
Hay algunas cosas mejorables en nuestra manera de vivir. Convivimos a diario con innumerables trabas que, en ocasiones, llegan a hacerse casi insoportables. Muchas de esas dificultades provienen de comportamientos egoístas y violentos, y es una responsabilidad ciudadana oponerse a ellos. Esto es una constante en la historia, pero llega a hacerse cuestión de vida o muerte en algunas épocas, como sucedió en España en el 36. Uno de los desencadenantes de aquel conflicto fue precisamente la agresividad con que ciertos sectores de poder -no el pueblo raso- intentaban convencer a las masas para crear las condiciones sociales que su ego, o sus ideas, estimaban más propicias para sus intereses. Si su egoísmo hubiera estado circunscrito a sus círculos próximos de relación, no hubiera habido un estallido de violencia; pero salieron a las calles, se propasaron mucho: adoctrinando, sufragando, agitando, conspirando… En una palabra, alterando la conciencia del pueblo por medio del odio, y manipulando así, para sus intereses egoístas, el malestar que la vida siempre trae consigo. Calentaron de tal modo el ambiente que saltaron chispas, y todo el país ardió. Para mí es innegable que aquella situación se está repitiendo. Cada uno tenemos nuestro propio malestar, pero hay quienes se dedican activamente a manipularlo para provocar un cambio social que les favorezca. En el 36 se incentivaba el odio de clase; y hoy se envisca igualmente a la población aunque con otros señuelos. El gobierno de entonces auspiciaba el caos que precedió al desastre -o cuando menos, convivía con él. Y hoy pasa lo mismo. Entonces hubo vandalismo, y hoy, aunque encubierta, hay una violencia todavía mayor. Antes se quemaban iglesias, y se atacaba a los católicos por serlo, y hoy se les anula por medio del miedo, debilitando su fe y, en general, el vigor social, usando para ello castigos, amenazas, calumnias, y represalias silenciosas.
El hecho de que hoy como ayer se dirija el odio hacia la Iglesia Católica se debe a que es la depositaria de la verdad eterna, la cual, por el consenso que encierra, es la única garante de progresos estables en las sociedades humanas. Y como esos progresos suponen un freno a la desigualdad que trae consigo el egoísmo, éste dirige su acción -soterrada- a socavar a la Iglesia, en la persona de sus ministros y de sus fieles.
¿Cómo se mide el bienestar de un país? Esta cuestión tan interesante es muy difícil de responder, porque se pueden tener bienes y ser muy desgraciado. España llegó a estar entre las veinte economías más potentes del mundo a principios de siglo, y fue luego descendiendo hasta el puesto 28 actual. Pero lo más grave de esa caída, y la señal inequívoca de que otra vez se han desplegado fuerzas ocultas para talar de raíz el tronco patrio es el grave aumento de la desigualdad que se ha operado en lo que va de siglo. Más que otros parámetros, éste de la desigualdad -el índice Gini- que precede y acompaña a la violencia, mide el pulso preciso de la vida de un país.

¿Quiénes han operado el cambio de leyes y estructuras necesario para que esta desigualdad haya prosperado? ¿Quiénes han amparado y alentado la inoperancia institucional y la neutralización de los órganos de garantías? Es obvio que han sido nuestros gobernantes, y muy especialmente el presidente Sánchez. Este líder, al alimón con la cúpula europea, ha traicionado a España, devastándola a la sombra del fraude covid, y sembrando la desolación por toda su geografía económica. El actual gobierno nos ha engañado desde el principio, cuando depuso un gobierno legítimo con mentiras mediáticas y la puntilla de un juez prevaricador. Perpetró el debilitamiento y la dependencia de la infraestructura socio-económica del país, y sigue en su abominable misión destructiva hasta el día de hoy. Y para muestra un botón: llevo quince años leyendo el periódico a diario para hacer estas crónicas, y no ha sido hasta hoy que me he enterado de que en todo ese tiempo mantenía Europa negociaciones económicas con India, de las que acaba de surgir un gran acuerdo. ¿En qué consiste? Lamentablemente, leyendo entre líneas, da la impresión de que está hecho a la medida de Alemania, cuya industria automovilística pasa por un bache, y que con privilegios de acceso a un mercado emergente con necesidades crecientes de movilidad, puede salvar un sector clave de su economía. Porque en cuanto a España, si bien el titular equipara el negocio alemán al que van a hacer nuestros exportadores de vino y de aceite de oliva, que verán sus