El 13 de mayo de 2011, en Fátima, el recién beatificado Juan Pablo II mereció un signo del cielo, una corona de luz en torno al Sol, de lo que mi familia y yo fuimos testigos.
Vivimos en la desolación más triste de todas cuantas existen, la que ni siquiera puede ser considerada como tal en la propia conciencia, avasallada ésta como nunca por la mentira sublimada. Y los que profesamos, con persecución, ser seguidores de la verdad, experimentamos a diario el dolor de ser señalados como impíos. Desde luego, la impostura ha hecho muy bien su trabajo. ¡Qué pena que nuestro papa se vaya a sentar a la mesa con los que se dicen hermanos sin serlo!; pues en San Pablo (1Cor 5,11) se dice que, con ésos, ¡ni comer! Más le valdría ser arrojado a los leones…
La mentira no descansa, y por eso el Señor nos exhorta a estar vigilantes para impedir que abra un boquete en nuestra casa y arrample con todo. Pero el desgaste de los años, y ‘el mal de la piedra‘, han abierto huecos en las muros de la Iglesia, y por ellos han entrado en tromba los partidarios del engaño.
«¿Qué tipo de actitud debo tener yo como creyente delante de una aparición aprobada por la Iglesia -una revelación privada? ¿Una fe humana -o sea, que puedo creer si me viene, y si no me viene no pasa nada- o una fe teologal -o sea, una invitación de Dios a tomarla en serio? ¿Me dejo ayudar -sin negar lo que dice el CIC: ‘no pertenece al depósito de la fe’- para vivir más acorde al evangelio en una determinada época histórica; o, siguiendo la sugerencia de Karl Rahner (que es una provocación) estoy obligado a atender al contenido de dicha revelación por ser Palabra de Dios?«
Este exordio dio comienzo esta semana a una serie de conferencias en torno a Fátima en nuestro Seminario. Al terminar la primera charla pregunté si existía un hilo conductor en las apariciones marianas de los dos últimos siglos; y también si la que precedió a la de Portugal –Knock Shrine (Irlanda), 1879– constituía, por tener como centro a la familia humana de la Virgen, un anticipo del gran anuncio de Fátima de que en el Armagedón (Ap 16, 16) el mal combatiría a las familias. Pero, con hondo penar, recibí como respuesta la descalificación moral del prelado al que Sor Lucía hizo esta confesión, eminente por demás, y muerto en olor de santidad. Este cardenal había sido encargado de poner en marcha el Pontificio Instituto para Estudios del Matrimonio y la Familia -desmontado luego por Francisco- que iba a ser anunciado al mundo por San Juan Pablo II en el preciso día de su atentado. De modo semejante, escuché entristecido los comentarios desafectos hacia este papa santo y hacia Benedicto XVI con los que la ponente salpimentaba su discurso; los dos pontífices, junto con Pablo VI, que más han hecho por apuntalar la institución del matrimonio en estos calamitosos tiempos.
Se daba el caso de que unos días antes de lo narrado, habíamos vuelto mi familia y yo de Fátima, del encuentro anual con cientos de familias que desde hace décadas se celebra allí. Nos congrega la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y en un clima de oración, formación y adoración, convivimos estrechamente durante cuatro días en torno a la Virgen. Es asiduo a este evento cierto prelado español, nacido de esa espiritualidad, y por tanto muy querido y cercano a este grupo de familias. En los últimos años nos reuníamos con él (en el aula Pablo VI) todos los peregrinos, y nos hablaba de la actualidad de la Iglesia. Era un momento de espléndida fraternidad, con entrañables reencuentros y gozosas oportunidades de proyectos en común.
Sin embargo, la crisis de la Iglesia se ha ido dejando notar cada vez más en la configuración de esta peregrinación; y en la edición de este año, se han echado en falta la presencia de invitados destacados en las charlas formativas, los testimonios de vida cristiana, y las facilidades para el encuentro con otras familias. Este último era propiciado por la cercanía de los hoteles que nos albergaban, que esta vez no se dio. A los matrimonios mayores nos alojaron lejos de los jóvenes y medianos, diciéndonos que no cabíamos en los de antes. Pero no ganamos con el cambio, sino al contrario, ya que la sala que nos servía para la formación no reunía condiciones, y el comedor tampoco, empobreciendo mucho la convivencia.
