadas, en otro receso me acerqué paseando a la zona donde habíamos estado otros años y seguían estando en el presente las familias más jóvenes, y entré en uno de los muchos hoteles que hay en ella. Dando detalles con minuciosidad en recepción, averigüé el precio que mi esposa y yo hubiéramos tenido que pagar alli, y resultó que hubiéramos salido ganando. Pero además, si en vez de la reserva para un matrimonio hubiera gestionado la de ochenta, con un año de anticipación, y como clientes fidelizados, no hay duda de que la diferencia a favor habría sido bastante más abultada. Por eso me impactó que, al comentarle todo este tema a un profesional del ramo que peregrinaba con nosotros, no sólo no hubiera querido comentar nada, sino que llegara incluso a evitarme en los pasillos.
Sucede que hoy en día, por el ‘efecto Rosalía’, te codeas en la Iglesia con muchos que, no teniendo nada mejor que hacer, hacen número para inclinar la balanza de la Verdad a favor de quienes quieren destruirla. De modo que ha quedado atrás el tiempo en que las reuniones de grupos eclesiales podían confundirse con esos ‘grupos cálidos’ que ofrecen consuelo humano tomándolo por divino. Pues, ¡gracias a Dios!, porque así se depuran las intenciones del corazón. Cuando ves que estar en uno de esos grupos eclesiales clásicos -y no digamos ya los Emaús o similares- te obliga a violentarte y a decir a contracorriente: «esto no es», entonces sabes que no estás en un grupo verdaderamente cristiano.
En la peregrinación fuimos congregados cerca de dos mil personas en un gran anfiteatro; y asistimos a una charla en que la oficiante, con mucho oficio, se metió en el bolsillo a una gran parte de la concurrencia. Días más tarde permitió Dios que nos hablara a un grupo más reducido, y más iniciado en la fe. En el turno de preguntas mostré mi preocupación por la situación actual de la familia, por su difícil encaje social. Y para mi sorpresa, tanto el moderador como la ponente, recibieron con escepticismo mi análisis. ¡Claro que la familia es cosa importante, pero no ahora más que en otro tiempo!, dijo, y un coro notable de oyentes corroboró con risitas su comentario. Podría haber quedado ahí la cosa, pero en ese caso se habría adueñado del discurso oficial de la Iglesia una falsa interpretación de los signos de los tiempos, ‘un falso relato’. Pero, por suerte, aún no es ése el momento que nos toca vivir, al menos en Toledo, y así, al día siguiente, ponente y director rectificaron su postura, para bien de todos.
La lucha dentro de la Iglesia es cosa de siempre, pero nunca como hasta ahora ha dispuesto el enemigo de tantos medios para avasallarla. Básicamente, son tres los métodos que utiliza.
El primero es el blackmail, así, en inglés, puesto que fueron ellos los que lo inventaron. Espiando la intimidad de los fieles en sus conversaciones digitales, se enteran de sus pecados, y luego chantajean a los incautos para que traicionen a su Iglesia. Es la versión actual del obligar a abjurar de la fe bajo presión, con la diferencia de que ahora no consiste en hacer una confesión pública para salvar la vida o la hacienda, sino de comprometerse en privado a dañar a la propia Iglesia, en la persona de sus fieles o de sus instituciones, para conservar el estatus y la fama. Es un método muy extendido, y corroe también a las instituciones civiles.
El segundo es la agresión física por medio del agente tóxico que se ensayó con éxito en el covid. Se trata de un veneno muy bien calibrado, que provoca un estado de malestar muy perturbador, con decaimiento ansioso, repugnancia e inapetencia de la comida, e incluso febrícula; y, junto a estos síntomas generales, otros propios de patologías particulares, que afectan distintamente según el punto débil de cada uno: pueden aparecer dolores de distinta intensidad, síntomas propios de la neumonía o enfisema, del fallo hepático o renal, cefalea de moderada a severa, úlcera o gastritis, etc., agravando mucho el malestar general, de modo que uno va corriendo al médico y queda ya a expensas de un sistema de diagnóstico centralizado digitalmente, y, por tanto, controlado por autoridades no-sanitarias. Por este medio se despeja ‘de obstáculos’ el camino de la impostura totalitaria, que transcurre unido al de la adulteración de la fe.
El tercer método es la propaganda. Convertidos los medios en instrumentos de sometimiento, y cimentados en el engaño, operan sistemáticamente la parálisis de la ciudadanía. A base de bulos, contradicciones, farsas, disparates, desinformaciones, manipulación psicológica, alarmismo, burla, y, en general, abuso de la ingenuidad del pueblo, fomentan el desinterés por la cosa pública y el miedo a ‘lo que puede pasar’, triturando así el ánimo de la población y empujándola a creer que ‘no se puede hacer nada’; en una palabra, obtienen la victoria sin combatir.