aranceles muy rebajados, lo cierto es que no vamos a salir muy bien parados, pues se da el caso de que, por tradición cultural, la India apenas consume vino (siendo lo que nos compran apenas un 0,8 % de lo que exportamos) y, por la misma tradición milenaria, poco dada a cambios rápidos, tampoco consume aceite. Más que una ventaja, este acuerdo, por la masiva producción india de cereales a bajo coste, tiene visos de ser otro hachazo al campo español. No se ve pues que tengamos que festejar ese acuerdo, pero es que, además, con esta engañosa noticia hemos dejado de oír el eco de los tractores que protestaban por Mercosur. Pongo un ejemplo más del maltrato del pueblo que ejecuta el gobierno: hace apenas una semana, la Prensa, que es el brazo transmisor de toda esa iniquidad política, volcó en todos los diarios que la mayor parte de los fondos europeos destinados a España habían caducado por inacción del gobierno o por renuncia expresa a recibirlos. Y daban cifras. La captura que hice de la noticia me fue sustraída (despierten los ingenuos), pero conservo en la memoria los datos: de los ciento cuarenta mil millones destinados a reparar nuestra economía, no habían sido ejecutados más de unos cuarenta o cincuenta miles, aduciendo el gobierno, para colmo del cinismo, que el resto ya no los necesitábamos porque España iba bien… Bien fastidiados es lo que vamos; porque en aquel fatídico año 2020, mientras nos hacíamos cruces de que aquel salvaje encierro nos pudiera estar ocurriendo, y de que por medio de él se estuvieran hundiendo miles de negocios y, con ellos, la economía nacional entera, el gobierno, para tranquilizarnos, anunció a bombo y platillo que España iba a ser, junto con Italia, la mayor beneficiada de una gran iniciativa europea de renovación, impulso y regeneración económica que no sólo recuperaría el crecimiento de los países miembros, sino que sentaría las bases de un nuevo futuro con un nuevo orden. Los fondos de recuperación, los llamados fondos Next Generation, traerían a España, a lo largo de un quinquenio, millonarias ayudas que compensarían el destrozo del brutal parón socio-económico que propició el covid; y no sólo no ha sido así, sino que el gobierno ha hecho escarnio y burla de aquella promesa.
Unos días después de esta macabra noticia, Sánchez volvió a la palestra y dijo: “No se preocupen ustedes de los fondos porque ahora mismo voy a poner yo un conejo en mi chistera y voy a sacar diez”. Políticos y medios trabajan a espaldas del pueblo, dando por hecho que no sabemos nada de cómo está siendo gestionado el país. El conejo mencionado por el presidente era un depósito de diez mil millones, que él pretendía multiplicar por diez usando magia. ¿Se arregla algo con esa cantidad? Necesitaríamos datos sobre nuestra economía y sobre las políticas públicas para evaluar esto, pero como esa información se nos oculta, y las leyes sobre gasto no se cumplen, sólo podemos tirar de ingenio para saber si esta iniciativa de Sánchez es política seria o engañosa. Dijo que el gobierno invertirá diez mil millones; veamos, una vivienda en el perímetro de Toledo, digna pero sin lujos, hecha hace un cuarto de siglo, cuesta medio millón de euros; dos de ésas, un millón. Con diez mil millones se podrían construir veinte mil viviendas; a cuatro españoles por cada una… un 0,16% de la población a techo. ¿Es suficiente inversión, para revertir el deterioro nacional, dotar de vivienda a uno y pico de cada mil españoles?
Muchas veces en este lustro bailarían ante mi mente los famosos fondos NG, al ver el imparable deterioro de nuestro país: la práctica eliminación del trabajo autónomo, el empobrecimiento del campo y del mar, el cierre de factorías, la destrucción de centrales eléctricas y pantanos, el cierre de minas y plantas nucleares, el expolio del paisaje con la proliferación descontrolada de aerogeneradores gigantescos, el abandono rural y los incendios, la inextricable selva del negocio inmobiliario, el evidente agravamiento del déficit viario y de la navegación aérea y marítima, el deterioro galopante del sistema educativo, la insensata incentivación de la holganza y su compañera la miseria, el esperpéntico espectáculo de befa y mofa en que se han trocado los medios de comunicación… Muchas veces, digo, pensaba yo en cuál terminaría siendo el destino de aquellas promesas consoladoras del desierto covid. Y, por fin, ya lo sabemos. Han terminado siendo vejación e insulto a una nación hundida y desorientada; y un motivo de irrisión para los gobernantes desaprensivos.