En ediciones anteriores ya habían pasado cosas que anticipaban este deterioro. Sucedió en una de las últimas que la torpeza de los organizadores dejó en evidencia una manipulación del debate que habitualmente seguía a la ponencia del obispo. En el contexto de crisis eclesial afloran casos como éste, en los que se adivina la presencia de los que, diciéndose cristianos, no lo son. Y muy frecuentemente son éstos los que introducen cambios en dinámicas bien consolidadas y fecundas para corromperlas. Y sucedió también este año, que, habiéndonos aislado del resto, vino el obispo a nuestro hotel a darnos una pequeña charla, actualizando la importancia de las apariciones de Fátima para el momento actual de la Iglesia. Hoy es tónica habitual en la vida de la Iglesia que, de una manera o de otra, se centren las discusiones en el tema de la mujer. Y a mí me asombra que no haya autoridad que diga claramente que ése es un camino sembrado de abrojos, que transcurre paralelo al que en el ámbito civil conduce a la destrucción de la familia y la sociedad, y tiene el mismo fin que éste. Según esto, en la edición de este año, el obispo nos estaba hablando del papel relevante de María, etc., y, llegado el delicado momento del debate, en que dos años atrás había quedado en evidencia el manejonteo de los falsos cristianos, otra vez sucedió que los nervios de éstos los delataron en sus firmes propósitos de silenciar las preguntas incómodas al prelado, al que procuran mantener en un limbo propicio a sus intereses. Ante esa nueva flagrante intromisión, señalé públicamente a los atrevidos impostores; y, cuál no sería mi sorpresa que, estando yo después comiendo solo (según la recomendación de San Pablo a los corintios), uno de aquellos vino a sentarse conmigo para darme un aviso (en esta batalla final, el mal usa técnicas militares -asunto que he documentado en relación al famoso Emaús, como apunto en el siguiente extracto de ‘alcielo’)

El »hermano» en cuestión resultó ser un agente del CNI, y me dijo que me anduviera con mucho cuidado, pues si hasta ahora «se habían portado muy bien con mi esposa y conmigo» la cosa podía cambiar. En realidad, como sucede a menudo en el ejército enemigo, su arrogancia nubla su entendimiento, y, con sus palabras, este mando me estaba desvelando su desinformación. No sabía bien cómo había sido la historia de mi persecución en sus inicios y en su desarrollo, ni como en tiempos del covid había quedado patente la intervención de la intelligentsia en las desgracias de mi familia desde el primer momento, y, concretamente, en el encierro de mi esposa. Por otra parte, en aquel breve diálogo yo le hice una pregunta que no supo contestar; y ahí quedó la cosa; por el momento.
El deterioro de la institución natural del matrimonio, pensada por Dios para atraernos a Él mismo, reclama una urgente reparación, que sin duda pasa por un proceso de purificación, sanación, y fe en la presencia real de Dios entre nosotros. Este es el mensaje de Fátima, que ha suscitado honda acogida en el pueblo, expresada en el rezo del santo Rosario, verdadera escuela de santidad.
El Papa Francisco no podía no volcarse en su misión de pastor de almas, habiendo accedido al cargo en medio de una gran crisis del rebaño. En la estela de San Juan Pablo II, que lanzó al mundo su famoso grito de «No tengáis miedo», el Papa Francisco enfatizó en sus dos primeras exhortaciones la alegría cristiana. Lo hizo de un modo general en la primera, Evangelii Gaudium (El Gozo del Evangelio), pero dirigiéndose específicamente al matrimonio y a la familia en la segunda, Amoris Laetitiae (La Alegría del Amor).
Se podría decir que la teología del cuerpo de San Juan Pablo II, y la teología del amor de Benedicto XVI, proporcionan la fundamentación para una pastoral reparadora, en la cual puso un particular acento el papa Francisco. ¿No habla Dios mismo en esta providencia, pidiendo restaurar su ‘imagen’? ¿Y no fue eso mismo lo que pidió María en Fátima?
En la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Portugal está registrada la foto que encabeza este artículo, con el milagro que presenciamos en la explanada de Fátima varios miles de fieles el 13 de mayo de 2011, justo cuando se cumplían treinta años del infausto atentado contra la vida de San Juan Pablo II, que a la sazón llevaba treinta meses en el cargo. En aquella gracia especial -un fenómeno solar nunca antes visto, doy fe- el que hiciera recorrer por el mundo el «Totus Tuus, María», ya con ella, y por Ella, nos alentaba a perseverar en las virtudes.

De la respuesta de cada uno a la amistad con Jesús, alimentada por la enseñanza y la asistencia de la Iglesia, se ha nutrido nuestra civilización de manera misteriosa pero eficiente durante los últimos dos milenios. En todo ese tiempo han sufrido los fieles constante oposición, y su sangre ha sido fermento de santidad y de verdadero progreso. Tenemos muy cerca la experiencia martirial de miles de hermanos en la fe, que, encomendando a María la pureza de sus almas, combatieron a un tiempo el odio y la mentira; y su sangre frenó, una vez más, a la impostura.
Hace cuarenta años que los cuarenta anteriores cedían a una nueva embestida del engaño. Con la seducción del dinero se abría paso una concepción de la vida que engendra muerte. Y al cabo del tiempo ya se están retorciendo las mentes para poder subsistir a la miseria moral que nos envuelve.
Nunca dijo Jesús: «Cuando veáis actuar a la injusticia, volved la mirada para otro lado; y tomad a todos por buenos». No; eso es un error; lo que dijo, más bien, fue lo contrario: «Venced al mal a fuerza de bien; cuando, tras haber denunciado la impiedad, os golpeen en la mejilla, poned la otra, para probar la culpa del impío».