Y aún hay otro recurso muy utilizado, coadyuvante de los anteriores, que es el de los agentes corruptores a sueldo, manzanas podridas que están repartidos por toda la sociedad y la van minando poco a poco. Pueden ser mujeres que seducen a maridos de otras, o varones que hacen lo propio con esposas; jefes que promocionan a personas honradas para después corromperlas; negociantes que inducen a otros a invertir para luego arruinarlos; empleados que se ganan la confianza del dueño y desde esa posición echan a pique su empresa; profesionales que te ‘ayudan’ en algún tema delicado, y en realidad te venden; sanitarios que se hacen pasar por amigos que te ‘enchufan’ y terminan matándote… Sí, sí, no se escandalicen, pues volvemos aquí al principio: eliminado el referente moral -Dios encarnado y vivo- queda el hombre atado a sus pasiones… y el corazón del hombre no descansa… camina hacia su cumbre o hacia su perdición.
Los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz (Lc 16,8); y sus sinergias son más potentes que las nuestras. A poco que dejes en tu vida un resquicio al mal, entra en tu casa y, si no está cimentada en roca, la arruina. Hace tiempo, como consecuencia de ciertas dificultades, aparentemente casuales, mi familia se vio envuelta en un torbellino de problemas. En cierto momento, amparados por la ley, decidimos comunicar nuestro piso y apartamento por medio de una escalera interior. La sinergia de que hablamos se confabuló entonces en una envolvente de acoso fabulosa: laboral, vecinal, institucional… No dejaron títere con cabeza en nuestra esforzada edificación familiar… la cual sobrevivió gracias a que estaba cimentaba sobre roca. En uno de los episodios me vi convertido en un loco temerario que había que encerrar sí o sí -por loco o por temerario. En el bucle en el que nos habían metido, yo, bien aconsejado, decidí romper el cerco haciendo caso omiso de la ilegal negativa de ciertos vecinos a nuestro proyecto de dúplex (casi un tercio de los propietarios del edificio lo habían hecho anteriormente) y dar así una salida razonable a nuestras dificultades familiares. Y lo que pasó fue que, bien orquestada la persecución, intervino la justicia injustamente, poniéndome al borde de la marginalidad. Pero en ese fondo de saco, como a un Harry Potter bienintencionado, el Señor me abrió un boquete en el muro contra el que me aplastaban, desvelándome la causa original del férreo bloqueo vecinal: la debilidad del suelo justo donde teníamos proyectado sustentar la escalera.

De esa manera tan espléndida escapé de la trampa del cazador. Pero el duro cerco no se rompió del todo; y con falsos testimonios de los servicios sociales, y de otros, siguieron adelante nuestros perseguidores con su atropello. Finalmente, viendo en peligro la vida de mi familia, busqué otro lugar para residir, y nos mudamos. Dos años después, un juez injusto nos impuso un alejamiento de nuestras viviendas de cinco años, y pagos por valor de treinta mil euros. Ese castigo nos supuso tener que vender aquellas propiedades, asunto en el que estamos metidos desde hace ya dos años. Malvendimos el piso hace un mes, con muchos malestares, problemas y disgustos.

Habíamos recibido una oferta por el piso de doscientos cincuenta mil euros al año de iniciar la venta, y aunque muy por debajo de su valor real, deseosos de poner fin a las tensiones que nos seguía reportando ser sus dueños, decidimos aceptarla. Pero sucedió entonces que, al pedirle al agente que corrigiera del texto del precontrato un error en mis datos identificativos, éste, molesto, nos llamó a las pocas horas diciendo que el comprador se había echado atrás por los impedimentos que yo ponía. Valiéndose de una relación privilegiada con mi esposa, logró convencerla de que por mi culpa, y no por otra cosa, habíamos perdido ‘aquella oportunidad’… y logró convencerme a mí de que, como sospeché desde el principio (cuando decidió tratar sólo con mi esposa «por ser ella la propietaria»), él había entrado a formar parte de la espiral de extorsión que amenazaba con tragarme para destruir mi familia. La confirmación me vino el mes pasado, ante el notario. Inopinadamente, el agente intervino informándole de que yo no había participado en la compra del piso, cosa que jamás oyó de mis labios, pues, de hecho, sí que participe aportando el cuarenta por ciento del total. Pero aquel despropósito, a decir verdad, no me extrañó, pues durante los dos años de trato con este profesional, me había visto varias veces en apuros por maniobras suyas; por otra parte, el lance en cuestión dejaba ver sus verdaderas intenciones: promover la separación de bienes entre mi esposa y yo, como parte del plan general de romper nuestro matrimonio; y ya cuento con que los instigadores del plan, que no tiran la toalla, guardan para el momento propicio ardides inconfesables para doblegar la voluntad de mi esposa. Como digo, pillar en tan elocuente renuncio al agente de ventas me despejó las dudas sobre su innoble propósito, pero, por si me quedara alguna, el remate de la compra-venta, con sus flecos, las barrió del todo.