Pueden creerme si les digo que, en los diez años en que mantuve activos los blogs fiate y alcielo, tuve que renunciar casi por completo a llevar una vida tranquila. Documentarme, escribir, y hacer frente a las dolorosas consecuencias de denunciar la acción bastarda y violenta del poder fáctico, requerían de mí casi todo el tiempo que me dejaban libre mis obligaciones de estado. Pero fueron ciertos sucesos especialmente graves, y otras cosas que por ahora quedan entre Dios y yo, la razón de que hoy hace seis meses cesara en mi tarea de testigo.
Acababa de escribir el extenso artículo en que describía la traición de mi abogado y el descalabro que aquello había supuesto para mi ya castigada fama; y al mismo tiempo mantenía una pugna con los poderes fácticos respecto a la verdad de lo ocurrido en Valencia. Y estando en ese contexto, un buen día descubrí un paquete de carne en descomposición pegada con tiras adhesivas al fondo de mi colector de basura, un artefacto basculante que la conduce hacia un tubo por el que desciende al cuarto donde las cucarachas y el portero la hacen desaparecer. Con los sentidos alerta, como me han obligado a vivir en estos años, me di cuenta de que el cierre del dispositivo metálico no sonaba como otras veces, sino ligeramente amortiguado; y no lo dejé estar. Con la ayuda de la cámara del móvil no tardé mucho en descubrir que el cajón basculante rozaba ligeramente con algo, y valiéndome de unos guantes logré arrancar la bandeja de carne podrida que invitaba a un gran festín en mi casa a no pocos indeseables huéspedes.
Poco tiempo después, un viernes por la tarde, me detuvo la policía, y con la excusa de que el Juez no estaría hasta el lunes, me metieron en el calabozo para tres días, mediando en la faena una de esas personas que van y vienen, por los anchos pasillos de los respetos humanos, desde las altas instancias del poder civil al eclesial y viceversa. Aquella noche, a la luz de una vela, y con la punta de un lápiz casi gastado, escribí por inspiración divina el que resultó ser el broche de oro del blog alcielo, la entrada que llevaba por título “La Virgen de los 22∞ Desamparados”, en la que Dios me revelaba la explicación definitiva de lo sucedido en Valencia. Me había dicho que escribiera un relato con el perfil biográfico de algunas víctimas, y al hacerlo me di cuenta de que el quid de todo el asunto era que los cerebros que diseñan catástrofes mediáticas (que no son reales pero dañan como si lo fueran) sacan los muertos de los morideros oficiales (residencias, hospitales, Institutos de Medicina Legal, psiquiátricos, cárceles), y los hacen pasar como víctimas de la naturaleza, teniendo así las manos sueltas para crear grandes conmociones que luego usan -¡fue culpa del PP!- como palancas de la opinión pública a favor del gobierno (o sea, a favor de la desmembración y el expolio nacional). Resultó que una vez publicado ese artículo empecé a sufrir molestias muy serias, las cuales terminarían por animarme a entrar al dique seco. Y fue estando así como comprobé, al cabo de un mes, la pupa que había hecho mi artículo y el acierto de retirarme.
Lo vi al encontrarme en una portada con un foto-montaje hecho con los nombres y apellidos de las 228 víctimas mortales de la dana. «A buenas horas, pensé; pero aun así vamos a ver si esa mentira es verdad.» Elegí entonces un nombre al azar, del centro de la imagen: ‘María de los Desamparados… pongamos… Barberá Camps‘; copié el nombre y lo pegué en el buscador; y hete aquí que la difunta en cuestión era una persona de noventa años, de familia pudiente, ingresada a la sazón en una residencia; o sea, el prototipo de víctima-comodín, cuya muerte vendría a ser ‘abono’ social, y cuya inclusión en ‘la lista Dana’ procedía de la Agenda y no de Dios; deducción que podría hacer un niño con sólo preguntarse por qué motivo podría una persona en esas circunstancias ser víctima de una riada. Y como para muestra basta un botón, es más sensato pensar que el caso de María de los Desamparados es, antes que error involuntario de las autoridades, paradigma del nuevo orden de manipulación social.
A mis verdugos no les había gustado que me pasara la noche escribiendo, pero sus asesores, al leer mi texto entendieron su alcance, y debieron pensar: ‘queremos silenciarle y no convertirle en un héroe de la resistencia’, y, prodigiosamente, como un San Pedro, cuando el sol empezaba a iluminar mi celda, la puerta se abrió y salí sin más impedimento. Y, en fin, con todo este trajín, ya me iba yo dando cuenta de que las cosas iban tomando mal cariz; y ya trataba del tema con mi buen Dios.