Procede, con urgencia, recuperar el buen uso del lenguaje, que se está viciando a pasos agigantados y aproxima con celeridad la ceremonia del caos. Conviene llamar a las cosas por su nombre, abrir claros en la oscuridad reinante. Cuando Franco le dijo al General Walters, enviado por Nixon a preguntarle a Franco qué había pensado para después de su muerte, la contestación del caudillo fue la siguiente:



En el libro Aquí Hubo una Guerra, de Aguinaga, del 2011, cuya lectura recomiendo vivamente, hay una página, que pego a continuación, con unas reflexiones del periodista Juan Luis Calleja (nieto del otro Calleja, el que se hizo famoso por ‘sus cuentos’) en torno a lo sucedido el 23 F. De este episodio, por más que se diga, se ha divulgado una explicación sesgada y falta de veracidad, que deja al margen la verdad que nos podría ayudar a entender la actual situación de España (y una prueba de esto es que actualmente no se puede ver el vídeo del asalto al congreso tal cual fue, sin cortes -en uno de los más difundidos, de un minuto de duración, hay siete cortes de cámara, superposiciones y desacople de imagen y sonido).

Si, tal como Aguinaga documenta excelentemente, el ejército pasa de ser piña en torno a Franco a serlo en torno al Rey, no se explica que ‘fabriquen’ un golpe apenas cinco años después de muerto Franco. ¿Quién y por qué iba, con tanta premura, a poner en riesgo lo construido con tanto esfuerzo a lo largo de cuatro décadas? ¿Y cómo iba un cuerpo tan poderoso a ponerse de acuerdo tan rápidamente en una misión tan arriesgada y radical? Tampoco, según el estudio de Aguinaga, cabe imaginar que el Rey lo quisiera. Entonces tuvo que ser cosa de unos pocos, nostálgicos… y de otros pocos, esquinados… que cogieron, estos últimos, al soñador Tejero por cobaya para que pagara, con sus casi dieciséis años de cárcel (más que Armada y Milans juntos) la factura de sus turbios intereses.
Juan Luis Calleja tiene una visión a pie de calle de lo que sucede en la Transición, pues tenía doce años cuando estalló la guerra. En el artículo siguiente comenta el primer discurso de la democracia, el acontecido en junio de 1977 tras la elección por mayoría de la UCD para formar gobierno. Nos regala unos interesantes comentarios útiles para construir una verdadera democracia; de ellos se pueden sacar valiosas lecciones para el presente.
Durante una larga temporada, se dijo que España vivía “despolitizada” y se exigió la politización. De los politizados años 30, recuerdo una tarjeta que mi madre cosió en el revés de mi abrigo, con mi nombre y señas manuscritos, para que sirviera como la chapa de identidad del soldado que va a la guerra. Tenía yo doce años y sólo iba al colegio; pero las ensaladas de tiros eran tan frecuentes como las de tomate y lechuga. Dos de los zafarranchos que pudieron costarme la vida fueron célebres; uno, el que mató, casi al lado de mi casa, a Matías Montero; otro, el que atentó contra Jiménez de Asúa, que tenía el mismo portal que unos tíos míos, en Goya, a solo tres manzanas de mi colegio; pero, como los chicos no podíamos pasarnos el curso metidos en casa, a mi madre se le ocurrió la idea de la tarjeta. Imagino con cuánta ilusión política. Por lo que se ve nos estamos politizando de nuevo, pero se nos habla menos de politización… Y eso que ofrece una ventaja: hace más interesantes los discursos… El interés de los discursos es directamente proporcional a la inquietud social e inversamente proporcional al cuadrado de la tranquilidad. A lo mejor explica esta ley -que ofrezco a la consideración de los hombres de ciencia- la sosería de muchas piezas verbales de los cuarenta años últimos; sin el drama casi diario de la República ni Indalecio Prieto, ni Manuel Azaña, ni Calvo Sotelo, ni Gil Robles -lo mismo que Cicerón con la conjura de Catilina- hubiesen hilvanado aquellas catilinarias que les hicieron brillar en un parlamento de buenos oradores; y sin la congoja de las horas que hoy vivimos tampoco el Presidente del Gobierno nos habría tenido suspensos el sábado pasado. Al parecer, Suárez ha logrado un éxito de público y crítica; no diremos que sin merecimiento. Limpio de palabrería, resuelto, su discurso tuvo un tono a la medida de la ocasión; yo, que no creo en la democracia liberal, pido a Dios que Don Adolfo Suárez acierte; que salga bien lo que se propone, y que la historia inmediata desmienta mi opinión; y le pido también que me inspire cómo ayudar. ¿Quién no desea que termine en feliz viaje la aventura en que nos han metido? Aspiro a prestar mi ayuda revisando dos ideas del presidente Suárez: una, que «las soluciones definitivas dependen del espíritu con que toda la sociedad quiera responder». Otra, que «los atentados y secuestros persiguen estrangular el proceso de evolución hacia la democracia». Tanto se insiste en lo último que sin duda el Gobierno tendrá sus razones, pero nosotros no las vemos por parte alguna. En cambio, las hay para creer que algunos no tienen al régimen por bien muerto y necesitan arrasar cualquier posible resurrección. Por lo pronto, a cada atentado logran reafirmar y consolidar la voluntad del