Al año del disgusto de la falsa venta, y dos después de haber iniciado el trato con el agente, muy cansados de bregar con el tema, accedimos a vender el piso por los mismos doscientos cincuenta mil euros del principio. Se nos dijo que lo compraba una pareja con un bebé; ella, enfermera de treinta años, y él, psicólogo, de treinta y tres, empleado en un centro próximo, a doscientos metros de la casa. Les entregamos el piso impoluto: Casi ciento treinta metros útiles, con solados renovados por nosotros en baños, cocina y terraza, y con el parqué de tablilla de roble recién acuchillado y barnizado; aire acondicionado en todas las habitaciones, y bomba de frío y calor en el salón; las paredes y los techos liberados para la ocasión del viejo y sufrido gotelé, y oliendo aún a fresca pintura blanca, con un acabado perfecto; baño con lavabo encastrado en mueble de madera clara maciza de la Casa Garcisán, lo mismo que el aseo, el cual modificamos en su día añadiéndole una cómoda ducha y servicio auxiliar de bidet; dos terrazas recubiertas de monocapa y/o azulejo, y dotadas por nosotros de instalación de radiador; salita-despacho interior con obra de sustitución de cierre mural por tabique decorativo de cristal y madera, también de Garcisán, optimizando la habitabilidad y la estética; arreglo para mayor entrada de luz natural y acceso diáfano a la vista del pinar por la eliminación parcial de la barrera de lamas exterior del ventanal del salón; éste, la pieza noble de la casa, con treinta metros cuadrados más terraza acristalada de siete, todo exterior, y con vistas despejadas al cerro del molino y al Pinar de San Eugenio, zonas ambas protegidas; y, además de todo lo anterior, cochera amplia, trastero al fondo de la cochera, usufructo de piscina climatizada durante once meses al año, y una situación privilegiada, con salida directa a la A-42, y a escasos trescientos metros del casco y de la Avenida de Europa. La víspera de firmar el contrato, el agente nos recordó, con apremio, que debíamos retirar los electrodomésticos de la cocina; pero me fue imposible hacerlo (la mayoría de los apuros en que me había metido este profesional venían del hecho de que yo no podía aproximarme a la vivienda, de modo que cualquier operación que implicase ese acercamiento constituía para mí una fuente de problemas, llegando a darse el caso de empresas que, contra todo pronóstico, se negaban a hacerme determinados trabajos fáciles en el piso) y tuvimos que presentarnos a la firma sin haber solucionado lo de los enseres. Cuando íbamos de camino, llegando a la notaría, vimos que la pareja compradora cruzaba la calle delante de nosotros, y que iban riéndose y dando saltitos de alegría, como dos cervatillos… ¡Como pa nó, tú!