Cruelmente, como el verano es tiempo de descanso y de diversión, lo aprovecharon mis malandrines perseguidores para torturarme. Aunque el castigo tenía un aspecto amable, en esencia respondía a la siguiente descripción: «Me hicieron asistir en vivo y en directo al rapto de mi hija y, tras llevarla aparte, completamente ajena a lo que tramaban contra ella, me hicieron ver los preparativos para someterla al objeto de afrentarla. Por permisión de Dios hube de contemplar yo, angustiado, todo aquello, pero en el mismo bondadoso designio de Dios, me tocó ver la irrupción en la escena de un testigo inesperado, que liberó a mi hija y dio al traste con los criminales propósitos de mis ruines enemigos -que son los de Dios.»
Me estaban sucediendo estas cosas espantosas y me preguntaba yo qué desenlace iba a tener todo aquello, mientras desahogaba con Dios mis preocupaciones; y Éste tuvo misericordia de mí. Fue así como, un día de septiembre, tuve la certeza de que la voluntad de Dios para mi vida era que lo dejara todo. Interrumpí entonces bruscamente la publicación de ‘alcielo’, y quemé todos los documentos que a lo largo de quince años había ido acumulando como pruebas del acoso que sufría. Con aquel gesto quedaba claro mi allanamiento a las pretensiones de silencio de mis perseguidores, pues voluntariamente me había hecho vulnerable a sus exigencias, sin más escudo que mi fe. Ingenuo de mí, pensaba que tal vez así me dejarían en paz; pero me equivoqué. Y antes de la Navidad ya volvieron a las andadas.
Recién estrenado el invierno nos pasaron por vía de apremio, con un plazo exiguo, una factura de once mil euros, en concepto de gastos del SESCAM por el ingreso covídico de mi esposa, de mucho tiempo atrás. El regalito venía envuelto con la inquina de saber ellos que la prueba necesaria para eludir el pago había ardido en la pira purificadora del otoño. Ya va para tres semanas que solicitamos otro informe al HUT, para aclarar el tema, y no parece que tengan prisa en dárnoslo… Menos mal que de momento no nos falta el paracetamol de 1 gramo.
Doy también muchas gracias a Dios por tener un hogar, pues un hábitat agradable puede mitigar muchas dolencias, y con esa providencia de Dios contábamos para hacer frente a la nueva ola de hostilidad que se avecinaba. Pero, hete aquí, que llegados los primeros fríos del solsticio nos fue saboteada la instalación de calor; y hoy hace cuarenta días que estamos sin calefacción. Nueva corrida, nuevo tercio de banderillas… y empiezan los monosabios a marearnos con sus capotazos. El casero, el vecino, el calefactor de la comunidad, el portero, el pinche de Barroso, el buscafugas, el del seguro, otra vez cada uno de ellos, averías que surgen de un día para otro y se añaden a la original… Ayer nos dijeron que vendrían hoy a las nueve y media para localizar la fuga, pidiéndonos que activáramos el termostato una hora antes para que el circuito se llenara y el buscafugas fuera efectivo. Por precaución llamé a mi primo, ingeniero de minas, porque me parecía que tanto tiempo podría causar daños adicionales a los muros; y me aconsejó tomar una foto de la pared afectada antes de abrir el paso del agua, mostrando que su daño era mínimo y presentaba buen aspecto. Hoy, hacia las 8 y media, accioné el termostato e inmediatamente me fui con el móvil al cuarto de la fuga para hacer la foto: estaba la pared empapada y rebosante de moho el rodapié: Una mano negra y técnica había metido agua en nuestro circuito durante buena parte de la noche, tras cinco semanas inactivo. Semanas, por cierto, que hemos pasado calentándonos con dos pequeños calentadores de aceite y uno de aire, evitando estar donde no están ellos, y haciendo ejercicio a menudo pues saltan los plomos cada dos por tres. En la desarrollada época actual no te mandan a un gulag por protestar, sino que te traen el gulag a casa.

Apenas supimos lo de esta avería, negros nubarrones en el horizonte, nos fuimos mi familia y yo a Asturias, para pasar allí la Navidad; y nada más llegar a la vivienda, al encender la caldera, empezó a chorrear copiosamente una junta de moderna tubería multicapa, que había sido instalada por un experimentado fontanero diez años atrás, y que apenas tenía uso. A la mañana siguiente cogimos el coche para buscar otro lugar donde pasar esos días, y nos encontramos con una multa de doscientos euros por aparcar en el mismo sitio donde habíamos aparcado doscientas veces. Nos la habían puesto de madrugada, el día 24 de diciembre, en Barros, pueblo minero, olvidado de la mano de todos, menos de Dios.