cambio en el Gobierno y en la prensa. La importancia de este resultado, no precisamente desdeñable, no podría relacionarse con los propósitos del terrorismo. Desde luego, era tan evidente, en sus principios, la intención de tumbar el sistema, que no se entiende cómo lo hemos olvidado. Durante mucho tiempo, el régimen esgrimió el progreso, la paz y el orden como justificantes de su gestión; aparte, la política social. Resumió este argumento en sus bodas de plata con una frase: 25 años de paz. ¿Qué respondían sus enemigos? Respondían que las dictaduras sólo dan orden público, que aquella paz era la de los cementerios, que el orden sólo es anquilosis, inmovilismo y despolitización, y que había que politizar el país. Pero estos tiros salían por la culata. Cuanto más se atacaba al orden, más le gustaba a la gente. ¿Qué se les ocurrió entonces a los enemigos declarados del régimen? No lo sé, pero lo sospecho: destruir su imagen de eficaz guardián de la tranquilidad. Por lo menos, eso logró la repentina serie de atentados y secuestros contra policías, guardias civiles, industriales y cónsules extranjeros. Fue entonces, me parece, cuando empezó la urgencia de reconciliarse y cuando el pueblo español prestó oídos a la nueva argumentación: había que restablecer la paz ciudadana y la convivencia; había que buscar salida al callejón en que nos metió la naturaleza de un régimen sin cauces y sin representación. Había que cambiar hacia el sistema de partidos, garantía segura de legitimidad, convivencia y paz. Sí: fue entonces cuando los españoles empezaron a escuchar todo eso. Los atentados culminaron en el asesinato del Almirante Carrero, en 1973, y en la matanza de varios agentes de la policía armada, el primero de octubre de 1974, el día de la manifestación de protesta contra el incendio y saqueo de embajadas españolas. Poco más tarde, Franco quedó en el Valle de los Caídos.
Y preguntamos: ¿quiénes pensaban entonces qué, muerto el caudillo, terminarían los atentados contra el régimen? Parece que nadie; no, desde luego, quienes aseguraron desde el extranjero que, si el fascista Juan Carlos seguía en el trono, ellos acentuarían de tal modo la ola de terror que estallaría otra guerra civil. Tampoco quienes volvieron a escribir mil veces que la única salida a la paz y a la convivencia era la apertura. Menos aún, los que hicieron la propaganda a favor del sí, hablando del cambio sin riesgo. Y nosotros tampoco, pues creíamos que ni la continuidad ni la reforma evitarían un terrorismo que trabaja en todo el mundo, sin exceptuar las democracias. No parece tener vuelta de hoja: con la monarquía del movimiento y el régimen de Franco intacto, el terrorismo hubiese usado las metralletas y las bombas, igual que ahora. ¿Y qué explicación hubiese dado el gobierno? ¿Que alguien quería interrumpir su decidido propósito de lograr la democracia plena? ¡Hombre, no! El gobierno habría ofrecido dos explicaciones, que figuraron, por cierto, en el discurso de Suárez. Las únicas que debió leer porque eran las justas, a nuestro juicio: que estos atentados -que no son sólo de aquí ni de ahora, como dijo el mismo presidente- tratan de romper la confianza en el gobierno, cualquiera que sea ese gobierno, y que se trata de atacar las estructuras del estado. No se puede resumir mejor el eterno programa revolucionario, cien mil veces publicado por los enemigos más identificados del régimen, en particular, y de todas las instituciones de matiz conservador, en general. Y aquí viene mi modesta ayuda a la salud de la democracia. No son esos enemigos, ni los terroristas, como supone el presidente del Gobierno, quienes pueden hacerles creer a ustedes que se han equivocado al aprobar la reforma política, sino quienes han presentado el sistema de partidos como una maravillosa vacuna contra la inestabilidad y el desorden. Hay que decir la verdad escueta: que la democracia no es la salida ni la solución que el Hombre buscaba ya en tiempos remotísimos. La democracia es una herramienta costosa, de difícil manejo, rara en el mundo; cuya validez depende de quién la use, cómo, cuándo, dónde, para qué y por qué; el pueblo español necesita saber cuáles son los flancos vulnerables de esa forma de estado y qué armas pueden acabar con ella fácilmente: no tanto los atentados -los hay en todas las democracias- como las hostilidades sociales desatadas, las huelgas desmedidas y la ruina que implican. El pueblo español debe saber dónde se ha metido. Por eso, decirle que las definitivas soluciones dependen del espíritu con que toda la sociedad quiera responder es vago y excesivo. Al oírselo al presidente, puede que muchos nos hayamos sentido arengados, y, en nuestros hogares, hayamos iniciado un movimiento de colaboración. Puede ser que nos hayamos puesto en pie, o tal vez tuvimos un ¡viva! en la garganta y un arranque solidario en todo el cuerpo. Pero tras el primer impulso, es fácil que hayamos vuelto la mirada a nuestro alrededor y nos hayamos encontrado solos, confrontados con las miradas inocentes de nuestros hijos… Y en ese momento hayamos notado que el ¡viva! se nos quedaba muerto en la garganta.