Era viernes, y, entrando tras ellos en el hall, mientras nos saludábamos, les rogué que me permitieran retirar los aparatos al lunes siguiente, ignorante yo de su mala disposición de ánimo hacia mí. Su reacción me dejó helado, como si mi falta supusiera un incumplimiento grave; y en los momentos siguientes no conseguí que el mozo depusiera su dureza, ni accediera a ninguna alternativa, como bajar la nevera, la lavadora y el lavavajillas al apartamento de abajo. Perplejo, e incapaz de entender su negativa a hacernos aquel pequeño favor, les ofrecí la posibilidad de servirse entretanto de nuestros aparatos… pero nada le parecía bien al caballero, a quien el gesto hosco y la respuesta tensa no le abandonaban, y tal parecía que sólo se iba a conformar con que aquella misma tarde lo solucionáramos… Una vez más, la amarga sospecha de que alguien hubiera influido en mi interlocutor, me asaltaba, reforzada por el hecho de que aquella tarde nos esperaba un viaje de seis o siete horas… Llegó en éstas el agente de venta, e interrumpimos el diálogo. Llegó también el notario, y nos sentamos a firmar. Del texto me llamó la atención una frase, obra también sin duda del agente: «El piso no es la vivienda conyugal de los vendedores…»; y entendí su significado en el curso del acto. Al informarnos sobre las obligaciones impositivas, el notario habló de varios ‘escenarios’, pero el agente intervino de nuevo para descartar el más favorable a nosotros: la reinversión de lo obtenido por aquella venta en una nueva vivienda habitual siempre que se cumpliera la condición de que la vendida hubiera sido durante los tres últimos años ¡la vivienda conyugal! ¿Por qué este mercader metió en la escritura, de su cosecha propia, aquella morcillita de «no es la vivienda conyugal«? Es más, ¿por qué lo hizo si sabía que, de hecho, sí lo era, y que sólo por efecto de un acoso y de una condena injustos hubimos de abandonar aquel nuestro nidito de amor? A estas alturas del juego, la posición del agente ya no me ofrecía dudas…
Del caso particular de este ‘comprador despiadado’ (Mt 18, 21) obtuve una doble certeza: primera, que su vergonzante conducta iba dirigida a causarme daño, en combinación con el agente inmobiliario, el cual, sabiendo lo penoso que es para mí todo asunto que implique entrar al piso, no pierde ocasión de agravar mi pena; y la segunda certeza es acerca de las leyes que rigen hoy la compra-venta: comprendí que sólo compran vivienda en buenas condiciones ‘los afectos al régimen’, los cuales son obsequiados con prebendas a cambio de entregar su alma al proyecto totalitario; y, del mismo modo, sólo ‘venden bien’ quienes cuentan con el beneplácito de los amos de España. Los que resistimos somos castigados. Y por eso mi esposa y yo, expropiados y exiliados de nuestras propiedades, llevamos cincuenta y dos meses obligados a pagar unos mil quinientos euros mensuales extras (aparte de otros castigos económicos) por la precariedad a la que un juez injusto nos condenó. Y esta amarga realidad explica que, después de esos cincuenta y dos meses extrañados del hogar, sólo hayamos obtenido, de su venta, la mitad de lo que nos cuesta uno alternativo -un adosado a 3,9 kilómetros de coche desde Puerta Bisagra, sin vistas, sin piscina, pendiente de arreglos, y sin nada de lo que ofrece vivir en el centro.
Desde que empecé a escribir estos blogs testimoniales, al tratar los sucesos de mi vida familiar saco conclusiones sobre la deriva social en la que estamos metidos. He relatado al detalle los grandes hitos recientes de esa evolución histórica totalmente novedosa: el sometimiento del país a la dictadura de los magnates por obra del nuevo poder de los medios, y sin derramamiento visible de sangre.
Este camino de servidumbre pasó el Rubicón con la consagración de la falsa memoria histórica, en el ceremonial mediático que ritualizó esa mentira condenando la memoria del artífice de la España saneada, una auténtica vejación intelectual y moral para la inmensa mayoría de los españoles, y perpetrada impunemente. Después, y como consecuencia de tan gran derrota, el huracán-covid se llevó por delante a una buena parte de los que podían levantar la voz como testigos contra tan perversa adulteración histórica. Y este fenómeno fue la puesta de largo del moderno poder destructivo mediático-digital, que opera creando sinergias silenciosas para el mal, y que nos deja paralizados y desorientados, y a merced de la plutocracia. Desde el covid hasta hoy, los medios han pasado de ser un recurso útil para la ciudadanía a ser nuestros carceleros: cinco años suministrando adormidera informativa, páginas y páginas de guerras extrañas que nadie entiende, ni puede entender, porque no existen de hecho.
Merece que me detenga en este punto, que asombrará al lector bien pensante y escandalizará al esquinado; pero en el magma de confusión actual, a este servidor, que viene años haciendo la crónica de la infamia de los medios, las grandes mentiras -tipo dana- que se les han escapado de las manos, y las persecuciones personales que la denuncia de estas manipulaciones le ha acarreado, le han dado la certeza de que un gigantesco engaño mediático dirige hoy la política mundial; de tal manera que las masas, sin permiso de éstas, van siendo llevadas hacia la esclavitud en beneficio de una minoría adinerada, a la que mueve el orgullo, y su vacío interior, nunca satisfecho.