Regresamos a Toledo para fin de año, y el día 2 de enero, de madrugada, cogimos el coche para ir a Barajas y volar a Holanda. Mi esposa y yo íbamos hablando para resistir el sueño, mientras nuestra hija y su mejo dormían en los asientos de atrás. En ese trayecto, a las seis y cuarto de la mañana, en el kilómetro 16,9, nos pusieron otra multa de doscientos euros, «por no respetar una marca longitudinal continua sin causa justificada». Yo, por no echarme a llorar, pensé para mis adentros: ¡Bueno, y qué, ¿la rompí acaso, hombre? Eh, eh, ¿la rompí?! Cuando te llueven los problemas, no lo vives igual si ya has pasado por muchos. Aunque los contratiempos vienen con nosotros a todas partes, no nos abaten: «Atribulados en todo, más no aplastados (…) perseguidos, más no abandonados…» Los billetes a Holanda nos habían costado casi quinientos euros por cabeza, sacándolos con cuarenta días de antelación en «Iberia.es». Pagamos ese precio por asegurar la calidad del viaje; sin embargo, ya para salir nos retuvieron dos horas y media en la sala de embarque, y una hora y media más en la aeronave, con el pretexto de que desde Amsterdam les ordenaban no despegar por mal tiempo, aun cuando distintas fuentes vivas, en tiempo real, nos estaban desmintiendo, a varios viajeros, esa información. Finalmente, en vez de aterrizar a las once y veinticinco, y disfrutar bien del primero de los cinco días de que disponíamos, llegamos a Holanda cuando ya anochecía.
Con todo, lo más gordo sucedió a la vuelta. Aunque el vuelo salía a las tres, nos preparamos para llegar a las once, con varias horas de antelación, al aeropuerto de Schiphol, por el temor de que, siendo el tercero o cuarto más grande de Europa, hubiera demasiado lío. Acudimos rápidamente a los paneles, y descubrimos estupefactos que nuestro vuelo había sido cancelado sin previo aviso. Iberia no nos había comunicado nada ni lo haría en las siguientes horas. No había mostrador, y no había tampoco noticia de que la compañía estuviese facturando en algún sitio. Nada de nada, ninguna información, salvo un número de teléfono con el que era casi imposible comunicar. Por fin nos dijeron que nuestro regreso había sido ‘reprogramado’ para tres días más tarde.
Tanto Iberia como el aeropuerto neerlandés tienen estándares de calidad, para operar en clima adverso, muy altos. Había nevado un poco los tres o cuatro días anteriores, pero nada serio como para que se paralizara todo un aeropuerto moderno, especialmente preparado para el frío. Me aseguré de que aquel día estuvieran despegando aviones en Schiphol, con vistas a reclamarle una indemnización a la compañía, por costes de manutención, viajes y alojamiento de dos noches para cuatro personas; y con todo ese material, más un certificado médico por afección de las vías altas y cuadro ansioso, formulamos la correspondiente queja en cuanto llegamos a España. Fueron, y es justo reconocerlo, muy rápidos en responder, aunque también parcos: desestimaban nuestra reclamación debido a que la causa del retraso había sido la meteorología adversa ¡del aeropuerto de Madrid! Obviamente, no era cierto. Y, obviamente también, buscaban torearnos. Porque los poderosos son así, arrogantes, y juegan con la vida de las personas sin titubear, y mucho más si se oponen a sus proyectos.
Muchas veces, cuando mi apurada vida de cronista de la actualidad me daba un respiro, intentaba yo ver una película para distraerme, y muchas veces hube de renunciar a ello por negarse los duendes a sueldo de la red a servirme el menú solicitado. Por eso, cuando al poco de cerrar mi particular kiosco de periódicos descubrí por casualidad en el punto limpio un paquete con unas ochenta películas sin estrenar, me alegré mucho; y a lo largo de estos casi seis meses sin actividad bloguera fui dando cuenta de todo ese material. La última película que por providencia divina vería fue JFK: Un caso abierto, bombazo de Oliver Stone, con Kevin Costner de protagonista. La primera imagen que muestra es la de una frase célebre:
“To sin by silence when we should protest makes cowards out of men.” (Ella Wheeler Wilcox) «Quedarse callado, cuando se debe protestar, hace a los hombres cobardes.»
Dos millones de asiáticos y más de quinientos mil de sus soldados eliminados; cincuenta y ocho mil bajas en el ejército americano, 220 billones de dólares malgastados, cinco mil helicópteros perdidos, seis millones y medio de toneladas de bombas arrojadas. John Fitzgerald Kennedy había dado órdenes para frenar a tiempo la intervención de los EEUU en Vietnam, pero su plan se frustró al ser asesinado. El magnicidio sucedió en Dallas, el nefando día del 22 de noviembre de 1963, a las 12:30 de la mañana.