¿Qué podemos hacer? ¿Cuál es el espíritu que se nos pide? ¿La audacia? ¿La imperturbabilidad? Movimos la cabeza, desolados: no podemos evitar que el terrorismo nos asuste, aunque nos notifiquen la eficacia del valor estatuario. El terrorismo está para eso y, además, las intenciones gallardas sirven de poco en soledad.
Creo que, al dirigirse a la sociedad, hay que explicar a qué sociedad nos dirigimos. Los únicos que pintan algo, y mucho, en el problema que ocupaba al presidente y su discurso, son los grupos sociales organizados. Y… a esos, sean materiales o espirituales, políticos o económicos, militares o civiles, no basta pedirles espíritu. Hay que darles medios, órdenes, circunstancias estimulantes, ambiente propicio y autoridad. Diríamos, para terminar, que “el espíritu con que toda la sociedad responda” depende del espíritu con que el gobierno gobierne. (Fin del artículo de Juan Luis Calleja de junio de 1977)
De este enjundioso texto, destaco una frase: «el pueblo español necesita saber cuáles son los flancos vulnerables de esa forma de estado y qué armas pueden acabar con ella fácilmente: no tanto los atentados -los hay en todas las democracias- como las hostilidades sociales desatadas, las huelgas desmedidas y la ruina que implican«. Aquí se contiene el programa que sistemáticamente viene aplicando la Agenda a nuestro país, con especial empeño en el último lustro: sembrar ruina, caos, y división social, y después… los muros de la nación se caerán solos. (A abundar en esa ruina se dirigen los rumores de guerras y las guerras sólo mediáticas que nos dan a tragar los diarios día sí y día también, en vez de cumplir con su trabajo de informar.)
Mi lucha es contra el mal. La oración final de la misa de hoy decía que nada tiene que temer aquel que en su interior ha vencido al pecado. Es la misma idea que expresa la figura del Caballero de Mamberg, el cual se lanza a la lucha con serena dignidad porque en su interior ha vencido al mal. Una cosa muy importante le oí decir al papa San Juan Pablo II cuando nos explicaba su famosa exhortación a no tener miedo. Nos hablaba de distintos tipos de temor, y uno de ellos era el miedo a la propia debilidad. Cuando uno se enfrenta a los desafíos de la vida, que mayormente son los desafíos del mal -la guerra que nos hacen los enemigos de Dios- una de las cosas que más te hacen vacilar es la consciencia de la propia debilidad. En esta batalla que libramos, que es la de David contra Goliat, en la que tarde o temprano sucede que ‘un ejército acampa contra nosotros’, adquiere toda su intensidad la exhortación que Jesús les hizo a sus discípulos antes de ascender al cielo: En la vida tendréis luchas, pero ánimo, yo he vencido al mundo.
Muy a menudo viene a mi memoria una frase de una estampita de la Madre Maravillas: ¡Qué fiel es Dios en sus promesas! Y lo decía al final de su larga vida de dedicación al Señor. El temor a la debilidad se concreta para mí en que cuando pongo las manos en el teclado (generalmente para defenderme de calumnias e injusticias o para denunciar el oprobio social a que estamos sometidos), cuando me pongo a escribir, digo, estoy a menudo sacudido y zarandeado por emociones muy fuertes, que me vienen envueltas en la tentación de orgullo: ¿me estaré dejando llevar de mis deseos de venganza?, ¿me moverá mi amor propio? Y me es necesario vencer esa tentación para hacer el bien, que es el verdadero motivo por el que escribo. Por eso me es de gran ayuda la exhortación de San Juan Pablo II, aplicada a mi debilidad. Porque todos hemos pecado y todos cargamos con la turbiedad de nuestro corazón, la cual nos lleva a menudo a interpretar mal lo que sucede a nuestro alrededor y lo que nos sucede a nosotros mismos. Esa deformación de la mirada es la consecuencia del pecado, algo así como cuando cae una gota de tinte en un cántaro de agua, que a pesar de ser sólo una tiñe todo el contenido. Y entonces decimos: “Soy un miserable, ¿cómo voy yo a criticar a nadie?”, cuando la realidad es que nuestro corazón siente en lo más profundo la injusticia, como una herida contra uno mismo y contra la entera familia de la humanidad, y naturalmente se rebela contra ella. Pero frente a esa dificultad acuden en nuestra ayuda todo el conjunto de virtudes que desarrollamos dentro de la Iglesia, las cuales nos van perfeccionando, haciéndonos más sabios, capaces, y valientes.
Desde luego, el meter miedo en el alma es la forma más antigua de dominación que existe. Y funciona, justamente, por la existencia del pecado: como todo el mundo peca, es fácil sentirse señalado por el acusador. Pero el hecho de que seamos pecadores no nos impide actuar para el bien; y desde una conciencia habituada a la paz no es difícil desenmascarar los argumentos que nos hacen callar. Por ejemplo, una persona acostumbrada al trabajo duro, reconoce inmediatamente las actitudes del que vive del cuento; o sea, que una vida honrada nos defiende, nos enseña a distinguir el bien del mal, a los benefactores de los impostores.
