Nací y viví en Barros hasta los catorce años, con mis padres y mis dos hermanas, de treinta y tres y trece meses más que yo, respectivamente. Mis padres eran maestros, y de familia modesta. Lo que ellos eran, eso nos dieron: un modo de vivir cultivado por generaciones, de grande, aunque sencilla, belleza, en el que se injertaron de modo natural nuestras vidas para bien nuestro, de la sociedad y de Dios.
Hermosa naturaleza, hermosos padres y hermanas, hermosas costumbres, hermoso pueblo y sociedad… mi corazón conoció temprano a Dios por todos esos bienes que rodearon mi infancia. Suben los recuerdos a mí como cargados de amor; en conjunto, me traen el eco de un corazón henchido de felicidad. Y no es que no conociera también el dolor de vivir, pero ganaba con mucho el gozo.
Una huella especial grabaron en mi memoria los domingos. Casi no conservo diferencia de matices entre los de una estación y los de otra, aunque fueran éstas en mi infancia bien distintas entre sí. Lo que prevalece en mi recuerdo son las notas que diferenciaban perfectamente este día del resto de la semana.
De muy pequeño se te pasa el tiempo sin que sepas en qué, y así debió de ser las más de las veces en mis mañanas de domingos, pues de ellas sólo recuerdo el trajín de mi madre para llevarnos bien vestidos y aseados a la misa de doce. Ya un poquito más crecido me sobraba algo de tiempo, y a veces me daba una vuelta en bici por el pueblo. Pero a las doce, sin falta, estábamos en la iglesia.
Un domingo tras otro, la Palabra de Dios iba penetrando en nuestras mentes y conciencias, como la lluvia tranquila va empapando la tierra. Muchas veces, después de comulgar, nos tocaba a mi hermana mediana y a mí salir al ambón a rezar el Alma de Cristo y el A Jesús Crucificado. Y así, como a lo tonto, Jesús iba haciéndose nuestro compañero inseparable por este viaje que es la vida.
Salíamos de misa contentos, y, de premio, solíamos disfrutar de un corazón de caramelo que vendía Covadonga en su casa y que, sin exagerar nada, era gloria pura. ¿Estaba aquello preparado para que asociáramos el recibir al Señor con una dulzura inefable? Pues… tal vez… es lo más probable…
Y lamiendo aquellos trocitos de cielo íbamos a veces al bar, a encontrarnos con la gente, a hacer sociedad; a ver a unos u otros, a saber de éste o de aquél, a vivir un encuentro inesperado, o, sencillamente, a estar presentes allí donde se reunían los vecinos del pueblo. Y, antes de marcharnos a comer, los pasteles para el postre: los milhojas y bartolos más sublimes del mundo…
Nuestra madre, diestra en sacarle al tiempo hasta la última gota de su sabroso jugo, dejaba preparada antes de irnos a misa una olla maravillosa de garbanzos con acompañamiento de carne y chorizo que eran un sueño. Dios me es testigo de que no exagero… que verdaderamente se detenía el mundo en aquella comida familiar para que bajáramos un rato a ver el cielo… Y llegando los pasteles, hasta presencia de ángeles tras los cristales empañados nos parecía sentir..
Creo que después había siesta para los papis y el equivalente para nosotros. Porque como hacia las cinco y media en invierno y un poco más tarde en primavera, íbamos los cinco a La Felguera, amena villa entonces, a repetir el ritual de siempre: paseo por el parque, saludando a conocidos y aprendiendo a convivir; y cumplida esa tarea, los calamares más deliciosos que imaginarse puedan en la calidez de la siempre concurrida cafetería de siempre.
No se acababa ahí nuestra rutina de los días del Señor. Porque las circunstancias habían aconsejado a mis padres alegrar con nuestra presencia las tristes tardes dominicales de unos tíos que habían perdido no hacía mucho a su hijo de diecisiete años. Recalábamos en su confortable hogar antes de la retirada, y esperábamos pacientemente a que los mayores conversaran mientras dábamos cuenta de unos ricos platitos de patatas fritas, avellanas tostadas, riquísimas almendras, etc., con lo que la caridad entraba mejor. Recuerdo que, vacíos los platos, solía precipitarme yo en un dulce sueño… místico… o ‘no mastico’.
Y así una semana tras otra, con toda la carga didáctica que la repetición de las cosas buenas tiene, acostumbrándonos a vivir anhelando el descanso, a caminar hacia un lugar bueno acompañados por seres queridos, a confiar en Aquellos que te aman y quieren lo mejor para ti. ¡Feliz domingo a todos!

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