Se dijo al mundo que un joven apostado en un edificio próximo al itinerario de la comitiva había abatido de tres disparos al presidente durante el desfile. Pero cinco años después, las pesquisas del fiscal de distrito Jim Garrison, que demostraban que había habido fuego cruzado de varios tiradores, condujeron a que se reabriera la investigación. Oliver Stone se consagró como director de cine con la película ‘JSK: Caso abierto’, la cual fue un clamoroso éxito y un revulsivo fenómeno social. En la última parte del film tiene lugar un juicio, y un largo discurso del protagonista, que transcribo a continuación:
“Todo está decidido. A las pocas horas del magnicidio -incluso antes- ya se había disparado la mentira oficial de que un lobo solitario, Lee H. Oswald, disparando desde un balcón, había sido el asesino del presidente.
A los catorce minutos del atentado se divulgó por radio la descripción de Oswald; tan rápido, seguramente, como empezaba él a sospechar que había sido elegido como víctima propiciatoria. En aquellos trágicos primeros minutos, según la comisión Warren, se coló el personaje sin pagar en un cine -aun teniendo dinero- pero alguien que le seguía le vio y llamó a la policía, la cual no tardó en presentarse, ¡con treinta efectivos del cuerpo!
Aquel joven de veinticuatro años debió de sentirse como Josef K. en El Proceso de Kafka, ignorando que fuerzas invisibles se habían confabulado contra él. Nadie le dijo por qué se le arrestaba, y se le negó asistencia legal. No había transcurrido ni una hora del atentado cuando le detuvieron, y al llegar a la comisaría ya le acusaron sin pruebas de haber matado a un policía.
Un destacado agente de la CIA, relevado dos semanas antes del atentado de su puesto de responsabilidad en la seguridad del presidente, y desplazado a Nueva Zelanda, señalaría que a las catorce horas del día 23 –las 19:00 del fatídico día en Dallas- los diarios neozelandeses ofrecían ya fotos de estudio, extensa biografía, y datos de la relación con Rusia de aquel joven de 24 años, dejando poco o ningún margen a la posibilidad de que no hubiera sido él el autor del crimen.
El mismo día de su detención, espoleado por los medios, el pueblo decide que Oswald es culpable, y al amanecer del día siguiente, en comisaría, se le acusa formalmente de haber matado al presidente.
Cuando le están trasladando a la cárcel, un sicario le mata. (¿Quién llorará a Oswald, enterrado bajo una lápida barata que reza ‘Oswald’? Nadie.) En cuestión de minutos, supuestos secretos y falsas informaciones recorren el mundo. Una vez establecida la leyenda oficial, los medios de comunicación se encargan de que se le dé crédito.
Las relucientes mentiras oficiales y el esplendor épico de los funerales del Presidente confundirían a cualquiera. Cuanto mayores son las mentiras, si están bien disfrazadas más las cree el pueblo. Lee H. Oswald, un loco que quería llamar la atención y no se le ocurrió cosa mejor que matar al Presidente, fue el primero de una larga lista de cabezas de turco. Le seguirían Bobby Kennedy, Martin Luther King, hombres cuya entrega a la paz y a una vida mejor los convertiría en un peligro para aquellos que se han entregado a la guerra. También al hermano del presidente y al defensor de la igual dignidad humana les mataron ‘locos solitarios’, que hacen que nadie se sienta culpable porque el asesinato es el acto de un desequilibrado. En este país todos somos ya ‘hamlets’, hijos de un padre asesinado por quienes aún se sientan en el trono. El fantasma de John Fitzerald Kennedy nos enfrenta al asesinato secreto del sueño de libertad que muchos tenemos; nos obliga a responder a unas preguntas terribles: ¿Qué es nuestra Constitución? ¿Qué vale nuestra ciudadanía, y más aún, nuestra vida? ¿Qué futuro tiene una democracia cuyo presidente puede ser asesinado en circunstancias tremendamente sospechosas mientras la maquinaria legal ni siquiera se inmuta? ¿Cuántos asesinatos políticos disfrazados de ataques al corazón, suicidios, cáncer, sobredosis… nos quedan por ver? ¿Cuántos aviones, coches y trenes se estrellarán antes de que se descubra la misión que llevaban? La traición no prospera, escribió un poeta inglés, y ¿por qué? Porque si prospera nadie se atreve a llamarlo traición. El pueblo americano no ha visto todavía la película de 8mm del ciudadano que grabó la escena del crimen… y ¿por qué? El pueblo americano aún no ha visto los verdaderos rayos-X o las fotografías de la autopsia, ¿por qué? Existen cientos de documentos que ayudarían a probar que hubo una conspiración; y siendo así, ¿por qué los retiene o quema el gobierno? Cada vez que mi oficina, o ustedes, el pueblo, han hecho estas preguntas o han exigido pruebas, la respuesta de arriba siempre ha sido “por seguridad nacional”. Pero ¿qué clase de seguridad es ésa si pueden quitarnos a nuestros líderes?, ¿qué clase de seguridad nacional permite que se arrebate el poder de las manos del pueblo americano y legaliza la existencia de un gobierno invisible en los Estados Unidos? Ese tipo de seguridad nacional, señores, cuando huele, se mueve, y actúa así… es algo que se llama fascismo.