Esto es especialmente importante en los tiempos de confusión que vivimos; y concretamente dentro de la Iglesia, precisamente por estar abierta a todos. Preservar la fe es crucial… y nunca mejor dicho; porque el núcleo de nuestra fe es creer que en la cumbre de la Historia nació un hombre que se plantó ante Satanás, el inventor del odio, dejándose clavar en una Cruz. Y a partir de ahí todo cambió, virando el mundo hacia la contemplación de ese monte santo, del que nos llega todo lo bueno. De ver que un hombre como nosotros ha sido capaz de vivir siempre amando nos llega la fe en la resurrección; y con ella la esperanza y el verdadero amor fraterno.
«En el mundo tendréis luchas, pero ¡ánimo!, Yo he vencido al mundo», dice el Señor; y no nos es lícito eludir el combate, máxime cuando tenemos garantizada la victoria. Está hoy crecido el enemigo, por la obnubilación y el amilanamiento que la seducción de la riqueza ha causado entre nosotros; mientras que sus partidarios no cesan en sus propósitos destructivos. Operan siempre en la sombra, y su especialidad es la traición y el fraude.
Se han hecho dueños del país mediante el engaño, y nos desangran a la vista de todos sin que nadie mueva un dedo para impedirlo. Manejan la calumnia y la mentira con maestría inigualable, y la han llevado al virtuosismo con la ayuda de los medios. «Es una pregunta excelente», me decía ayer la IA del buscador, demostrando con ello a quién pertenece ese invento, pues no hay nada más destructivo que el halago. Han hecho de la propaganda y el espionaje masivo su brazo fuerte, con el que aspiran a desbancar a Dios… «Que no está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Yahveh, la conoces toda» (Sal 138). Y cuando las pruebas los acusan, las destruyen.


Al empezar con este artículo aún se hablaba del 23F, por lo de la desclasificación. Fui escribiendo, y el sábado por la mañana madrugué para poder terminarlo. Cuando buceaba en las imágenes del golpe «perdí la señal de internet»… como para perder también los nervios. En 1981 yo ya estaba en la universidad, y justamente tenía que examinarme al día siguiente de aquel histórico ‘día D’, en la convocatoria de febrero; pero se paró todo. Mi padre, que tenía veintiún años al estallar la guerra, se encerró en la salita, con la tele y el transistor, y enseguida llegaron mi tío y mis primos mayores. Lo que más me impactó de las imágenes fue la actuación de Gutiérrez Mellado, y ‘la entereza’ de Carrillo y Suárez, que fueron los únicos que no se tiraron al suelo.
Al contar ahora la historia, no se nos dice lo que le hemos oído a Calleja al comentar el discurso de Suárez: que la década de los 70 había vuelto a convertir España en un polvorín, y que las potencias extranjeras estaban en el ajo (volaban sus consulados). De modo que si en el 77 era ésa la situación, treinta meses después -el Golpe- sería parecida. ¿Por qué en los vídeos de ahora no se ve a Carrillo? ¿Qué lo mantuvo erguido en el asiento en medio de la balacera? Desde luego, en el perfil biográfico y psicológico del personaje hay motivos para pensar que la entereza y gallardía no eran sus rasgos más destacados

Y también me pregunto ¿por qué se retiró Suárez, y por qué su partido -que había ganado por amplia mayoría- perdió el gobierno al año siguiente? Su paso a un lado supuso el inicio del «cambio», un largo túnel del que aún no hemos salido, y que comenzó con la famosa premonición de Alfonso Guerra sobre España que, tristemente, hace años que hemos visto confirmada.
¿Quién salió ganando del golpe? No diré siglas de partidos porque ya entonces eran el mismo paripé que en la actualidad; los que salieron ganando fueron los que hoy tienen a España sojuzgada y a punto de ser reducida a la insignificancia. Los mismos que hasta la intervención de los obispos – en su famosa Carta al Mundo – tenían engañada con su propaganda a toda Europa y a Estados Unidos. ¿Cuántos de quienes pueden hoy leer, entender, y discernir estas cosas que comento podrían estar haciéndolo, en una casa digna, de haber ganado la guerra el bando republicano? No se sabe, pero es más que probable que, a la vista del deterioro cultural que venimos observando en el país, el porcentaje que arrojara la respuesta a mi pregunta fuera tan bajo que asustara.