La transformación radical de la Prensa en instrumento de dominio no deja lugar a dudas: no hay forma de atar cabos con ella; si hoy te parece haber entendido algo, mañana te desengañas. Donde hace un par de lustros leías y obtenías luz, hoy sólo encuentras trampas. De poner el acento, como es normal, en los asuntos nacionales, hemos pasado en poco tiempo a ver sólo páginas farragosas de guerras lejanas a las que no hay por donde coger. Y en la otra cara de la moneda, cuando te acontece toparte con un articulito muy claro, es señal inequívoca de que también eso es mentira, la mentira que el pérfido sistema quiere que asumas como verdad. Esto se ve claro en la última entrega de ‘sapos y culebras para tragar’: la de la guerra de Irán… ¿Quién se puede creer que la errática política del líder de los EEUU sea algo más que un cuento, que tenga alguna base real? ¿Qué sentido pueden tener las veleidades de ese personaje? Por sus frutos los conoceréis, y ese esperpento político produce un efecto claro: el desánimo de la población, el convencimiento de que nada puede hacer ella por influir en su propio futuro, por más que lo intente. Los sobresaltos, la falta de lógica, la disrupción continua, y la merma de poder adquisitivo que a esas alteraciones se atribuye, causan indefensión aprendida en la población, parálisis, anonadamiento.
Este calamitoso estado de inhibición es, sin embargo, fruto del engaño, y no de una adversidad real, es un espejismo. No tenemos certeza de cuáles son las tensiones del mundo de hoy, muy distinto al de la guerra fría, con acciones y reacciones claras; hoy todo es lío. Pero esto mismo es una evidencia de que esa confusión es provocada y tiene un propósito, el cual, obviamente, no es mejorar nuestra situación. Cabe pensar que, en el camino de la complejidad a la que ha llegado el mundo hoy, los políticos hayan ido delegando funciones, y se haya ido formando una élite directiva mundial, fuertemente tecnologizada, la cual estaría gobernando la vida del planeta al alimón con los medios, de modo que, encapsulada la población en las invenciones de éstos, se la pueda ir despojando de sus recursos, para someterla y para alimentar las arcas que tienen que sufragar los ambiciosos proyectos con los que se pretende dar a luz a un mundo nuevo. Sin embargo, por las pistas que nos van llegando, y a la luz de la razón iluminada por la fe, ese mundo ideal es sólo viable en las exaltadas imaginaciones de sus promotores: un mundo sin matrimonios ni familias, sin partos, sin proyectos personales, sin calor ni amistad y sin pena ni gloria; un mundo sin pobres, sin problemas económicos, sin dolor… y sin esperanza. Pero, perdón, porque sin querer me he ido al final de la historia… Esas guerras que nos tienen malamente entretenidos revelan su falsedad cuando ‘se nos explican con claridad’. He pinchado en unos cuantos enlaces de un reportaje sobre la nueva guerra de Irán, y en uno de ellos me encontré con un cuidadoso análisis del tema, en inglés. Lo de que fuera en inglés es como para convencer de su calidad y veracidad, pero lo de que yo haya podido entenderlo todo, sin usar ni una sola vez el diccionario, revela que estaba compuesto para convencer a multitudes medio cultas, como yo. Por otra parte, el texto deja un regusto inconfundible a redacción de escolar de secundaria, con lo cual acabamos de convencernos de que no tiene nada de veraz. Que una potencia bombardee de buenas a primeras un país cualquiera, sin que eso cause una conmoción peligrosísima en el planeta, no se puede creer. El equilibrio del ecosistema planetario debe ser hoy tan delicado, que repugna a la razón pensar que un líder ochentón, y fanfarrón por demás, pueda intervenir impunemente en él, como si de un niño pisoteando castillos en la playa se tratara. Forzosamente, la verdad tiene que ser otra, y mucho más temible.












En medio de esta guerra, las señales de que su principal objetivo inmediato es acabar con la familia -por ser la imagen de Dios (trinitario) en la tierra- y en su lugar instalar fábricas de seres homínidos que obedecen, sin transgredir nunca, al nuevo dios de los números, se multiplican. En el Parque de las Tres Culturas se solían reunir desde hace años muchas familias de hispanos; domingo tras domingo se las podía ver frente a San Julián, hombres, mujeres y niños, ocupando la cancha de voleibol y sus alrededores, con sus meriendas, su música, sus bailes, y sus historias… hasta que un buen día, hace muy poco, un jefe en la sombra, que Dios le perdone, ordenó acabar con aquel lugar de esparcimiento saludable, y convertir aquel rincón familiar en una estéril y fría cancha de pádel. Yo pasaba a menudo por allí, y saludaba, y me alegraba interiormente de su alegría… ahora los echo de menos. Toda una metáfora de lo que nos viene encima. Dios nos pille confesados.


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