En consecuencia, denuncio que lo ocurrido el 22 de noviembre de 1963 fue un golpe de estado. El resultado más directo y trágico fue revocar la decisión del presidente Kennedy de retirar nuestras fuerzas de Vietnam. La guerra es el mayor negocio de los EEUU, con un gasto de ochenta billones de dólares al año. El asesinato del presidente Kennedy fue una conspiración planeada con antelación en las esferas más altas de nuestro gobierno. El golpe fue llevado a cabo por guerreros disciplinados y fanáticos, pertenecientes al aparato secreto del Pentágono y de la CIA; el acusado que se sienta en el banquillo era uno de ellos. Fue una ejecución pública, encubierta por individuos de la misma calaña, pertenecientes a la policía de Dallas, al Servicio Secreto, al FBI, la Casa Blanca, sin descartar a J.Edgar Hoover y a Lyndon B. Johnson, a quien considero cómplice posterior al hecho. El asesinato convirtió al presidente en un cargo oficial transitorio; su trabajo, su cometido, fue hablar cuantas veces pudo del deseo de esta nación por la paz, mientras servía de intermediario en el Congreso para los militares y los fabricantes de armas. Algunos dicen que estoy loco (risas en la sala), que soy el típico trepa del sur, pero hay una forma sencilla de saber si soy un paranoico; basta con pedir a los dos hombres que más ganaron con el asesinato, a Lyndon Baines Johnson y a nuestro presidente Richard Nixon, que liberen los cincuenta y un documentos de la CIA referentes a Lee Harvey Oswald y a Jack Ruby; o el informe secreto de la CIA referente a las actividades de Oswald en Rusia, que fue destruido al ser fotocopiado. Esos documentos les pertenecen, pertenecen al pueblo, los han pagado; pero como el gobierno nos toma por niños que podrían sentirse abrumados o incapaces de hacer frente a la realidad… o quizá porque acabaríamos linchando a los responsables, no podremos ver esos documentos hasta dentro de setenta y cinco años. Tengo más de cuarenta años; con toda seguridad ya no estaré en esta tierra para entonces, pero le he dicho a mi hijo de ocho años que se mantenga en forma, para que una maravillosa mañana de 2038 pueda entrar en los archivos nacionales y descubrir lo que sabían la CIA y el FBI. Aun así, es posible que lo retrasen; quizá se convierta en un asunto generacional, con preguntas pasando de padres a hijos, de madres a hijas, pero algún día, en algún lugar, quizá alguien descubra la pura verdad… Más nos vale… más nos vale; porque si no habrá que construir una nueva forma de gobierno. Tal como recomienda la Declaración de Independencia: ‘Cuando lo antiguo no funciona habrá que ir ‘un poco más al oeste’ [alude al espíritu que impulsó a las colonias, oprimidas por el Imperio Británico, a buscar un nuevo orden político y social, lejos de la tiranía] Un científico naturalista, paisano nuestro, dijo que un patriota siempre tiene que estar dispuesto a defender su país en contra del gobierno. Señores del jurado, no me gustaría estar en su lugar; tienen mucho en qué pensar; han visto muchas pruebas de la conspiración que el mundo no conoce. Al preparar este juicio, mientras mis hijos jugaban por casa, me vino a la mente lo equivocados que estamos de niños al pensar que la justicia es algo automático, que la excelencia y la virtud ya son en sí mismas un premio para cualquiera, y que el bien siempre triunfa sobre el mal; pero con el paso del tiempo aprendemos que eso no es verdad. Cada ser humano debe crear la justicia, y eso no es fácil porque a menudo la verdad es una amenaza para el poder; y luchar contra el poder conlleva grandes riesgos. La gente como S.M. Holland, Lee Bowers, Jean Hill, Willie O’keefe (testigos de los disparos de un segundo tirador) se han arriesgado, han hablado… Aquí tengo unos ocho mil dólares que fueron enviados a mi oficina desde todo el país: veinticinco centavos, medio dólar, un dólar… mandados por amas de casa, fontaneros, vendedores de coches, maestros, inválidos… gente que no tiene dinero pero que lo manda a pesar de todo; son los que conducen los taxis, los celadores de hospitales, los que ven a sus hijos ser reclutados para el Vietnam… y ¿por qué lo hacen? Porque les importa, porque quieren saber la verdad, porque quieren que les devuelvan su país, que aún les pertenece, mientras el pueblo tenga el valor de luchar por lo que cree…
No hay otro valor más importante que la verdad; porque si la verdad no perdura, si el gobierno asesina la verdad, porque si no podemos respetar a la gente, entonces este no es el país en el que yo he creído y en el que quisiera morir. El poeta Lord Tennyson dijo aquello de “la autoridad olvida a los reyes moribundos”, y esto nunca fue tan cierto como para JF Kennedy, cuyo asesinato fue uno de los momentos más terribles en la historia de los Estados Unidos.