Con actores llevados al matadero de un engaño bien urdido, el golpe fue pensado para grabar en la mente y en la retina del mundo, y de España misma, una denigrante, y muy falsa, imagen del pasado patrio; y vinculaban la orientación política de aquel tiempo con ‘lo que no se puede admitir’, entregando definitivamente a los enemigos de España el relato de la historia, la tan dañina ‘superioridad moral de la izquierda’, que aún hoy, cuarenta y cinco años después, sigue haciendo estragos. El 23-F fue el aldabonazo a la campaña de violencia que quería borrar la memoria de una etapa que, por gracia de Dios, había sacado a España de la postración y la había preparado para ser dueña de su futuro. Eso, ser dueños de su destino, esperaban muchos españoles en aquellos tiempos; muchos, como mi padre, a quien a poco de iniciado el camino de la democracia le oí comentar con desánimo a unos familiares: «España tiene amos». Además, la versión de un golpe preparado encaja con otros sucesos posteriores que adelantaron el deterioro patrio con cambios de gobierno: el 11-M de Atocha, o el 28-O de Valencia, llamado a posponer la alternancia otros cuatro años.
Sobre esta última, en la que el Señor se interpuso a los planes de sus enemigos, vuelven una y otra vez -como el perro a su vómito- sin acabar de encajar la derrota. Andan buscando ahora, arrogantes, reescribir íntegramente el relato de lo ocurrido:

Y todo por una cata -roja-, que demostró la podredumbre de la sandía… Pero van a por todas, y, puestos a hacer creíble la versión oficial -asunto neural para el negocio distópico que tienen entre manos- están dispuestos los artífices a asumir un gasto extra: encontrar a doscientas treinta familias que acepten tener entre los suyos a un muerto propicio al relato… «¡Bah!, total… ¿Qué puede suponer eso? ¿El trabajo de un año de cien mil muertos de hambre…? ¡Eso no es ná… pa lo que vamos a ganar!«; piensan los insensatos.
La versión de un Antonio Tejero muy bien intencionado, con visión de futuro que el futuro está confirmando, valiente y honesto, pero poco perspicaz, y por ello tomado como víctima propiciatoria para los planes de descrédito de la España trabajadora, amante de la paz y el orden; esta versión, digo, encaja con un vídeo que estaba yo viendo el sábado cuando una repentina indisposición me hizo barruntar que tenía que publicar este artículo tal cual estaba. La grabación en cuestión mostraba un asalto de las cámaras a Don Antonio y su esposa, contando él con 86 años de edad. En aquel atropello, a pesar del trato indigno y vejatorio -un siniestro hombretón irrumpe en el corrillo con suficiencia, y agarrándole la mano a Don Antonio, se la besa, con el sobresalto del anciano-, pero a pesar de la burla, digo, la pareja no pierde la compostura en ningún momento, dándoles a los soberbios una lección de humildad y saber estar. Quería colgar aquí ese testimonio, cuando empecé a encontrarme mal, y no pude hacerlo. Hoy, que estoy un poco mejor, me puse a buscarlo, y en su lugar me encontré otra cosa totalmente distinta… En vez de escarnio, deferencia. «¿Cómo? ¿Qué? ¿Que no puede ser?»… pues lo es, como lo oyen; ¿que es una ‘m…’?, totalmente de acuerdo, pero es lo que hay. Y está bien claro. El video ultrajante apareció en el programa sobre política que dirige Wyoming, que medra sembrando odios, y lo hizo en un momento especialísimo, tanto, que por sí solo explica el tono de acendrado desprecio y burla con que fue realizado. Su emisión coincidió con la exhumación de los restos de Franco, suceso éste, asombroso por demás, que sirvió de test a los ingenieros de la Agenda para asegurarse de que, tras la prolongada anestesia a base de placeres, la Una, Grande y Libre España estaba definitivamente dormida y lista para la intervención. Y la ministra Calvo fue la encargada de abrir en canal el cuerpo yacente, consagrándose para la posteridad como una de las mayores traidoras a la patria de todos los tiempos. Bastaron después tres meses para que empezara a hablarse del covid, y entráramos en el lustro más aciago de la historia de España de los últimos ochenta años. En el programa de Wyoming, y en otros, Tejero fue astutamente tomado como figura vicaria de Franco, y subido a la pira de los medios como chivo expiatorio, para expurgar los malos humores del país mientras se le extirpaban las entrañas…
Y por cierto, el viernes, a la salida de misa, me abordó un fiel que en cierta ocasión me dejó ver que era un destacado masón, y que había jugado un papel importante en la preparación del golpe del que estamos hablando, y, agarrándome del brazo, para inquietarme aún más, me dio a entender que para hacerme callar me iban a dar algo que me iba a hacer echar la bilis.
