REINA DE LAS FAMILIAS, REINA DE LA PAZ

Convencido de que vivo en un gran país, poblado de gente sincera, yo, que también me tengo por tal, cumplo con una misión al escribir este blog: extender la paz de Dios.
En esa paz vivimos, nos movemos y existimos; y fuera de ella no hay vida que merezca tal nombre. Fue ganada con la sangre de Cristo, que, siendo el único justo, murió generosamente por el resto de los hombres, todos injustos. Quien se acoja a ella, gozará de sus bienes, quien no, ya tiene su penitencia, pues vivirá esclavo de sus pasiones.
A vosotros, pues, que compartís la fe en el Hijo de Dios, que murió por nosotros, y que con su sacrificio ganó la vida eterna para los hombres de recta conciencia, os saludo: paz y bien.


Quien más, quien menos, todos tenéis experiencia de la violencia que se ejerce contra este mensaje de paz y esperanza que es sentido y guía de la Historia, salvoconducto para llevarla a su último destino. Por mi parte, suelo dar aquí mi testimonio de esas arremetidas violentas que buscan apartarnos de la verdad, y que, no me cabe duda, van unidas a la guerra total contra la familia, porque me parece necesario destapar la herida para sanarla, y, aunque escueza, es altísima caridad hacerlo.
Todos vosotros lucháis en esta guerra, y, mayormente, con la ayuda de Dios, vencéis vuestras batallas. Experimentáis, con sordo sufrimiento, las insidias del enemigo, soportáis con paciencia las insinuadas catástrofes familiares que os anuncia; y encajáis resistiendo al odio sus golpes y pullas reales: castigos económicos, detrimento de fama, malas influencias a vuestros hijos o cónyuges, etc. etc. Con todo, a pesar de eso, seguís adelante, dando lo mejor de vosotros mismos, buscando fuerza en la oración, consejo en hombres de Dios, apoyo en los hermanos, fortaleciendo así vuestra fe y las demás virtudes. Y de esa manera os hacéis ejemplo y sostén para los demás, en especial para los más débiles, o los ‘no-firmes’ en la fe.
Existe una Iglesia sacramento de salvación para el mundo, presencia viva de Dios entre los hombres; y es luz en medio de la oscuridad del siglo. Una Iglesia que es, por supuesto, familia de familias, refugio de náufragos, y escuela de santos; y su presencia es imprescindible siempre, aunque hoy más que nunca.
La transmisión de la verdad eterna se realiza de manera natural en el hábitat familiar; y en ningún otro sitio se puede hacer. Porque el correcto modo de vivir no depende de unos conocimientos sólo intelectuales, sino que hace falta el calor de un hogar, el fuego siempre encendido que, de las penas y las alegrías de la vida, sabe sacar los panes de fraternidad, esas experiencias que graban en el alma la Palabra de la Verdad, la verdad del amor.

Se oscurece la conciencia, se disipa la responsabilidad… ¿Quién tiene la culpa? Cae la familia, ruedan sus retoños por el suelo… se derrama la sangre de Cristo… otra vez…

«¡Oh, la conciencia sin malicia! / ¡la carne, al fin, gloriosa y fuerte! / Cristo de pie sobre la muerte, / y el sol gritando la noticia…

Nuestros sentidos, nuestra vida, / cuanto oscurece la conciencia / vuelva a ser pura transparencia / bajo la luz recién nacida. Amén.

Pero las familias, células de la Iglesia y de la sociedad, necesitan un orden estable y fiable, que las reafirme en el Credo; un Defensor, que las proteja de las asechanzas del Maligno; y un maestro, que las guíe a la Verdad a través de los errores del mundo. Y todo eso se halla en la Iglesia santa, en su complejo entramado orgánico; pero es necesario que cada uno, en el puesto que Dios le haya asignado, cumpla con su función.
En este sentido, es la sangre de Cristo, circulando por las venas y arterias de la Iglesia, la que vivifica todo el cuerpo. Esa sangre se hace vida en nosotros si la comulgamos en estado de gracia, y el crecimiento que nos reporta se nos hace patente por la paz que infunde en nuestras almas; paz que disipa las sombras de nuestras conciencias.
Esa luz nueva y distinta -el Espíritu Santo- no se puede suplantar, no se puede sustituir por discursos. La unión con Dios es personal, y Su vida se nos transmite en la Eucaristía y la recibimos en la buena conciencia. De nada vale que busquemos sesudos argumentos para nuestras acciones si no los proporciona el Espíritu. Éste habla de parte de la verdad, es la Verdad; en ella está contenido el amor, y nuestras obras son amores si proceden del Espíritu Santo y no de nuestras buenas razones.
Es necesario recuperar el santuario personal de la conciencia -el ‘lugar’ de adoración- que en tiempos turbios a menudo queda tapado por la maleza del mundo: «Señor, creo en ti, sé de quién me he fiado, y estoy persuadido de que terminarás en mí la obra comenzada. También lo estoy de que no permitirás que resbale mi pie, y de que, mientras yo sea sincero contigo, todo lo que me suceda será para mi bien. Y así, fiado en ti, me meto en la refriega; fiado en mi buen Dios, asalto la muralla. Señor, a ti me acojo, no quede yo defraudado. Socórreme, que soy un fiel tuyo, hijo de tu esclava… rompiste mis cadenas.»
Esto tenemos que procurar, ‘sin descuidar aquello’… La sangre de Cristo habla mejor que la de Abel; ésta reclama justicia terrena, la de Cristo, en cambio, reclama perdón para los enemigos… Y así se ha convertido en la última… la eterna palabra que tenía que venir al mundo.
Nuestra salvación y la del mundo entero reclaman un anuncio valiente de las verdades de fe. No se puede servir a Dios y al dinero… no es admisible la simulación, los rodeos verbales, pues son rodeos de la cruz. Y la Cruz es el manantial de la sangre purificadora; es faro de luz, y no escollo amenazador.

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