Nosotros, el pueblo, el jurado que juzgará a este acusado, representamos la esperanza de la humanidad contra el poder de los gobiernos. Al cumplir con su deber, al lanzar la primera condena contra este castillo de naipes, y contra este acusado, no pregunten qué puede hacer este país por nosotros sino qué podemos hacer nosotros por él. No olviden al rey moribundo, demuestren al mundo que este sigue siendo un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo: no habrá nada tan importante como esta decisión en toda su vida; este es su momento.”
Jim Garrison perdió el juicio; dos años y medio más tarde fue detenido por agentes federales acusado de admitir soborno del negocio del juego; pasados otros dos años salió inocente del cargo, y resultó probado un plan incriminatorio contra él. A las seis semanas del veredicto perdió la reelección de su cargo por un margen muy estrecho. Cinco años después se rompió su matrimonio.
El rastro de muertes sospechosas en torno a este caso, antes y después de este juicio, es abrumador: el asesino de Oswald, el empresario (agente de la CIA) absuelto en el juicio, innumerables testigos, agentes y ex-agentes de la CIA y del FBI… por no hablar de las desgracias personales que afectaron a la familia Kennedy.
Me impresionó especialmente la secuencia en que un periodista le pregunta a un miembro del jurado, una vez dado el veredicto, que qué le había parecido la vista; y este responde, abrumándonos… Pero, perdón, creo que es mejor que lo vean ustedes mismos.
Aunque las imágenes de la película señalan directamente al presidente Johnson y al General de Divisón E.G. como autores de la conspiración, y toman como móvil para el asesinato los beneficios crematísticos en juego, esto no deja de ser un señuelo, un impuesto propio de la industria del cine para dar su visto bueno a la película. En realidad, si bien encontramos la codicia y el orgullo en los corazones de los asesinos, estas manifestaciones de maldad no son sino la hinchazón provocada por el veneno de la serpiente, verdadero autor de todas las calamidades que complican la vida del hombre en la tierra hasta hacerla a veces casi insoportable. Destapar la acción de estas fuerzas malignas, sobrehumanas, ‘que habitan entre la tierra y el cielo’, intentando anegar de desesperanza la vida del ser humano en el planeta, es tarea de todos y cada uno de los hombres de buena voluntad. A ese fin me entrego yo, aguardando el veredicto benévolo del Padre de todos, que sondea desde el cielo cada corazón y valora con la sabiduría del amor puro todas las acciones.
[Pueden consultar el guion original de la película, en inglés, en la siguiente página: https://www.dailyscript.com/scripts/JFK.txt%5D
Nota del autor del blog:
Hago mías las palabras del fiscal Garrison: «Algunos dicen que soy un loco (risum teneatis, amici!), un patán fanfarrón del norte con afán de protagonismo… Pero hay una forma de saber si en efecto soy un paranoico que está para encerrar; basta con pedirle al presidente del gobierno español que publique el listado de los doscientos veintiocho muertos por la dana, con su identificación completa, las circunstancias de su muerte, la autopsia preceptiva por muerte violenta, y el lugar donde están enterrados…» ¿Por qué llevamos quince meses sin conocer esos datos, mientras seguimos acumulando muertes acaecidas en tan ignoradas circunstancias como aquellas doscientas veintiocho? Hace mucho tiempo que la confianza se le ha retirado a este gobierno; de hecho, desde antes de que fuera formado. Y con razones de peso.

Deja un comentario