El sábado a mediodía ya no podía con mi alma; ni estar sentado siquiera. De pronto me vi como preso de una fiera que me devoraba por dentro: dolor de cabeza, de espalda, un león rugiendo en mis tripas, exánime… sin encontrar descanso en el lecho siquiera. ¿Qué haría usted en un caso así? Pregunta retórica, claro. Hoy hace cuatro años intentaron envenenarme por primera vez, y hace quince meses por segunda vez. Convencido de que ésta era la tercera, la de la vencida, no me desanimé, sino al contrario: con enorme repugnancia me senté a la mesa, delante de un plato de langostinos, jamón serrano y fresas, dispuesto a meter proteínas y hierro padentro para combatir al invasor. Pero el malestar no había hecho más que empezar, y desde hace tres días, coma o no coma, tengo a todas horas una fiera rugiente enjaulada en mis tripas, haciendo papilla todo lo que como, y robándome la fuerza. Con ayuda del paracetamol y de la voluntad, puse en práctica la segunda parte de la receta casera contra el veneno: el ejercicio físico. Como alma en pena salí dispuesto a fortalecerme. Entré en el parque por la entrada de General Villalba, y, con la levedad de una pajita a merced del viento, enfoqué el nuevo paseo «Illa Topuria» topalante. Caminé muy despacio, inseguro, pero pasé el pabellón, y enfilé el paseo, también nuevo, «Sandra Sánchez«, medalla olímpica de Kárate, pensando para mí: ‘¿no podría haberme tocado caminar por la Calle de los Desamparados, o el Paseo de los Esforzados?’ Porque está muy bien que nos acordemos de estos colosos de la lucha y de otros grandes deportistas, pero creo que una placa de bronce en el Pabellón con sus nombres sería más adecuado, porque, al fin y al cabo, detrás de los grandes hay muchos ‘pequeños’, que no lucen pero tienen tanto mérito como ellos… digo yo. En fin, tardaría veinte minutos en recorrer esos quinientos metros y, al final, al lado del estanque, me senté a un lado y vomité. Me fui a casa exhausto. Y tras la obligada cena, el rosario en voz alta con mi esposa, y a dormir, lo cual es un decir. La ‘noche del cuco’ fue ésa. Doce veces salí del catre corriendo, abrí ‘las puertecitas’ y asomé el cucu… Casi no encuentro mudas para los cambios.

Pasó una noche, pasó una mañana… El mismo programa. A la tarde, paseo ‘atlético’, tirando de mi menguado cuerpo; cuando llegué de vuelta a casa no podía con mis zapatos. Nada más abrir la puerta, mi hija, que andaba también regular, me pidió un té… Eché mano al hervidor, y sin poder hacer nada para evitarlo, en unos segundos me vi chapoteando en un charco de heces… En silencio -estamos en Cuaresma- hice todo: ducharme, cambiarme, limpiar, fregar, hacer desaparecer higiénicamente los restos… penitencia… y el té de mi niña. La mayor parte de lo que como se escapa sin provecho… no sé cuánto llegará a las vellosidades intestinales…, pero yo confío en mi Dios. Los domingos, al bendecir la mesa, tengo la costumbre de coger la Biblia, invocar al Espíritu Santo, abrirla al azar y leer un versículo; y ayer nos tocó éste: «Nada de lo que de fuera entra en el hombre puede contaminarle, pues entra en el vientre y no en el corazón, y va a parar al excusado… y declaraba puros todos los alimentos» (Mc 7, 19) No comment, aunque tengo que decir que me quitó un peso de encima sobre qué cosas debía comer y cuáles no; ahora observo un poco lo que el sentido común dice, pero sin obsesionarme… Es Él, el médico, quien cura.
Además del CNI y la Masonería, que viene a ser lo mismo, también entraron en mi vida -alegremente, como hacen todas las cosas los que no saben lo que hacen- algunos espías. Iba yo esta mañana cabizbundo y meditabajo cuando vi venir a una pareja de aspecto ‘enriquecido’; hablaban entre ellos, y uno hizo algo que me llevó a pensar que eran actores; al cruzarnos, ella, resuelta y segura de sí, me preguntó cuál era el camino para llegar al hospital… yo le dije que estaba lejos, y ella, mostrándome el móvil que llevaba en la mano, me dijo que ya lo sabía, pero que había perdido la señal de internet… «Fíjate, como me pasa a mí… y piensa en el hospital, como yo…, con la diferencia de que ella parece tan contenta y a mí estas cosas me sumergen en un mar embravecido de problemas… (cuando fui al entierro de Benedicto XVI, por poner un ejemplo, me falló tanto internet que terminé durmiendo en el felpudo de la entrada del lugar donde me iba a quedar, a cuatro grados)… un mar de problemas que me van minando la salud…
En fin, grupos escogidos y bien organizados a órdenes de quienes mantienen a una troupe de villanos disfrazados de próceres al frente de la cárcel en que han convertido España. Y nosotros, los cristianos, ¿no vamos a hacer nada? ¿Vamos a seguir engañando a nuestros hijos sobre el futuro que les espera? Cuando se encuentren con que les obligan por ley a pecar, y estén desesperados, ¿qué van a pensar de nosotros? ¿Y cuando venga el juicio, maridos de España, vamos a decir que no hicimos nada por amor a nuestras mujeres? Os dejo ahí la pregunta, una buena meditación para esta Cuaresma.
A veces me viene la idea de un buen título para un artículo, y lo pongo. Pero luego, al desarrollarlo, se me olvida por qué lo había escogido. Al publicar esta entrada no sabía por qué la había titulado así. Pero hoy, primer día que me he sentido capaz de leer, al empezar la oración de laudes me encontré con el salmo 42: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Las lágrimas son mi pan noche y día, mientras todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?… ¡Espera en Dios, que volverás a alabarlo ¡salud de mi rostro, Dios mío!
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