
La Sra. de Von der Leyen, inseparable de Sánchez en la reciente devastación de España, nos acaba de decir que Europa volverá a estar gobernada por los países ricos, con el suyo a la cabeza y el nuestro a la cola.
Cuando nos invitaron a entrar en el club europeo, España era un país con una clase media estable y pujante, y nuestra economía tenía un gran potencial de crecimiento. Lo que vino después fue un aluvión de cambios que, entre billetes, traía escondida la miseria que hoy nos asola.
Acomplejados ante los adinerados, dimos por bueno el lugar que nos asignaron, y empezamos a perder poder real. El desmantelamiento industrial y empresarial dio un gran salto con la crisis, y culminó al amparo del fenómeno covid.
Un gran acierto del avieso plan europeo para España fue hacerle creer que la modernidad era no tener hijos, ni familia, ni esposa. Luego cerraron el grifo de ‘ayudas al desarrollo’ y abrieron el de la mano de obra foránea, y ahora los extranjeros ya han dejado atrás la decena, y van a por los once millones dentro del conjunto español, que aún está en los cuarenta y pico. Italia, por ejemplo, tiene sólo un nueve por ciento de extranjeros, y Portugal un quince.
La reciente regularización supone dar una gran parte de la riqueza nacional a la nueva población, necesitada de todo, estando nuestra economía en retroceso. Sólo tenemos un 15% de industria, de la que tres quintas partes son manufacturas alimentarias, un diez por ciento coches, y un 11% industrias contaminantes -química y refinería. La factura de este ‘decretazo’ no puede no aumentar el deterioro social, y con él, la división y la violencia.
Ayer fui al supermercado a la hora en que pasan por delante los chicos que salen de los institutos. Vi un alboroto, como de sesenta o setenta chavales, y detuve el coche. En esto, un magrebí de unos treinta tantos se metió sin dudarlo en medio del lío, y rápidamente se disolvió el grupo. Fui hacia aquel hombre y lo felicité; luego entré y compré el pan; la cajera estaba comentando que se habían pegado dos chicas. Al salir había cuatro coches de la policía y un furgón, pero un solo hombre cabal les había ahorrado el trabajo.
El musulmán demostró tener más sentido común que los cristianos, y lo digo porque esto manifiesta la pérdida de autenticidad que está en la raíz de nuestra desventura actual. Si bien hace noventa años supimos defender los derechos de Dios, hoy, cuando vuelven a estar atacados, no reaccionamos. Es verdad que el enemigo nos ha ido cercando astutamente, pero no nos es lícito renunciar a la lucha. Tambien Polonia es un país muy católico, y hasta ahora han sabido repeler los ataques de los ricos. El país de San Juan Pablo II tiene un sector industrial en crecimiento, que ya aporta el 27% de la riqueza; casi como Alemania, que tiene un 30; y más que Italia, que está en el 25.
Algunos de nuestros representantes eclesiásticos son reprensibles, por enseñar una doctrina errónea al aplaudir la espinosa regulación de Sánchez. Porque no es cierto que sea una actitud cristiana empobrecerse a uno mismo para salvar a otros. El cristianismo es la amistad con Jesucristo, que nos ama inmensamente, y nos da gracias concretas, según su infinita sabiduría, para poder seguirle. Dirán algunos: ‘Pero, ¿no dio Jesús la vida para salvar a otros?’ Sí, por supuesto que lo hizo, y por eso resucitó, y nos habla hoy a cada uno en nuestra propia conciencia. El escuchar esa voz interior, y obedecerla, eso es ser cristiano.
La doble vara de medir se va a implantar en la Unión Europea, para nuestra desgracia. He estado en Holanda estas navidades, y he visto que están a otro nivel, de sueldos y de servicios. España tiene una capacidad adquisitiva muy inferior a la de los Países Bajos, Alemania, Francia o Italia, pero nos van a pedir que aportemos lo mismo que ellos a la caja común. Nuestra incapacidad -aunque provocada- nos recluirá en el pelotón de los pobres, y no podremos rechistar. Lo malo -lo perverso- es que, encerrándonos, conseguirán acallar la voz de la verdad, la que tendría que gritarle al mundo que hay un Dios, y que sólo Él nos puede salvar.
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